Recordamos un programa de televisión que invitaba a celebridades a competir representando a su género. El objetivo: reclamar su superioridad y obligar a los otros a purgar un castigo.
Muchas veces entre una pareja se da una competencia para probar quién tiene la razón, el poder o la habilidad para resolver un problema o situación que la otra no pudo. En otras situaciones dan su mejor esfuerzo para comprobar que simplemente son mejores. En ambos casos, no hay una intención de dar lo mejor de sí a favor de un objetivo común. Consideremos. La “pareja” que hace mejor acopio de las bondades y virtudes de “cada uno”, se vuelve más efectiva y eficiente.
Desgraciadamente algunas parejas dejan de vivirse como complemento del equipo. La relación se distorsiona a una competencia o “guerra”. Así, quien ganó, celebra su superioridad y si puede, “pisoteará la bandera” del otro. Igualmente, suponen que la otra persona deberá asumir con humillación su derrota; tomando una actitud sumisa, como los vencidos. En un “estado de guerra” el objetivo es vencer, dominar, someter o matar al enemigo. Cada uno justifica hacer “de todo”, ya que “todo es válido en el amor y la guerra”. Al final quien gane, se beneficiará con el control del territorio conquistado y el botín. ¿Y cuando el amor y la guerra se disputan entre las mismas personas?
¿Qué puede pasar cuando la guerra se da entre la pareja y la celebración de victoria es en la cama? Quien venció “sodomiza” a la otra persona. Con su actitud exige, ensaya posiciones, toma conductas que distraen, asustan, disminuyen la dignidad de la otra. No logra la sumisión sino que al contrario, provocan la resistencia.
Entonces se libra otra batalla. “Ya te gané, ahora te tienes que dejar”. En tanto la otra persona actúa, “no te daré el último gusto que quieres”. O bien, “ten, toma lo tuyo, menos mi corazón”. Como resultado, quedan muertas y enterradas las razones por la que ambos buscaron unirse, la pasión, la intimidad y el compromiso. Solo se puede suponer que lo que les espera es una nueva competencia por vencer, el desquite, o bien, resistir.
¿Cómo identificar este patrón? Observe cómo llegan y se respetan los acuerdos de consenso. ¿Qué pasa cuando uno se equivoca y la otra persona tiene la razón? ¿De qué forma se celebra el éxito en la intimidad, como “botín” o como “gane de equipo”? ¿Siente que de la pareja, se satisfizo uno?
¿Cuál es el primer paso a seguir? Si usted está en este dilema, aproveche un momento de paz y exponga el proceso a su pareja. Narre los hechos sin juicios, solo describiéndolo como un narrador radiofónico en un partido de fútbol. No juzgue, ridiculice o acuse, pues eso desencadena nuevas “guerras” o “resistencias”. Nuevamente, estará gestando otra guerra para terminar las guerras. Recuerden cómo comenzó este escenario y no busquen culpables, encuentren soluciones.
Muchas parejas ven su vida sexual hacerse añicos porque están tan involucrados en “ganar” o “no perder”, que no ven que atentan contra la misma esencia de ser dos que desean manifestarse como una unidad. El sexo se vuelve una declaración de hostilidades o pretención de entrega. El deseo y la excitación huyen como palomas de un bombardeo. El orgasmo y la sensación de unión no son más que un recuerdo para uno y para el otro, el arrebato del placer a expensas de la otra persona. Ante un punto muerto o la expresión del otro por proseguir con esto, no dude en buscar ayuda calificada. Lo que está en juego es mucho más que un resultado, se trata de su proyecto de vida.