Desde Río de Janeiro — El planeta viaja hacia un nuevo orden mundial. El ascenso de China, Rusia e India comienza a gestar cambios profundos en el equilibrio de poder. Estados Unidos prevé un escenario en el cual ya no será la primera economía, posición que será ocupada por China promediando el siglo XXI.

Las naciones europeas se encuentran enredadas en una crisis económica de la que no logran recuperarse. Por su parte, Francia se las rebusca para seguir mostrándole al mundo sus tentáculos. Es así como París emprendió, casi de manera solitaria, una ambiciosa ofensiva sobre el norte de África. Haciendo uso de su inmenso poderío militar y su influencia política internacional consiguió que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobara su intervención sobre Mali y que sean los franceses los encargados de llevarla a cabo. Incluso Rusia y China, enfrentados a Occidente en torno a una eventual intervención en Siria, dieron el visto bueno a la operación pues reconocen que el África Francófona es la esfera de influencia directa de París. Es por ello que no vuelcan mayores opiniones sobre lo que los franceses hacen o dejan de hacer en esta región a la cual suele llamársele “Françafrique”.

La diplomacia gala no solo consiguió el apoyo de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, sino también la cooperación de muchas de sus excolonias en el norte de África. Argelia permitió utilizar su espacio aéreo para transportar todo el material bélico desde la Francia Metropolitana hacia la región en forma segura. Senegal, Níger, Burkina Faso, Benín y Costa de Marfil se han comprometido a enviar tropas para cooperar con las fuerzas francesas que ya se encuentran dentro del territorio maliense. El apoyo de ECOWAS (Comunidad Económica de Estados de África Occidental) también ha sido conseguido por París. Por otro lado, la OTAN, Gran Bretaña y Estados Unidos han ofrecido soporte logístico para la operación.

La presencia militar permanente que Francia mantiene en ultramar cobró un rol de transcendencia. La base francesa de Yamena, capital de Chad, funciona como centro de operaciones y desde allí partieron algunas de las aeronaves responsables por los bombardeos en el norte de Mali.

La operación aérea fue ejecutada, tanto desde la propia Francia como desde la base en Chad, por helicópteros de ataque Gazelle, aviones cazabombarderos Mirage 2000 D y Dassault Rafale y aeronaves de reconocimiento Mirage F1CR abastecidos en vuelo por un C-135. También desde la base de Yamena partieron hacia Bamako (capital de Mali) aviones de transporte con soldados galos.

El objetivo de tan importante operación es desplazar a grupos fundamentalistas y terroristas islámicos, vinculados a Al Qaeda, del norte de Mali.

Los rebeldes se hicieron del control efectivo del norte del país y llegaron a capturar la ciudad de Konna, a solo 600 km de la capital, Bamako. Si estos grupos consiguieran tomar el control del aparato estatal nacional, la estabilidad de buena parte del Sahel podría correr serios riesgos.

Francia tiene fuertes intereses económicos en la región, sobre todo energéticos. Al mismo tiempo hay más de 30,000 ciudadanos franceses expatriados viviendo en Mali y sus países cercanos. París (y Occidente) consideran inadmisible la posibilidad de que Mali se transforme en Estado yihadista y que estos grupos fundamentalistas utilicen al país como trampolín para apoderarse de otras naciones cercanas y de estructuras estatales débiles.

Si esto sucediera, la seguridad de la propia Europa se vería afectada. Se espera que la operación dure varias semanas. Si bien los resultados de los bombardeos han conseguido en solo un par de días hacer retroceder a los rebeldes, en algunas áreas la situación es más compleja y la contraofensiva se hace sentir. En la ciudad de Gao, los ataques aéreos franceses han forzado la retirada de los islamistas y en Timbuktu, donde se detectaron los mayores abusos desde los terroristas hacia la población civil, se esperan resultados similares. Ante la imposición forzada de la ley islámica por parte de los fundamentalistas, los habitantes de la región han manifestado a múltiples medios su apoyo a la operación francesa.

Los rebeldes han prometido luchar hasta el final y que Francia pagará las consecuencias de su accionar. Amenazaron con provocar atentados en Europa y transformar al conflicto en un nuevo (y costosísimo) Afganistán.

En definitiva, la primera guerra de la presidencia de François Hollande ha comenzado. La alta política internacional estará siguiendo de cerca los acontecimientos de un conflicto de final incierto y que corre el riesgo de extenderse en el tiempo.