Cuando un anciano enferma es llevado al Hospital San Rafael. Es común que algunos mueran, lo cual es complicado porque los administradores carecen de presupuesto para entierros.
Es miércoles por la mañana y el día transcurre tranquilo: un anciano se refugia en la lectura de la Biblia y algunas mujeres conversan para disipar la monotonía en el albergue de ancianos que funciona en el dormitorio público de la ciudad de Santa Tecla. Veintisiete ancianos entre hombres y mujeres comparten los últimos años de sus vidas en un edificio que data desde 1947, que ha servido de refugio a los menos favorecidos desde entonces. Algunos de los internos viven ahí desde hace más de 20 años y las historias son diversas sobre su llegada al lugar.
El día transcurre sin variaciones; algunos comienzan a regresar a medida se acerca el mediodía para almorzar, ya que para subsistir salen a mendigar. Avanza el día y unos gritos rompen la tranquilidad. Pocos se inmutan; uno de los internos está mal, al parecer el día anterior cobró su pensión e ingirió bebidas alcohólicas. Tendido en el piso del dormitorio es ayudado por su hijo, otro indigente que vive a las afueras del asilo; la ambulancia llega y don Antonio es trasladado al hospital.
Atardece y los primeros inquilinos comienzan a llegar para pasar la noche, y con ellos un grupo de la iglesia evangélica Columna de Amor para brindarles comida y un momento espiritual. La noche llega y un día más termina al cerrarse la puerta. Al día siguiente comenzará la rutina, lenta para algunos, para otros la esperanza de un día mejor en el ocaso de su vida.