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En la ruta del proceso nacional (I)

La negociación de la paz fue posible porque estaban en la mesa los dos sujetos políticos reales: la derecha representada por ARENA y liderada por el Presidente Cristiani, y la izquierda representada por el FMLN y conducida por la Comandancia General del mismo.

Escrito por David Escobar Galindo/Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
Sábado, 22 noviembre 2008 00:00
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Estamos en un momento nacional cargado de picantes ansiedades, y todo deriva de un hecho que no es producto de voluntades individuales o de grupo, sino de la misma dinámica del proceso del país: el hecho de que las dos fuerzas partidarias principales —ARENA y el FMLN, la derecha y la izquierda personalizadas en partidos— están por primera vez en disputa electoral de resultados imprevisibles en el punto más sensitivo de la competencia, que es el puesto presidencial. Esto adquiere mayor intensidad porque en El Salvador, por tradición, vivimos un presidencialismo de alto relieve, que en buena medida es producto de las debilidades de la institucionalidad establecida. Entre nosotros la figura del Presidente tiene una connotación que va más allá de los rasgos que determina la Constitución. Aun al valorar la gestión presidencial la ciudadanía es benévola por actitud aprendida, más que por méritos específicos de los mandatarios de turno.

 

El proceso democrático nacional, surgido de las entrañas mismas de la realidad del país, se ha venido desenvolviendo con una lógica impecable: en 1984 ganó la Democracia Cristiana, para rematar la etapa de la primera transición, en el corazón mismo de la guerra; en aquel momento, si ARENA hubiera ganado, el ciclo democristiano hubiese quedado inconcluso y la solución de la guerra de seguro se habría retrasado más allá de lo históricamente sostenible. La Democracia Cristiana prácticamente colapsó en 1989, luego de acumular más poder institucional que nunca en 1985. ¿Y a qué se debió tal colapso? A fallas estratégicas evidentes, unidas a la embriaguez del poder, que siempre es una droga peligrosísima; pero sobre todo se debió a que el ciclo histórico de la Democracia Cristiana, tal como venía funcionando —representación de la izquierda, no por ideología sino porque era lo más a la izquierda que podía soportar el poder establecido—, estaba dando de sí, ante dos necesidades ya impostergables: contar en la conducción superior con un sujeto político que fuera capaz de aglutinar a los sectores de ese poder establecido para emprender el esfuerzo de finalizar la guerra; y dejar vacante el puesto de la izquierda para que lo ocupara, una vez concluido el conflicto, el sujeto político al que le correspondía, que era la izquierda en armas cuando se convirtiera en partido ya sin mediaciones fingidas.

 

La negociación de la paz fue posible porque estaban en la mesa los dos sujetos políticos reales: la derecha representada por ARENA y liderada por el Presidente Cristiani, y la izquierda representada por el FMLN y conducida por la Comandancia General del mismo. El resultado previsible y ya inevitable fue el Acuerdo de Paz. La lógica histórica tenía su primera gran victoria ritual. Venía el siguiente paso: el aseguramiento de los sujetos políticos para la competencia democrática de posguerra. ARENA ya era partido y estaba en el juego; el FMLN no era partido, y había que impulsarlo. De la negociación salió una fórmula excepcional: hacerlo partido por decreto. Y en esto debo decir que los representantes del Gobierno en la mesa movimos un propósito: que el FMLN histórico, es decir, el alzado en armas, se convirtiera de inmediato en partido, para asegurar la competitividad política posterior, que sería el gran logro de la pacificación modernizadora.

 

Pero ser partido en los libros es una cosa y ser partido en la realidad es otra. Y para el FMLN la faena de construcción partidaria resultó un rompecabezas. Para empezar, las dos fuerzas principales del FMLN en guerra —las FPL y el ERP— fueron incapaces de entenderse para levantar de inmediato ese sujeto político congruente consigo mismo y con las exigencias de la competencia ya en funciones. El vacío lo llenó el disciplinado Partido Comunista, a la cabeza del cual estaba un hombre de férrea voluntad partidaria: Schafik Handal. Cuando la casa del FMLN se fue quedando vacía, Schafik la ocupó. ¿Qué querían que hiciera? El PCS nunca había tenido, ni de lejos ni por sombras, una casa tan grande y tan bien ubicada. Y este hecho, aún no analizado en su verdadera magnitud, ha venido incidiendo en todo el proceso de posguerra, tanto en el interior del FMLN como en el proceso en su conjunto.

 

La tarea de constituirse en partido político les compete aún, en realidad, a todos los así llamados. Es la tarea de institucionalización pendiente. Pero en el caso del FMLN el fenómeno es todavía más dramático. Mientras estuvo Schafik, su personalidad sirvió como sustitutivo de una estructura orgánica encabezada por un liderazgo también orgánico. Al faltar Schafik, la solución temporal es no entrarle al lío de generar un liderazgo inequívoco y visible. Y esto ocurre en el momento en que la dinámica de la competencia pone al FMLN en posición de más factible elegibilidad. Esto último se vería potenciado si hubiera un reposicionamiento ideológico explícito, sin que ello implique perder la línea de izquierda; ¿pero cómo inducir el debate modernizador si no hay estructura que lo sostenga ni liderazgo que —eso mismo— lo lidere? Ahí está sin duda la clave de las ambigüedades recurrentes y de seguro inevitables por ahora.

 

En ARENA, la cuestión es otra, aunque también compleja y urgente. La habilidad demostrada para adaptarse a las sinuosidades del proceso político de posguerra, desde el Gobierno y desde la posición de fuerza partidaria que ha tenido prácticamente asegurada dicha posición, es notoria. Pero hoy aquella habilidad ya no da más de sí como tal; es decir, ya no puede bastarse a sí misma. En otras palabras, ARENA también está ante un reto inaplazable de reconversión. Reconversión que implica dos cosas de base: modernización ideológica y reajuste de sus alianzas estratégicas, especialmente con los poderes fácticos y específicamente con el poder económico. Tarea muy comprometedora y decisiva.

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