Para algunos no son más que muñequitos “chinos”, pero hay jóvenes que ven en el ánime más que eso. “El ánime y el arte se pueden llevar en equilibrio”, opina Laura Córdoba, una cherita que es parte de Nozomi.
“Nozomi significa esperanza”, cuenta Laura. El grupo Nozomi está formado por devotos y devotas salvadoreñas de la animación japonesa, es decir del ánime, que el fin de semana se reunieron para departir.
Este círculo de amantes de los ojos grandes y los pelos azules, verdes y de colores está formado por 13 jóvenes de distintas edades, entre 12 y veintitantos años. A la mayoría de estos chicos no les basta con ver y leerlo. También sueñan con dibujarlo. Muchos lo logran.
La gente de Nozomi está convencida de que el ánime vale la pena y para demostrarlo organizaron una exposición con sus trabajos. “Además de que nos gusta el arte nos gusta el ánime”, explica Susana, y luego agrega: “Muchos ven al ánime como algo violento”. Pero según esta chica, el ánime tiene de todo, desde historias románticas, pasando por situaciones cómicas hasta batallas épicas.
Fernando Coto, profesor de dibujo y pintura de Casa Maya a la cual pertenecen los miembros de la agrupación, asegura que la exposición fue una iniciativa de sus alumnos. “Los trabajos fueron hechos con distintas técnicas y representan figuras emblemáticas de distintas series”, relata el profesor. El salón del complejo recreativo Kathya Miranda fue el que albergó la expo.
Bichos y bichas disfrazados de sus personajes favoritos, cómics por todos lados, patadas y puños de karate, y los muñequitos de los ojos grandes fueron los reyes del lugar.
Se abrió también un concurso entre los que quisieran llegar y dibujar en el lugar. El premio para estos valientes fue un mural sorpresa, con un personaje de ánime. “Dibujar es mi hobby, es lo que más me entretiene”, relata Catherine Willis Cáceres, una participante, mientras le da los toques finales a su dibujo. “El ánime es una forma de expresarme”, afirma José Ricardo, quien al igual que Catherine trabajó desde las 10 de la mañana su dibujo.
En una esquina de la sala, un grupo de estudiantes de karate do daban una demostración que atrajo la atención del público. Desde los más pequeños, karatecas de siete u ocho años, hasta los adolescentes, los alumnos impresionaron a la audiencia con sus patadas y saltos acrobáticos.
Sobre el escenario, un grupo de cipotes se preparaba para hacer de las suyas con guitarras eléctricas y tambores, pero eso sí, con letras en japonés. La banda Rossier se encargaría de meterle las vibras musicales a la exposición con canciones de las diferentes series japonesas.
Los miembros de esta agrupación aseguraron que seguirán promoviendo este tipo de dibujo, al que muchos consideran mejor que su par estadounidense.