Besos de café con leche (Por Jacinta Escudos)
Escrito por Jacinta EscudosDomingo, 08 febrero 2009 00:00
Opinión Gabinete Caligari
Aquello ocurría en las mañanas soleadas en nuestra casa de Los Planes de Renderos. O quizás es así como lo ha querido guardar mi memoria. Mi padre salía de su dormitorio al comedor, ya listo para irse al trabajo. Se sentaba en la misma silla de siempre, la misma en la que se siguió sentando incluso cuando ya no vivíamos con él.
Mi padre jamás desayunó más que un vaso de jugo de naranja recién exprimido y una taza de café con leche, y vivió con una salud bastante sólida hasta los 96 años. Quizás y apenas dos veces al año se le antojaba comer algo y entonces apuraba un poquito de Corn Flakes con leche o una tostada de Pan Lido con mantequilla danesa Lurpak, pero nada más.
Yo ya estaba por lo general en el comedor, desayunando. Y cuando él llegaba a sentarse, me decía “buenos días, chichí”. Siempre me llamó “chichí”, incluso ya siendo yo adulta.
Inmediatamente dejaba mi plato de comida, me sentaba sobre sus piernas y él me abrazaba. Yo le pasaba las manos por la cara suavecita, recién afeitada y olorosa a Old Spice de Shulton. Entonces me estiraba sobre media mesa para alcanzar la cajita metálica azul de Hermesetas, unas pastillitas de sacarina que él tomaba con el café. La cajita de Hermesetas estaba al centro de la mesa, junto con la sal, la pimienta, las servilletas y el azúcar común. Me gustaba abrir la tapa deslizante y entonces, la magia: había un hoyito y por el hoyito había que sacar la pildorita de sacarina. La cosa se ponía más difícil a medida que se iban acabando, porque había que hacer coincidir la pastillita con el hoyito. Era un jueguito que me encantaba y que a mi padre, estoy segura, le gustaba verme hacer.
A veces, si el jugo de naranja estaba muy ácido, me pedía que le sacara otra pastillita para metérsela al jugo. Y por supuesto, yo lo hacía encantada. Igual en las pocas ocasiones en las que tuvo que tomar algún medicamento líquido, vertía 14, 15, 20, no sé cuántas gotas, en el jugo de naranja. A mí me encantaba eso de contar las gotas. Las contaba en voz alta, como si fuera el asunto más importante sobre la faz de la tierra. Que para mí lo era. Que mi padre siempre estuviera saludable y que nunca, nunca se muriera.
No sé cuántos años tendría yo. Serían 4 o 5, porque todavía no iba al colegio. Mi padre ya tendría sesenta y algo. Se tomaba el jugo primero, generalmente de un solo trago. Al final decía “ahhhh” si le había gustado y ponía el vaso sobre la mesa con mucho ruido, como si se hubiera tomado un gran trago de vodka. O si el jugo estaba ácido arrugaba la cara, sacudía algo el cuerpo y yo me moría de la risa. Entonces repetía su acto de arrugar la cara una segunda vez, solo para que yo me riera de nuevo. O hacía un sonido con la boca, un sonido que me empeñé en aprender, un tronar la boca cuando uno junta la lengua con el paladar.
Luego se tomaba el café en ruidosos sorbos. Mi madre regañaba a mi padre diciéndole que no hiciera eso, que era mala educación, pero mi padre jamás le hizo caso. Al contrario, sorbía haciendo mucho más ruido y con la cara muy seria. Yo sabía que él lo hacía a propósito, nada más que para fastidiar a mi madre. Cuando ella se iba a la cocina, él me decía en voz baja, cómplice: “Muy brava tu mamá”.
Casi siempre me pasaba todo aquel ritual sentada sobre sus piernas. Me daba algo de tristeza cuando el café se terminaba, pues sabía que ya mi padre se iría a su oficina en el centro de San Salvador, en el pasaje Montalvo. Y yo no quería nunca separarme de su lado. Entonces me agarraba la cara y me daba un sonorísimo beso de despedida en la mejilla. Me la dejaba hasta ensalivada. Tomaba las llaves de su carro, le daba a mi madre algunos colones para el gasto del día y salía hacia el garaje. Entonces me daba no sé qué aflicción de que se fuera y le pedía otro beso más. Me daba un besito silencioso y yo le reclamaba. “No, así noooo.” Él se reía y me lo daba, tronador y salivoso, como yo quería.
Entonces arrancaba su Karmann Ghia color crema o un Chevrolet blanco que tuvo durante años y se iba a la ciudad. Yo me acercaba a la carretera hasta ver desaparecer el carro en la curva y añorando el momento del atardecer en que escucharía el pito del carro en el zaguán, anunciando su retorno.
Yo me quedaba en la casa. Y en el transcurso de la mañana, mientras jugaba a arrancarle las alas a las moscas que atrapaba acorralándolas en el vidrio del comedor o haciendo sopa de flores en una mi cocinita rosada de juguete, sentía de nuevo el olor del café con leche y la loción Old Spice, que se me habían quedado pegados en el cachete. Por supuesto, tenía que pensar en él.
Cuando comencé a ir al colegio, el ritual se repitió, aunque con menos frecuencia. Pero también llegó a pasar que en medio de mis clases de matemáticas o idioma nacional, me envolvían las nubes de café con leche y Old Spice, gracias al jugoso beso de despedida que me daba en el carro, ante el portón de La Sagrada Familia.
Siempre tomo mi café negro y sin azúcar. Pero cuando ocasionalmente se me antoja un café con leche, el simple olor me lleva de nuevo a aquellas soleadas mañanas y a aquel íntimo ritual entre mi padre y yo.
Hoy mi padre cumple 8 años de fallecido. Besos de café con leche para vos, papá.


















Subir







Comentarios