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“Sin un corazón rico la riqueza es un espantoso pordiosero.” Emerson.
La devoción por el dinero y mirarlo como el valor único y universal ha hecho que los que lo tienen atiendan una doble carga: el creerse todopoderosos, y que una multitud de lisonjeros se los revaliden así.
Con esta dual aflicción los hombres ricos pueden perder el piso. Hay potentados que, cuando malogran su dinero, no nomás pierden el piso, también la autoestima; y otros —los ha habido— que pierden hasta la vida misma.
Conviene recordar el concepto de abundancia; la abundancia significa bastante más que poseer cantidades de cosas. Equivale a todo lo bueno que se puede tener: alegría, salud, paz interior, dinero, amor, felicidad, realización personal, etc. Y el dinero es solo una parte del abundamiento; el metálico puede tener sentido en la vida y se puede aprender a dominarlo, en lugar de sentirse dominado por él.
La diferencia entre un rico y un pobre, si finalmente los dos terminarán muertos, es la forma en que cada uno se la haya pasado en vida. Hay ricos pobres de corazón, y hay pobres ricos del alma. No es que sea malo ser rico. Lo perverso es tener millones de pesos en el banco, sin movimiento, atesorados y estancados. El dinero es como la sangre, si no fluye se coagula.
La persona, el ser natural que es, viene a este mundo despojado de todos los marbetes y paradigmas. El dinero es una de esas etiquetas. Es la hipnosis del condicionamiento social, hoy en día excesivamente extendido.
La diferencia entre el hombre más rico del mundo y el más pobre —en igualdad de atributos humanos— son tan solo un montón de ceros y cifras.
No es que el dinero sea desdeñable. Lo deplorable es que para muchas personas sea la única medida del éxito. El hombre acaudalado que vive almacenando su dinero no se lo llevará a la tumba. Lo aprovecharán otros —o lo malgastarán— ya que él no lo hizo en su momento.
Este desmedido apego y subordinación al dinero ha hecho que la humanidad trastoque sus valores. Que alabe a todo aquel que, como atributo único, tan solo posee prosperidad financiera.
Tan poderoso es “Don Dinero” que su dueño temporal (temporal, por lo finito de la vida) llega a entremezclar su ser con su tener. No se percibe, ni se puede mirar a sí mismo, sin su riqueza. Llega a creer que su persona y su fortuna son una misma identidad.
He aquí que empieza el desenfoque de la personalidad, la guía de vida y los negocios. Pues, cuando el numerario es lo único que importa, las decisiones no son acertadas, de acuerdo con la noción de la abundancia.
Nada tengo en contra del dinero. A todos nos gusta lo mucho bueno que con él se puede comprar. Sencillamente invito a que lo ubiquemos en su justa dimensión: una parte —importante— del concepto holista de abundancia.
“No midas la riqueza por las cosas que posees, sino por aquellas que no cambiarías por dinero.” Anónimo
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