Historia

 

Rudolf Diesel

El motor del futuro

Un 28 de febrero de 1892, Rudolf Diesel empujaba la puerta de la oficina de patentes de Berlín. A sus 34 años, llegaba a patentar su nuevo motor de combustión interna. Un invento que revolucionaría toda la industria del siglo XX y es la economía del XXI.


El encendido de un Diesel se realiza simplemente por una compresión muy fuerte del aire que se calienta en el cilindro, y se inflama al contacto con el combustible inyectado por un rociador muy fino.

Pero en realidad, el doctor Diesel no inventó, como se cree, el motor que lleva su nombre. Akroyd Stuart ya lo había patentado en 1890. Pero si Stuart fue la ostra, Diesel fue la perla.

Este joven ingeniero en construcción mecánica, especialista en máquinas frigoríficas, tuvo la genial idea de mejorar de manera notable la compresión del aire para obtener la inflamación espontánea del combustible, que podría ser líquido o incluso de polvo de carbón.

Diesel develó el principio de su motor en 1893, en un estudio que tuvo mucho éxito entre numerosos industriales interesados en su invento y que supondría el fin de los días de la caldera de vapor usada entonces en la industria. Gracias a numerosas ayudas, en cuatro años terminó de poner a punto su motor que bautizó simplemente como Diesel. Su logro tuvo grandes repercusiones y, a la vez, despertó muchas envidias.

Algunos inventores quisieron hacer suyo el mérito e intentaron probar la anterioridad de sus proyectos, pero la justicia le dio la razón a Diesel al reconocer que él simplemente había mejorado el rendimiento térmico, lo que abría enormes posibilidades.

Además de los industriales, el ejército enseguida se interesó por su motor, pues era ideal para equipar los barcos, en lugar de la viejas calderas, y sobre todo para animar los nuevos submarinos. La marina imperial alemana no solo le pidió que cediera su patente de explotación de forma gratuita, sino que exigió el monopolio.

Diesel, conocedor de que su invento iba a revolucionar el mundo de la industria, y consciente de los beneficios que podría lograr por lo derechos de utilización, rechazó la oferta del almirante Tirpiz, de la marina imperial alemana. Pese a las presiones que recibió, Diesel no quería que una nación tuviera el monopolio de su invento. Al otro lado del canal de La Mancha, los ingleses, que también deseaban equipar sus submarinos, lo contactaron.

Desafortunadamente, en 1913 las relaciones entre Alemania e Inglaterra ya no eran muy buenas. El 29 de septiembre de ese año, Diesel era un hombre feliz que se embarcó a bordo del Dresden hacia la localidad de Harwich: Allí tenía una entrevista con el joven lord del almirantazgo, un tal Winston Churchill, para discutir un fabuloso contrato con la Royal Navy. Rudolf Diesel nunca llegó a Harwich. Por la mañana, un tripulante encontró su camarote vacío y su reloj junto a un libro abierto.

Días más tarde, unos marineros belgas pescaron un cuerpo irreconocible, con una herida enorme en la cabeza. Al registrar sus bolsillos, se logró identificar a Rudolf Diesel. ¿Suicidio, accidente o asesinato? Muchos se inclinan por la tesis del asesinato cometido por los servicios secretos alemanes, pues la firma de un acuerdo con los británicos habría permitido a la Royal Navy gozar de una superioridad que, casi con seguridad, habría cambiado el curso de la I Guerra Mundial. Si el motor Diesel revolucionó la guerra marítima gracias a su uso en los submarinos, tuvo un papel aún más importante, afortunadamente para la paz del mundo, en el campo de los transportes.

Diesel nunca habría imaginado que su motor fijo, pesado y masivo, podría un día mover locomotoras, camiones y autos ligeros.

Mercedes fue el primero en usarlo en un camión en 1923 y, en 1936, en un carro.

¿Quién hubiera imaginado entonces que, gracias a la sobrealimentación, la aplicación de la electrónica, la inyección directa, el Diesel -que designa tanto el nombre de ese motor como el de su combustible-, sería considerado hasta la fecha, como la tecnología con más posibilidades de futuro?

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