El gobierno de Álvaro Uribe se anotó ayer un tanto militar y político en su lucha contra las FARC con el rescate, en una operación sorpresa y sin víctimas, de 15 rehenes, entre los que se encontraban Ingrid Betancourt y tres ciudadanos estadounidenses. Analistas colombianos consideran este un paso definitivo para acabar con la guerrilla, que había hecho de la ex candidata una herramienta de negociación.
Operación Jaque. Colombia escuchó la noticia poco después del mediodía: el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, anunció en conferencia de prensa que fuerzas especializadas del Ejército colombiano liberaron, ayer por la mañana, a la ex candidata presidencial Ingrid Bentancourt, secuestrada hace seis años por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y a otras 14 personas. Operación Jaque, así se llamó el operativo que Santos explicó al mundo entero por la televisión.
La operación inició en febrero pasado, tras la fuga de José Eladio Pérez, ex congresista secuestrado. De su relato, las fuerzas militares colombianas obtuvieron información estratégica de la zona en que las FARC mantenían a sus rehenes más importantes en el suroriental departamento de Guaviare, en el llamado Frente Oriental.
Durante los meses siguientes, explicó el general Fredy Padilla, encargado del operativo, la inteligencia gubernamental infiltró al secretariado de las FARC, sobre todo a la comandancia de zona de Guaviare, dirigida por el guerrillero conocido como “Mono Jojoy”, para obtener más información. Ahí, en la selva, hasta ayer inexpugnable, estaban Ingrid Betancourt y los demás secuestrados (ver detalles del operativo militar en página 4).
Betancourt, capturada por la guerrilla durante la campaña electoral de 2002, en la que competía por la Presidencia de Colombia, se había convertido más allá de sus fronteras en símbolo de los secuestros de las FARC, un grupo considerado terrorista en 31 países. Debido a su doble nacionalidad, colombo-francesa, los sucesivos esfuerzos diplomáticos para su liberación la habían transformado en pieza importante de un complicado tablero político internacional que incluyó al mandatario francés Nicolas Sarkozy, al venezolano Hugo Chávez y al propio presidente colombiano, Álvaro Uribe. Fue Ingrid el principal argumento de una negociación fallida entre Chávez y las FARC. Ayer, ese tablero conoció un final abrupto, cuando Uribe resolvió el asunto por la vía militar, con una operación a la que la ex candidata, partidaria históricamente de soluciones negociadas, puso un adjetivo: perfecto.
En el rescate de la mujer, de 11 policías y militares colombianos, y de tres estadounidenses —por quienes el candidato republicano John McCain había abogado el martes mismo en Cartagena de Indias— políticos de Colombia ven, además de un triunfo político de Uribe, la posibilidad de una nueva ruta a la paz, basada en la derrota militar de la guerrilla.
Para César Gaviria, ex presidente colombiano, la liberación de los secuestrados es un golpe mayor que la reciente muerte, a manos del Ejército, de líderes de las FARC como “Raúl Reyes”. “Es muchísimo más importante que la muerte de los comandantes y espero que pueda poner fin a la lucha armada en Colombia”, dijo el político a la cadena RCN minutos después del anuncio de ayer.
Para otras fuentes del Palacio de Nariño (la casa presidencial), el operativo muestra la capacidad de la inteligencia gubernamental para socavar a la dirigencia guerrillera desde adentro. El relato que Betancourt hizo de su rescate, al filo de las 5:40 p. m. de ayer, confirmó el nivel de porosidad de las FARC.
“Somos el Ejército”
Ante un micrófono, en la base militar Catam, cerca de Bogotá, Betancourt reveló las sensaciones que embargaron a los secuestrados cuando, esposados, subieron a un helicóptero que creían los trasladaría a otro punto controlado por las FARC. Fue hasta que vio a “César”, el comandante guerrillero que la había vigilado durante casi todo su cautiverio, amarrado y vendado en el piso, que la mujer se dio cuenta de que se trataba de un operativo que engañó a los mandos locales de la guerrilla. “Somos el Ejército nacional, oímos. Y ese helicóptero casi se cae de lo que saltamos”, dijo Betancourt.
“He vuelto a nacer”, había dicho antes Armando Castellanos, uno de los policías liberados junto a ella. Había pasado secuestrado 10 años.
Detrás de los dos, y de los otros 12 liberados, quedó en el Guaviare una fila guerrillera desconcertada, según Betancourt. “Yo le pido públicamente a las FARC que no los ajusticie (a los guerrilleros); lo que pasó hoy no es culpa de ellos.” A preguntas de reporteros, la ex candidata evitó responder si para ella este es el final de las FARC. En Bogotá, las voces al respecto eran ayer prudentes, pero coincidan en que este fue, en definitiva, un golpe casi letal, en un momento en que las FARC se encuentran cercadas diplomáticamente y más acosadas que nunca, tras 40 años de existencia, en el plano militar.
El triunfo de Uribe
“¡Viva Colombia! Eso es lo que tiene este hombre; soltaron a Ingrid y a los gringos”, decía en referencia a Uribe, y al compás de las declaraciones de Santos, una mujer frente al televisor en el coqueto barrio de La Candelaria, a cuadras del palacio de Nariño.
Allí, en la casa presidencial, José Obdulio Gaviria, uno de los principales asesores del presidente, daba a este periódico las primeras reacciones sobre el operativo y sus alcances políticos mientras su jefe volaba a reunirse con los liberados. “Esta es la conclusión de una política exitosa que se trazó la línea de liberar a los secuestrados”, decía en una entrevista interrumpida por llamadas de ministros que lo felicitaban a él y al presidente.
“¿Y por qué me felicita a mí?”, preguntaba Gaviria a un asesor que llegó hasta su despacho.
“Porque insistió en esta política desde hace seis años”, dijo.
Gaviria, uribista de línea dura —“Con el solo hecho de la elección del presidente Uribe, las FARC estaban muertas”, resumía—, representa esa filosofía de ataque frontal a la guerrilla que ha costado a esta administración muchas críticas internas, pero también una escala de aceptación popular que llevó a Uribe a pensar en la segunda reelección. En Guaviare, todos los liberados aplaudieron esa política de ataque. “Gracias a todos los que rechazaron que la única solución era esperar”, resumía Betancourt.