Río de Janeiro — Usted no encontrará aquí opiniones en favor o en contra del carismático líder venezolano Hugo Chávez. Solo una reflexión sobre su vertiginosa carrera política, el ascenso hasta lo más alto del poder y los límites impuestos por el ineludible ciclo de la vida humana. La primera vez que la figura de Hugo Rafael Chávez Frías fue conocida internacionalmente fue en febrero de 1992. Aquel año él, junto con otros tenientes coroneles del Ejército venezolano, intentaron un golpe de Estado contra el entonces presidente democrático Carlos Andrés Pérez.

Si bien la sublevación no consiguió el objetivo de quebrar el orden constitucional y conquistar el poder, los acontecimientos sirvieron para catapultar a Hugo Chávez al centro de la escena política venezolana, lugar que no abandonaría jamás.

El exparacaidista se impuso en las elecciones presidenciales de 1998 y desde allí no dejó de acumular poder. Reformó la Constitución en 1999 y en el año 2000, bajo la flamante Carta Magna “Bolivariana”, consiguió un nuevo triunfo que le permitiría gobernar hasta 2007. Mientras transcurrían los primeros años de su segundo mandato, Hugo Chávez fue protagonista de un hecho casi inédito en la historia moderna latinoamericana. En abril de 2002 distintos sectores de poder dentro del escenario político local impulsaron un golpe. En un primer momento se consiguió el objetivo de desplazar a Chávez de la presidencia. Pocas horas después, en parte por la colaboración de un sector de las Fuerzas Armadas, y, al mismo tiempo, por el importante apoyo popular, el líder consiguió dar marcha atrás al derrocamiento y volver al Palacio de Miraflores. Es justamente en este punto donde radica la espectacularidad de la cuestión. Pedro Carmona fue proclamado presidente (de facto) y solo 47 horas después de su asunción, Chávez logró recuperarse y sobreponerse al movimiento que lo había apartado. Efectivamente una extraordinaria maniobra si tenemos en cuenta que son pocos los casos en los que un presidente derrocado logra des-derrocarse. En otras palabras, los grupos que se oponían a él no pudieron superarlo ni por dentro ni por fuera de la urnas.

En 2004 la oposición logró juntar las firmas suficientes para convocar un referéndum revocatorio, el cual estaba contemplado en la Constitución. El esfuerzo por interrumpir el mandato de Chávez fue inútil. El presidente se impuso con el 59% de los votos, quedando de esta forma ratificado en su cargo.

En las elecciones parlamentarias de 2005 los principales partidos opositores decidieron abstenerse por lo que el oficialismo se alzó con el control total del Congreso y Chávez con el poder absoluto nacional. En 2006 fue reelecto con el 62% de los votos y finalmente en 2009, por medio de una consulta popular, consiguió aplicar una enmienda constitucional la cual le permitiría ser reelegido en forma indefinida. Es en este punto donde el caudillo había superado todos los obstáculos, ya sean estos políticos, institucionales e incluso antidemocráticos. Su posición en lo más alto del poder venezolano era sólida y potencialmente eterna.

Finalmente llegaron los comicios presidenciales de 2012 y fue allí donde las fuerzas opositoras lograron construir una alternativa competitiva y con capacidad real de disputarle el poder a Hugo Chávez. En efecto, la Mesa de Unidad Democrática eligió por consenso a Henrique Capriles como candidato, consiguiendo de esta forma operar en forma mancomunada y coordinada. El esfuerzo fue grande y bien organizado pero aun así, y a pesar del desgaste producto de 13 años de gestión ejecutiva, Hugo Chávez venció una vez más. El caudillo demostró por enésima vez ser políticamente invencible, insuperable e indestructible. Pero el mundo de la política lo hacen los hombres y los hombres son de carne y hueso y afrontan situaciones que exceden a la política propiamente dicha. Aunque parezca una paradoja del destino, cuando Hugo Chávez había aplastado a todo lo que se le había puesto en su camino a lo largo de más de una década, fue su propio cuerpo el que le dijo basta. En otras palabras, el límite no llegó desde afuera, sino desde el interior de su propio ser. Había logrado apoderarse de la totalidad de los resortes del poder nacional. Su férreo control del aparato estatal sumado al inmenso apoyo popular hacían casi imposible imaginar que algún día Venezuela podría tener un presidente que no fuera él. Los había vencido absolutamente a todos.

En el momento en que tenía al país entero en la palma de su mano fue la naturaleza la que le colocó una barrera que ni él pudo superar.

La política es el arte de lo posible, lo que no es posible es trascender al ciclo de la vida. En última instancia todos estamos de paso, incluso, los más poderosos.