Nueve de la mañana. El vendedor de chupetes de dulce detiene por un momento su oficio. Se dirige al mar de 400 personas que están frente a la entrada de Los Chorros: “Gente, mejor váyanse a los chorros de su casa a bañarse, porque aquí no van a entrar”. Varias risas acompañan la ingeniosa sugerencia. Pero el momento gracioso se desvanece entre los murmullos, y empiezan a escucharse quejas, lamentos. Pasan los minutos y el tumulto crece. Los turistas, variopintos, parados frente a las puertas del Parque Acuático Los Chorros, no se mueven. Y más personas se acercan, cada vez en mayor número.
Atrás de la multitud, una fila de vehículos para entrar al parque mide unos 200 metros. Y a los que ya no pueden incorporarse a la fila, la Policía de Tránsito los manda a seguir circulando. No hay ningún retorno cerca para los vehículos. En los dos lados de la carretera, los autobuses siguen descargando veraneantes que quieren pasar el sábado en Los Chorros. Nadie les puede ordenar que regresen a sus casas. Nadie tiene esa autoridad. Se avecina un caos. Y son apenas las 9 de la mañana.
Hacía una hora que el turicentro se había abierto. En ese lapso de 60 minutos, 6,000 personas ya habían pagado su boleto de $0.80 para entrar al parque. En una hora Los Chorros llegó al límite de su capacidad. Y fue entonces cuando Fernando Rojas, administrador del centro turístico, decidió anunciar el cierre.
Nueve y 45 minutos de la mañana. La escena continúa en las puertas de acceso. El mar de personas, ahora de unas 550, empieza a empujar los portones. Y de tantos empujones que dan están a punto de derribar las puertas. La Policía sugiere a los agentes de seguridad del parque que dejen entrar a la gente. La multitud, cada minuto más incontable, está cerca de ocupar la carretera.
Nueve y 49 minutos de la mañana. Se abren los portones. Uno de los agentes de seguridad, de bigote, gorra y camisa celeste, solo alcanza a hacer un gesto de decepción. Los Chorros ya estaba más que lleno. Y los nuevos visitantes solo podían significar descontrol. Por ello la decepción del vigilante, y de Fernando Rojas.
Los miedos de Rojas se hicieron realidad. El sábado fue el día más fuerte, como él lo predijo. Y así lo fue, con la palabra “fuerte” entrecomillada. A la fuerza, y en las narices de las autoridades, más de 2,500 turistas entraron al balneario entre las 9 y las 12 del día, y se sumaron a los 6,000 que estaban desde las 8 de la mañana. Nadie los pudo contener. Nadie se atrevió a tener esa autoridad.
Dentro del parque, el conflicto temido: el apretamiento provocó el desmayo de una mujer. El espacio para bañarse con tranquilidad en las piscinas era reducido. Y para el mediodía, ya empezaba a notarse el cambio de color en el agua, y el olor. El lleno era tal que los espacios verdes, decorativos, eran ocupados para sentarse o poner hamacas. Por donde se pasara, los números de gentes eran mayúsculos. Un mar de 8,500 personas en pleno veraneo.
La basura no faltó. Fueron de poca utilidad los más de 20 basureros que fueron colocados por la administración alrededor del parque, sumados a los pocos que ya había. “Hay que hacer urgente una campaña de limpieza y de educación. Este problema es cultural”, eso fue lo único que pudo decir Fernando Rojas.
Los vecinos más cercanos de Los Chorros, como el Complejo Deportivo Vitoria Gasteiz, de Nejapa, no sufrieron la misma suerte. Con un lleno de 4,600 veraneantes este sábado y ventas de cerveza en envases de vidrio, no hubo desorden ni aglutinación. Sí hubo menos gente que en Los Chorros, pero nadie entró a la fuerza.