Entre estas últimas, la más decisiva por su carácter estructural es la que se refiere a la forma en que la sociedad salvadoreña ha venido funcionando a lo largo del tiempo. A partir de nuestra inauguración republicana, allá en el primer tercio del siglo XIX, se empezó a producir un fenómeno de divisiones internas que impidió que se construyera un proyecto de libertades democráticas reales. El caudillismo amorfo pero hegemónico fue el protagonista político en aquellos años, y luego se constituyó una especie de “triple alianza” entre las cúpulas económicas, militares y eclesiásticas, cuya vigencia duró hasta el quiebre de los años 70 del pasado siglo. En tales condiciones, lo que prevaleció en el ambiente fue la tendencia a la división, que le servía muy bien a los intereses del poder. Una división que tendría, por supuesto, efectos autodestructivos.

Y el mayor de tales efectos fue el estallido bélico. Como hemos reiterado cada vez que se presenta la oportunidad, la guerra interna la fuimos construyendo los salvadoreños —por acción o por omisión— en el curso de mucho tiempo. La hicimos inevitable, y pudo tener uno de dos desenlaces posibles: la petrificación de la división nacional si alguno de los dos contendientes hubiera ganado por las armas, o el paso a una etapa histórica diferente si las circunstancias imponían la solución sin vencedores ni vencidos. ¡Bendita solución! Todavía hay quienes creen que nuestro Acuerdo de Paz fue producto de la imposición de algún superpoder mundial. Lo que ocurrió en verdad fue que, al implosionar la bipolaridad en 1989, nuestro “caso” salió de la agenda de los llamados superpoderes. Y los dos actores nacionales en guerra se dieron cuenta, sin decirlo, que ya no había cómo sobrevivir en las mismas. La Historia le hizo justicia a la Razón.

Pasamos, pues, a la construcción democrática plena, que siempre es tarea de larga duración. Para que tal proceso cuaje se necesitan algunas bases indispensables que garanticen la convivencia pacífica y evolutiva, y que sintetizamos así: reconocer que la sociedad es plural, y por consiguiente hay que respetar al “otro” sin reservas; aceptar que el “otro” tiene los mismos derechos y deberes básicos que yo; y entender que todos, sin excepción, tenemos una tarea común que se llama destino nacional. Esto no es un planteamiento de sofisticación de las conductas, sino el simple hecho de generalizar la naturalidad como norma de vida. El pluralismo social y político es lo más natural que existe; y también lo es la igualdad elemental de todos los integrantes del cuerpo comunitario, así como la pertenencia sin excepciones al destino común.

Es de deplorar que, una vez concluido el conflicto bélico, y dentro del aura de reconciliación que acompañó al desenlace negociado y pacificador, no se emprendiera de inmediato una especie de cruzada reconciliadora en el ambiente, que contuviera el ejercicio de activar los tres componentes de base que señalamos en el párrafo anterior. Como siempre, dejamos pasar el tiempo oportuno para hacer las cosas como se debe, y los efectos de seguir en las actitudes tradicionales, atrincheradas y agresivas, están a la vista.

Se viene hablando mucho de paz, aunque casi siempre de manera muy superficial, como si se tratara de una conquista casi frívola o que puede ser resultado de casualidades benevolentes. En realidad, la paz es un producto del comportamiento social ajustado a los principios y a los criterios del buen actuar y del buen vivir, en el más amplio sentido de estos términos. Evidentemente, nos falta mucho para alcanzar los niveles de integración nacional y de convivialidad social que aseguren el desarrollo pacífico en todos los órdenes; y lo más lamentable es que no haya dinamismos orientadores en esa vía. Lo que predomina en el ambiente es la cultura de la pelea de gallos, que no lleva a nada que no sea la autodestrucción.

Necesitamos, como sociedad en vías de ser verdaderamente convivible, que se haga realidad el accionar colectivo al servicio de una nueva cultura de interacción respetuosa y solidaria. Partamos del hecho de que nadie, en lo básico, es superior a nadie: son las respectivas conductas las que van haciendo la diferencia, para bien o para mal. Y, en tal sentido, la educación de la conducta está en la base del progreso y en el subsuelo de la armonía posible, duradera y progresiva.

Esa es la cultura de paz que puede hacernos cambiar no sólo de rumbo sino de destino. No un programa de ocasión, sino un proyecto de vida, en la más amplia dimensión del término. Asumirlo así es responsabilidad patriótica de todos.