Nuestro país se encuentra en una coyuntura histórica que es a la vez de gran complejidad y de grandes oportunidades. El hecho mismo de que la dinámica de posguerra lleve ya 21 años transcurridos sin regresiones al estado de cosas anterior al fin de la guerra indica que avanzamos de manera consistente hacia la plena normalización democrática, aunque haya un constante asedio de obstáculos de diversa índole –políticos, institucionales, económicos y sociales– que dificultan el recorrido. Avanzar, entonces, como el proceso requiere y como la población merece, demanda de todos un esfuerzo persistente y coordinado.

En el ambiente, estamos haciendo distintos aprendizajes por obra de la misma dinámica coyuntural y estructural que los tiempos traen consigo. La política no escapa ni puede escapar a dichos aprendizajes, aunque sea la más resistente a reconocerlos y la más reacia a asumirlos. Y así vemos cómo las diferentes fuerzas políticas organizadas continúan aferrándose –cada quien a su manera y con su respectiva retórica– a los viejos esquemas ideológicos, que partían de la fantasía del blanco y negro. Hoy la vida ha sacado de juego el clisé de la revolución y lo que está en vigencia en todas partes es el marco de la evolución, que desde luego admite variables.

Nuestras sociedades latinoamericanas –quién más, quién menos– están cargadas de necesidades insatisfechas y de reclamos derivados de dichas cargas. En países como el nuestro, tal situación es desde luego bastante más crítica, porque históricamente no se ha hecho lo que se hubiera debido hacer al respecto y porque las condiciones actuales vuelven cada vez más complicada la tarea de corregir los desajustes estructurales que en tantos sentidos nos aquejan. En tales condiciones, la tentación de entrada es buscar salidas fáciles, aunque la experiencia enseñe, de manera constante, que las salidas fáciles no existen, y mucho menos cuando se trata de problemas de fondo.

Todavía quedan en el ámbito latinoamericano restos de las viejas fantasías revolucionarias, como son las expresiones de un presunto “Socialismo del siglo XXI”, nutrido por la riqueza petrolera venezolana, que ahora mismo está en acelerada crisis por la caducidad del chavismo caudillista; sin embargo, la línea de los tiempos apunta en todas partes, sin distingos de regiones o de grados de poder o riqueza, hacia el necesario sentamiento de bases responsables que le den consistencia al desarrollo, en un ambiente de libertad y solidaridad bien entendidas y bien administradas. Los que quieran salir delante de veras tendrán que sumarse a esa lógica histórica.

En nuestro país aún no opera con suficiente arraigo y capacidad expansiva el propósito democratizador que pase de las palabras a los hechos. Y es que todavía no hemos reconocido de manera generalizada el concepto dinámico de la evolución, que es algo no sólo inevitable sino también dirigible. Sigue estando presente el vano y peligroso sueño de que la realidad cambie con medidas de ocasión, cuando lo único seguro es ir haciendo un ejercicio transformador que parta de las actitudes de todos y permita mejorar de manera progresiva las condiciones de vida también de todos. Es el obrar en orden y con visión lo que da resultados.

Aunque hay que ser positivamente críticos con todo lo que ocurre en el ambiente, nunca hay que dejar a un lado la esperanza en el progreso nacional. Una esperanza que pueda ir concretándose en oportunidades reales para todos los salvadoreños que quieran asumir sus propios desafíos.