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Los pájaros cantaron de noche

Escrito por Una crónica de Jacinta Escudos Fotografías de Archivo
Domingo, 08 febrero 2009 00:00
(7 Votos)
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F

ebrero 9. Son casi las siete y media de la mañana. Camino a través de los pasillos del Aeropuerto Internacional de El Salvador en estado zombie. No he dormido en casi toda la noche. Mi padre murió ayer y regreso para su funeral. Tengo miles de pensamientos en la cabeza y emociones en el corazón.

Apenas tengo cabeza para fijarme en las paredes rajadas del aeropuerto. Recuerdo que estuvo cerrado un par de días después del terremoto del 13 de enero. Miro arriba: el cielo raso está en partes desprendido. Alambres, lámparas fuera de lugar. Miro el pasillo: más paredes agrietadas, piezas de decoración desprendidas, el vidrio rajado de una puerta.

Al aterrizar, desde mi ventanilla del asiento 13 A, trato de distinguir las grietas en la pista. “Repararon rápido”, pienso y suelto un discreto suspiro de alivio mientras el avión rueda tranquilo hacia la terminal.

En la carretera desde el aeropuerto hacia San Salvador, un tramo está cerrado y el paso es forzado a hacerse en apenas dos carriles. Algunos desprendimientos de tierra bloquearon la vía. Pero nada más.

Entrando desde aquí, y luego en la gran ciudad, no puede saberse que hubo un terremoto, a excepción de las tiendas de plástico celeste y blanco en medio de un pequeño prado a la entrada de Los Planes de Renderos.

El velorio es en la casa de la familia, la casa donde me crié. Todo está diferente. Los muebles movidos. El ataúd en medio de la sala.

Mi padre se mira tan pequeño y sin embargo, parece que está apretado dentro de la caja. Apenas puedo reconocerlo. Ha muerto a los 96 años de una infección general en la sangre.

Luego me llevan a ver los daños de la casa. Son daños estructurales graves. Rajaduras profundas y largas en las esquinas de las paredes. Da la impresión de que un cuchillo gigante hubiera penetrado desde el techo y hubiera intentado partir los cuartos, como rebanando un pastel.

El suelo también está agrietado, pero las grietas del piso no me impresionan, aunque me dicen que una de las grietas cruza hasta la casa del vecino y que ellos tienen la misma exacta grieta, como una línea recta hecha a propósito por alguien.

Febrero 11. Temblores. Temblores leves y constantes que me preocupan. Los daños de la casa son estructurales y cualquier sacudida fuerte puede hacer caer las partes afectadas donde están el comedor, la cocina y la ventana panorámica con la espectacular vista sobre el lago de Ilopango, San Marcos y el valle de San Jacinto.

Febrero 13. 8:22 a. m. Voy en un bus de la ruta 12, Los Planes-San Salvador. Tengo una reunión en la Dirección de Publicaciones para trabajar sobre las pruebas de mi próximo libro, “El desencanto”.

Cuando el bus pasa casi frente al Cuartel Zapote, miro extrañada que la gente sale corriendo de las casas. Algunas mujeres con bebés en brazos, otras llorando, corriendo, con niños de la mano. Gente en la calle corre, rostros preocupados. Me parecen las escenas de una película muda, sin sonido y cuya historia desconozco.

Alguno de los pasajeros dice “debe haber sido un temblor muy fuerte”.

Ah, claro, se me olvidaba: los temblores.

El bus continúa su ruta y en cada calle hay mucha gente afuera. Entramos a la colonia Modelo y algunos adultos sacan apurados a los niños que estudian en el pequeño kínder del Ejército de Salvación. Mucha agitación y movimiento. En los multifamiliares vecinos, gente sentada en los corredores de entrada afuera de los edificios. Me pregunto si siempre reaccionan así, en cada temblor, desde el terremoto de enero.

Describir lo que era el mercado Central a escasos diez minutos de este sismo (que después me daría cuenta, fue en realidad un nuevo terremoto), sería difícil. Todos los seres humanos del mundo estaban en la calle. Desde el terremoto del 13 de enero hay más vendedores en las calles, con plásticos negros y canastos vendiendo todo lo imaginable, pues nadie quiere estar dentro de los galerones del mercado por miedo a que todo les caiga encima.

Mucho nerviosismo, gente caminando deprisa, tropezando contra todos, comentando, mirando los cables de luz para saber a dónde van a huir en caso de otro, gente corriendo con sus hijos, carros metiéndose donde normalmente el tráfico está vedado, pitando y forzando su entrada por cualquier parte.

Llego hasta la iglesia El Calvario y doblo hacia la izquierda. En esa calle, no miento ni exagero, en cada esquina hay un “enviado de Dios” proclamando a gritos el fin del mundo, las señales de los tiempos. Mucha gente riéndose, otra pasando seria, nerviosa. Inevitable escuchar el sermón obligado.

Continúo caminando. Pero estoy más preocupada por los ladrones que por el fin del mundo.

Al fin llego a la editorial. El vigilante me dice que no hay nadie, que todos los empleados se han ido como consecuencia del temblor.

Hablamos de los sismos, el único tema de conversación estos días en El Salvador. Con la certeza de un científico que ha hecho interminables cálculos al respecto, me anuncia que lo peor está por venir.

—Este viernes 16 vendrá uno bueno, el grande, será peor que el de enero.

—¿Quién dice, cómo lo sabe?

—Todo el mundo lo sabe. Aquí en El Salvador se está dando el comienzo del fin del mundo, Centroamérica se va a hundir y este país será el primero en desaparecer.

No sé si preocuparme o reír.

Durante las noticias del mediodía me doy cuenta de que se trató de otro terremoto, este de 6.6 en la Richter. Muchas historias impresionantes: niños aplastados en una escuela parvularia, una niña muerta cuyos papás viven en los USA y cuyos abuelos avisaban por televisión de la muerte de la niña, varias gentes soterradas porque de nuevo hubo derrumbes.

Pero la historia que más me impactó fue una que escuché en la radio: un niño de 10 años que después del segundo terremoto intentó suicidarse. Decía que ya no quería vivir. Que ya no quería terremotos.

Cuando regresé a Los Planes, vi los daños en la casa. Varias cosas caídas en el suelo, entre ellas, los parlantes del equipo de sonido, un portacandelas antiguo, cuyo vidrio se rompió. Fotos en el suelo. Lámparas.

Pero la casa aún en pie, heroica, resistente, terca.

A partir de hoy, duermo cerca de la puerta de salida del frente de la casa pues aparenta ser el cuarto más sólido y además, estoy más rápido afuera. Con teléfono, televisor y maletas, agua y candelas y las llaves puestas en la cerradura para abrir lo más rápido posible y escapar en caso necesario.

Duermo con ropa y con la luz encendida y por supuesto, salgo a cada instante, porque hay muchas réplicas, algunas de ellas muy fuertes.

Febrero 18. Ayer día difícil. Acababa de salir de la ducha como a eso de las 2 y veintitantos de la tarde. Ya me había vestido y estaba reclinada contra el lavamanos, poniéndome una crema en la cara, cuando me sentí rebotar contra el piso. Escuché los ruidos y lo supe: otro temblor, pero este peor que todos los que había sentido desde mi llegada.

Salí corriendo a la calle, escuchando ruidos terribles, todo el crujir de la casa. El suelo se movía como mantequilla caliente. Escuché vidrios romperse. Por la intensidad del ruido, estaba segura de que la casa se caía en mil pedazos, pero no había tiempo de ver para atrás, no había ni un segundo que desperdiciar en hacerlo.

Tardó un rato en calmarse o quizás fueron dos o tres sismos seguidos, no lo sé. O quizás, como me pasa tanto en estos días, después de los temblores mi propio cuerpo sigue temblando, agitado por una electricidad interna que no puedo controlar.

Al entrar a la casa, vi que todo seguía en pie.

El resto de la tarde y hasta bien entrada la noche hubo muchos temblores fuertes, quizás quince. Por la noche, las autoridades dijeron que lo de las 2 y media fue de 5.3 en la escala de Richter y que fue una réplica más. Pero para mí aquello fue mucho más fuerte que eso. En las noticias internacionales incluso se llegó a hablar de un tercer terremoto.

A la medianoche me venció el sueño y dormí literalmente junto a la puerta. Vestida y hasta con zapatos puestos. Afortunadamente ya no hubo más sismos y el siguiente no fue hasta hoy como a las 6 y media de la mañana.

Dormí hasta las 9 y media, estaba muy cansada. Desde que vine no he dormido una noche completa.

Hoy entré en la zona dañada de la casa para descubrir qué fue el sonido de vidrios rotos que escuché ayer. No encontré nada.

Me siento viviendo en un fragilísimo castillo de naipes, en un barco a punto de naufragar.

Febrero 21. Amanece sobre la Gran San Salvador. Paolo Lüers, Raúl Otero, Sebastián Alejo y yo vamos en un jeep camino a Cojutepeque. Ellos quieren tomar fotos de algunos lugares afectados por el segundo terremoto; yo quiero hablar con la gente. Quiero saber y ver con mis propios ojos. En alguna gasolinera nos detenemos, tomamos café, compramos agua.

La vista desde aquella carretera, los valles, el lago de Ilopango, es idílica, y lo sería más si no supiéramos que vamos al centro mismo de la destrucción.

Unos quince minutos antes de llegar, el aire comienza a cambiar. Flota mucho polvo en el ambiente. Hay letreros pegados a los árboles, escritos a mano: “Somos dagnificados, necesitamos ayuda”.

Cojutepeque. Mientras comenzamos a caminar por Cojutepeque me doy cuenta de lo que las fotos en los periódicos limitadamente pueden mostrar: la destrucción de edificios, a veces total y absoluta, otras caprichosa, ensañada apenas en alguna pared o un techo. Una casa destruida y la de a la par, perfecta y en pie.

En la avenida Raúl Contreras, el comercio continúa. Los que tenían puestos en el mercado han sido trasladados al parque o al lugar conocido como El Tiangue, y ahí, bajo plásticos sostenidos con bambú, la gente continúa vendiendo sus cosas.

Más adelante nos llama la atención una construcción inusual, que bautizamos como la “Pink Tower”: una torre de 4 pisos, pintada de rosado y lila, en medio de una cuadra, erguida y aún en pie, surreal en medio de las ruinas del resto de la cuadra.

Buscamos cómo subir. La entrada es a través de la casa de una familia que hace quesos, un lugar oscuro donde hay que atravesar el lavandero y la cocina y algún cuarto. Subimos trabajosamente las escaleras. Somos alcanzados y pasados por una ágil anciana, la dueña del inmueble.

Lo único que se ha dañado de aquella curiosa estructura es el último piso, que ahora están demoliendo. Su dueña dice que hará una terraza, un mirador. La vista desde ahí es impresionante, se mira toda la población. No queremos imaginar lo que podría ser pasar un fuerte temblor ahí arriba. Paolo sufre de vértigo y baja enseguida.

Hablo con la anciana. Ha pasado los terremotos del 65 y del 86 y ahora los de 2001. Dice no sentir miedo. Su actitud, su rostro, dan fe de sus palabras. Tiene una fuerza interior vibrante, llena de confianza en lo que ella llama la voluntad de Dios y que, según ella, la favorece.

Bajamos en silencio. Caminamos por otras calles. Entre las ruinas, algunos han improvisado salas, comedores, dormitorios, cocinas en plena calle, entre escombros, cubiertos por plásticos, sacos, cobijas, cualquier cosa para dar un poco de protección contra el sol.

Llegamos a la iglesia de San José, que apenas tiene las paredes agrietadas de la fachada exterior. El techo ya no existe. Sobre la puerta de entrada, la Sagrada Familia, figura en yeso pintado, cuyos ojos tienen expresión de susto. Y de ahí, a la izquierda, la más impresionante de destrozos, la 8.ª calle oriente, antigua calle del mercado.

Casas totalmente destruidas o nada más derrumbadas en sus techos. Una cantidad extraordinaria de escombros se apiñan a partir del inmenso árbol de almendro de río, debajo de cuya sombra están ahora los vendedores que antes tenían sus puestos en esa calle.

Caminamos entre ruinas. Mis ojos hacen veloz inventario de las cosas mezcladas entre los pedazos de cemento, bajareque, madera, caña, hierro, relojes detenidos, tazas, macetas sin plantas, cocinas rotas, pedazos de canastos, discos, una máquina de escribir, papeles, una bolsa con botellas de vidrio milagrosamente intactas. Son estas las cosas que más me perturban, los efectos personales de la gente, en medio de los escombros. Y la sensación de que, a través de esos efectos personales regados entre el ripio, están al desnudo las intimidades de cientos de personas, su vida tirada, literalmente, en la calle.

Un hombre se acerca para decirme que hacia mi izquierda, en una casa totalmente derrumbada, murió alguien soterrado. Que durante días se sintió el mal olor. No se sabe quién, ahí debe estar su cadáver todavía.

Unas cuadras más abajo una mujer me repite la misma historia.

—¿Se sabe quién era? –pregunto.

—En esa acera solían pedir limosna dos viejitos ciegos. A la mujer se le ha vuelto a ver hace unos días en otra parte de Cojute, pero no al ciego, quizás sea él el que quedó ahí, soterrado.

Todos repiten que no han recibido ayuda, que el alcalde hace lo que puede, pero que el gobierno central no envía nada. Que no hay agua, que no hay alimentos, que no hay materiales de construcción para comenzar a levantar de nuevo las viviendas, que el invierno viene pronto, se esperan las primeras lluvias en abril y los damnificados urgen de tener un lugar sólido y seguro. Para colmo de males, CAESS, la empresa de electricidad, ha pasado por los lugares destruidos y se ha llevado los medidores de luz, dejando sin energía eléctrica a la gente que permanece apostada en medio de las ruinas de sus propiedades.

Mientras caminamos hacia el jeep veo el reloj de la iglesia de San Sebastián, detenido a las 11 y media de la mañana, seguro así desde el 13 de enero.

Y afuera de la iglesia, una mujer vendiendo ayote en dulce.

Candelaria. Desde que el vehículo entra a Candelaria nos damos cuenta del nivel de destrucción, casi de un 80 por ciento en su infraestructura. Vemos en silencio los escombros, nos parqueamos en uno de los costados del parque.

El parque está lleno de pequeñas tiendas hechas con plásticos blancos, negros y azules. Damnificados. En las pequeñas verjas arqueadas que sirven de adorno para la grama del parque, la gente cuelga su ropa lavada. En el parque se cocina, se duerme, se pasa el día esperando. En pleno mediodía, tres borrachos nos acosan, hablan incongruencias.

Justamente enfrente, una cuadra llena de escombros que capta la atención porque lo único que está en pie son los restos de un dintel, un pedazo de pared blanca, con un arco rojo y unas estrellas blancas pintadas sobre él.

Esa imagen salió profusamente publicada en los periódicos y en los noticieros televisivos: era la entrada a la escuela parroquial donde ocurrió una de las tragedias que más conmovieron en este terremoto. Una maestra de kínder y seis alumnos murieron al caerles el techo encima. Algunos alumnos lograron escapar, pero la maestra se negó a salir sin sacar a todos los niños. Murió junto con los que no lo lograron.

Entramos en lo que queda de las ruinas. Pupitres retorcidos. Una parte de la iglesia, que estaba a la par, hecha de láminas de zinc, da la impresión de haber sido lanzada sobre uno de sus costados. Adentro, se mira el altar donde se guardaba la imagen de la patrona del pueblo, la Virgen de la Candelaria, ahora trasladada a la alcaldía, donde el párroco, que también resultó golpeado en el terremoto, da misas de campaña a las que acuden muchedumbres.

Extrañamente, docenas de palomas están paradas ahí y también sobre el dintel aislado en medio del ripio. Contra el sol del mediodía se miran negras. Parecen cuervos. Cuervos extraños y silenciosos. Escena digna de “The Birds” de Hitchcock.

Verapaz. Camino a Verapaz nos detenemos ante una casa destruida. Nos recibe una mujer con la nariz de tonalidad rosada y como faltándole un pedazo, nunca supe si quemada, si afectada por alguna forma de cáncer o golpeada por alguno de los terremotos. No quiero ser indiscreta y preguntarle qué le pasó y todo el tiempo que habla no puedo evitar fijarme casi exclusivamente en lo que queda de su nariz.

Me habla con lágrimas en los ojos. Me cuenta de un compadre suyo que acababa de llegar a la casa por un plato de comida, como era su costumbre de todos los días, había colgado su matata y su camisa blanca en un clavo, entró para lavarse las manos, y entonces el terremoto del martes 13 y la casa en el suelo y el compadre que nunca salió.

Hoy, febrero 21, la matata y la camisa blanca siguen ahí, colgadas del clavo de una de las dos paredes que quedaron en pie de aquella casa.

Entramos a la población. Casi nada interrumpe la vista. Miramos cuadras y cuadras llenas de escombros, como si hubieran caído muchas bombas. O como si un inmenso mazo hubiera sido soltado sobre los techos de las casas, destrozándolas con un solo golpe.

Miro refrigeradoras retorcidas, en medio de los escombros. Una verde en pie y semi oxidada; otra blanca caída, como una persona que se fue de espaldas; una rosada, aplastada, con la puerta abierta enseñando sus vísceras.

No vemos gente en las ruinas, no vemos a nadie trabajando, no escuchamos sonidos. Parece un pueblo fantasma. Siento angustia.

Sigue el jeep despacio, miro por las ventanas. Trato de imaginar el momento, trato de tener la visión de todo al caerse. Se me llenan de lágrimas los ojos.

Cuando llegamos al centro de Verapaz, al igual que en Candelaria, tiendas de refugiados en el parque. Un parlante con música a todo volumen, desde la alcaldía. El reloj de la iglesia detenido a las ocho y media. Una gran carpa blanca en medio del parque, instalada por el Ejército como hospital provisional.

Veracruz arriba, Veracruz abajo. Hemos preguntado tanto sobre cómo llegar a Jerusalén y hemos escuchado toda cantidad de bromas al respecto. Pero el pueblo existe y tiene casi el mismo nivel de destrucción que Verapaz. En su parque central hay un par de letreros en las esquinas, dando la bienvenida a los visitantes. “Shalom” dicen, junto con el dibujo de una estrella de David.

Mientras Paolo y Raúl toman fotos, Alejo y yo damos una vuelta en el jeep para buscar posibles lugares de fotografías. Terminamos en un río cercano, donde hay muchas personas lavando ropa o trastos, bañándose, lavando sus vehículos o sus animales.

Pareciera una acción normal en un río en horas de la tarde, pero toda esta gente está aquí porque no tiene agua y este es el único recurso para lograr un poco de higiene.

Converso con una muchacha que lava platos. Estoy parada sobre una piedra y mientras hablamos, tiembla. La muchacha nos pregunta si vamos a ir a Veracruz.

—No –le digo–, no está en nuestros planes.

—Deberían de ir –insiste ella, suavemente–. Dicen que allá está muy mal la cosa. Que la tierra está agrietada y que la carretera se partió y que todas las casas están caídas. Allá está peor que aquí. Además, desde ahí pueden verse unos grandes derrumbes.

Sinceramente ya no puedo imaginar nada peor que lo que hemos visto. Y eso que yo tengo imaginación de sobra. Por si cambiamos de opinión, la muchacha nos indica cómo llegar hasta allá.

A Paolo y Raúl también les han hablado de Veracruz, así es que decidimos ir.

Estamos en el filo de una sierra. Tenemos abismos a izquierda y derecha, y en efecto, un poco más adelante, comenzamos a ver hacia la derecha, la señal inequívoca de los derrumbes, esos largos derrames blancuzcos, la tierra derramada sobre sí misma, despelucada, apenas la tierra, blanca, kilómetros hacia abajo.

Nos bajamos y comenzamos a caminar hacia el filo del barranco. Un campesino nos acompaña y nos platica. Nos indica los desniveles en el suelo, las grietas. Estamos en Veracruz arriba.

No puedo acercarme al borde tan osadamente como lo hacen Paolo o Raúl. Tengo miedo, sí. Estoy segura de que si temblara en ese momento y se tratara de otro fuerte temblor, parte de lo que está en la orilla se derrumbaría. Además, la tierra está agrietada, como una galleta seca y vieja, tan hecha un crucigrama, que esas grietas pueden abrirse más o hundirse.

Otros dos tipos aparecen y nos dicen que hay un lugar peor. Caminamos detrás de ellos, y a medida que avanzamos, la tierra está mucho más agrietada. Llegamos a un plano. Una casa, de aparente buena construcción, está hundida adentro del suelo. Aquí comenzamos a notar desniveles de la tierra misma, escalones formados con los movimientos, de un metro de altura.

Me asomo a las grietas. No tengo linterna, no puedo calcular su profundidad. Pero son tantas que hay que cuidar el paso para no meter el pie en alguno de los agujeros.

—Alguna gente quedó soterrada ahí abajo, en esos derrumbes, no se sabe cuántos –nos dice uno de los hombres–. Nunca los sacaron. Ahí están los cuerpos todavía.

Parados al borde de un abismo vemos el paisaje que, de no ser por la devastación de los derrumbes, por las grietas en el suelo y por el conocimiento de que todas las viviendas de la zona están destruidas, podría tratarse de un majestuoso paisaje más de la campiña salvadoreña.

No sé dónde están Raúl y Alejo. Solo quedamos Paolo y yo con los tres tipos. Uno de ellos, al ver a Paolo, alto, rubio, con barba, imagina que es un experto extranjero en algo.

—¿Usted sabe por qué ocurren los terremotos? –le pregunta a Paolo.

Paolo hace lo mejor que puede para explicar en palabras sencillas lo del movimiento de las placas, la energía de la tierra, la profundidad de los epicentros, y todas esas cosas que hemos oído hasta la saciedad desde el terremoto del 13 de enero y que nos han convertido a los salvadoreños en expertos sismólogos.

Ellos callan. El hombre no parece muy conforme con la explicación, y entre la indecisión y la timidez dice que él tiene otra teoría, que si le permitimos decírnosla. Paolo y yo decimos que sí. Imagino que nos echará el asunto de la Biblia y el fin del mundo una vez más, aunque también pienso que podrá haber algún tipo de explicación mágica o creencias campesinas al respecto que, por supuesto, me interesa profundamente conocer.

El hombre comienza a hablar:

—Bueno, ustedes saben que nuestro presidente Francisco Flores le habló muy mal a Fidel Castro cuando se encontraron en la cumbre de presidentes y entonces el señor Castro se enojó mucho...

Paolo y yo nos miramos sorprendidos. Para Paolo, este comentario basta como para dar la vuelta e irse. Yo le pido al hombre que continúe, me interesa saber en qué termina su explicación.

—De todos es conocido que Fidel Castro es un hombre con muchos poderes. Y entonces él hizo esto.

—¿Cómo? ¿Me está queriendo usted decir que Fidel Castro provocó estos temblores porque Paco Flores le habló mal?

—Sí, exactamente señorita, así es.

Hice un esfuerzo sobrehumano para no reír a carcajadas enfrente de su cara, pero también apuré mi paso para irme rápido con Paolo. ¡El muy brujo de Fidel Castro nos mandó los terremotos a los salvadoreños porque nuestro querido presidente le habló mal y lo hizo enojar! Vaya.

Otra vez en el jeep. Nos han dicho que hay un tramo del camino que desapareció en un derrumbe y que Veracruz abajo ha quedado aislado desde entonces.

Dejamos el vehículo donde se puede y caminamos el trecho que nos falta. Caminamos hasta que el camino termina en un abismo. Un tramo de quizás 5 kilómetros de carretera simplemente ya no está.

En ese lugar, un hombre cuenta el asunto de una vaca, la vaca que ya nos habían mencionado los tres hombres anteriores: estaba la vaca pastando tranquilamente en aquellos montes la mañana del terremoto. Y tiembla. Y el derrumbe. La vaca levanta la cabeza, la tierra se lava, se deshace, se desbarata, comienza a derrumbarse en pendiente. La vaca sigue en pie, y en pie siguió, algo así como una vaca esquiando sobre la tierra, porque la tierra la jaló hacia abajo y quedó sobre sus cuatro patas en una saliente cuando el derrumbe terminó.

Los hombres no sabían qué hacer. El miedo es natural en estos casos. ¿Arriesgarse, bajar una ladera cuya tierra seguramente está floja sólo para salvar una vaca?

Pero esta vaca tiene tan buen estrella que los hombres en efecto decidieron bajar y salvarla, lo cual lograron hacer sin incidentes, aunque sí con mucho esfuerzo. La vaca vive. Loor a la vaca.

Un hombre iba en bicicleta también aquella mañana, y estaba justo sobre esa parte del camino, la parte que el derrumbe se tragó. Cuando sintió el temblor y comenzó a ver el derrumbe, dio la vuelta y pedaleó lo más rápido que pudo.

Cuando volteó, el camino ya no estaba. Simplemente, ya no estaba. Se había ido, literalmente, al hoyo.

Más allá del camino, hay otra población, Veracruz abajo. Allí había unas cuarenta casas. Todas se vinieron abajo. Las autoridades han insistido en desalojar aquel cantón pues el acceso es apenas posible a través de un estrecho camino de tierra que sube y baja pendientes. Llegar hasta ahí con ayuda es casi imposible. Pero la gente no quiere salir. Es su tierra, es su lugar.

—¿Cómo sobreviven entonces? –pregunto.

—Hay un comité organizado entre los habitantes de Veracruz arriba y abajo. En cuanto viene un camión con ayuda aquí a Veracruz arriba o una pipa de agua, o en cuanto hay agua en esa pila (me señala un chorro detrás de mí, en la última curva del camino, donde a ciertas horas del día hay agua potable), entonces salen un par de gentes corriendo (ahora me señala el camino que está delante de mí, en pendiente, en curva hacia abajo y luego hacia arriba, hacia un pequeño cerro, detrás del cual está la otra población), y les avisan a los de allá que vengan por la ayuda.

Mientras hablamos esto, Paolo y Raúl ya van bajando aquel camino. Alejo y yo nos quedamos en Veracruz arriba, esperando.

Sobre esa vereda viene una hilera de mujeres, de diferentes edades, cargando cántaros plásticos de colores. El sistema de comunicación es efectivo y saben que hay agua y vienen por ella. Pero en algún momento, el agua se termina.

Y comienza otro sistema de comunicación igualmente efectivo: los gritos.

—¡YA NO HAY AGUAAAAAAAAA!

—¡QUÉÉÉÉ???

—¡QUE YA NO VENGAAAAN, QUE YA NO HAY AGUAAAAA, SE ACABÓÓÓÓ!!!!

(Silencio de la otra parte, perplejidad. La fila de mujeres con cántaros de colores se detiene).

—PERO DE TODOS MODOS VENGAAAN, PARA QUE NOS AYUDEN A CARGAAAARRRRR...

La fila continúa avanzando.

Al atardecer regresamos a San Salvador. En la Panamericana hay más damnificados que a la ida, tratando de captar la atención de los vehículos, y escuchamos de nuevo esa palabra, “ayuda”.

Oscurece. Y cuando entramos a las afueras de la capital, casi nos parece que llegamos a otro país, a otro planeta. Venimos desde el fondo del desastre, desde el borde del abismo, desde el mundo de las grietas.

Aquí el día ha continuado con normalidad, “just another day for you, you and me in paradise”.

Febrero 25. Muchos preguntan: ¿Se sintió el terremoto de enero allá en Nicaragua?

Yo contesto:

—Sí, se sintió con la misma intensidad, 7.6. Yo salí al jardín y no podía ver las casas porque estoy rodeada de muros, solo escuchaba a los vecinos gritando porque allá todavía están traumatizados por el terremoto del 72, y las sirenas de los carros que se activaron y el ruido, ese ruido que hacen las casas cuando tiembla, y pensaba que aquel temblor jamás terminaría. Estaba segura de que parte de Managua se había destruido, pero las noticias en la radio eran confusas. Y luego en televisión me di cuenta de que se había sentido en Chiapas, en toda Centroamérica y hasta en partes de Colombia. No tuvimos teléfono varias horas. Cerca de mi casa se cayeron tres postes de luz y en Chinandega se cayeron un par de casas y hubo también una anciana herida porque le cayeron unas tejas en la cabeza. Luego en la tarde me llamó mi hermano desde aquí para preguntarme cómo estaba, porque las primeras informaciones decían que el terremoto había sido en Managua. Todos lo creímos, hasta que se fue destapando el asunto en El Salvador.

Alguien dice:

—Los perros están ladrando, va a temblar.

Yo río.

—No siempre que los perros ladran de noche hay temblor. Lo grave sería que los pájaros cantaran a esta hora.

—¿...?

—En Nicaragua, con el primer terremoto, se activó la falla del volcán de Apoyeque. Y en uno de esos temblores, a las 2 de la madrugada más o menos, uno de 5.2, los perros ladraron casi una hora. Pero también, los pájaros comenzaron a cantar. Yo estaba afuera, sentada en el jardín, porque hubo tres o cuatro temblores fuertes, con una diferencia de 10 o 15 minutos, y decidí quedarme en el jardín de una vez. Y todo estaba oscuro. Y entonces, los pájaros comenzaron a cantar. Eso fue rarísimo. Nunca había escuchado a los pájaros cantar en medio de tanta oscuridad.

—Eso también pasó aquí, en alguna de las réplicas fuertes.

Y yo, que creo en augurios y magias, pienso cosas extrañas.

Febrero 28. En la madrugada, de nuevo, temblores. Dos. Estoy cansada. Deseo volver a Managua pero para dormir una noche completa, para ya no sentir estos temblores.

Tantos temblores, todos los días, te agotan. Te crean patrones de conducta nuevos. Cuando escuchamos ruidos fuertes, imprevistos, extraños, brincamos. Pensamos que puede ser otro terremoto. Cuando llegas a un lugar público, estudias cuál es la mejor vía de escape.

Miras las nubes porque las abuelas dicen que cuando están coposas, “cuando hay ovejitas en el cielo”, es que va a temblar. Y en estos días hemos visto el cielo extraño. A veces te sientas y te quedas quieto y piensas “va a temblar, va a temblar” y deshechas rápido el pensamiento, lo borras de tu mente como un asunto estorboso, no quieres invocar el temblor con el poder de tu mente. Pero habemos algunos que casi lo sentimos venir, el temblor como una corriente eléctrica con la cual estamos inevitablemente enchufados.

Y cuando logro dormir un rato, sueño que hay terremotos y que corro a buscar refugio bajo el arco de alguna puerta, o que miro al cielo y que hay, literalmente, ovejitas blancas flotando en el cielo.

Lo que hoy fue otro temblor para nosotros, fue un terremoto en Seattle, estado de Washington. 6.8 en la Richter. Ocurrió cinco minutos antes que el nuestro. El de aquí fue a las 12:50 p. m. y supuestamente fue 5.6, pero no lo creo. Nadie lo cree. Los salvadoreños nos hemos convertido ahora en expertos geólogos, en sismógrafos ambulantes. En cuanto hay un temblor, comenzamos a calcular el grado, la profundidad, el epicentro. Ya ni esperamos los informes del Comité de Emergencia. Nuestras vísceras son más exactas que sus máquinas.

Los periódicos dicen que se sintió en el resto de Centroamérica con bastante intensidad también. Nadie se explica lo que está pasando, pero si se estudia el dibujo de las placas terrestres, pareciera como si todo fuera resultado de un mismo movimiento. Como si alguien deslizara poco a poco la alfombra debajo de la cual todos estamos parados.

Marzo 1º. Tomo un taxi. Me siento junto al chofer. Hablamos de lo único que se habla en la ciudad. Comentamos el rumor que aseguraba que el 28 de febrero habría un cataclismo.

—El temblor del “niño feo”, como le llegó a llamar la gente.

—¿Por qué le llaman así, de dónde salió esa historia del niño feo? –pregunto.

—Es que mire, en Zacatecoluca nació un niño que era tan feo, que todos se asustaron de verlo. Las lenguas dicen que se trata del Anticristo.

Claro, pienso, tenemos que tener tan mala suerte, que el Anticristo no puede nacer absolutamente en ninguna parte de toda la galaxia más que en El Salvador.

Continúa el taxista:

—... al ver al niño, el doctor se sorprendió tanto que dijo “¡uy, qué niño tan feo!” Y ese niño, recién salido del vientre de su madre, habló con voz ronca de varón y dijo “más feo va a ser lo que van a ver el 28”. Por lo cual todos se asustaron de ver a un recién nacido articulando palabras como un adulto, y lo tomaron como el augurio de un tremendo cataclismo para fines de mes.

—Pues ahora somos salvos –le digo yo, triunfal–, ya pasamos la fecha clave. Así es que somos inmortales.

—No se crea. Ahora el próximo terremoto va a ser un viernes 13.

Y yo que pensaba que ya nos habíamos librado de todo.

Marzo 2. Camino a través de los pasillos del aeropuerto en estado de zombie. No he dormido en casi toda la noche. Salí a las 5 y media de la mañana para venir al aeropuerto.

Durante el camino, en las noticias, escucho un informe detallando los temblores habidos desde el 13 de enero. Entre réplicas y sismos por fallas activadas a raíz de los terremotos, ha habido un poco más de 5,900 movimientos en menos de 2 meses.

Muchos me dijeron durante mi estancia que ya nos acostumbraremos, que en El Salvador siempre tiembla, y sobre todo en la capital. No por gusto, el lugar donde está asentada la ciudad es conocido como el Valle de las Hamacas.

No creo que alguien pueda acostumbrarse a ello. ¿Qué significa en este caso “acostumbrarse”? ¿No buscar protección en el próximo mecimiento, ignorarlo, hacer como si nada?

Me siento en la sala de espera de salida, precisamente en la puerta 13. Reclino mi cabeza sobre el asiento. Veo que aún faltan paneles del cielo raso y puedo ver entre este y las láminas del techo un enjambre complicado de metales, lámparas, alambres, tubos, vigas.

Estudio dónde protegerme en caso de un temblor. Me parece que aquí no hay cómo. Lo que hay arriba del cielo raso debe tener un peso increíble. Un pequeño golpe de alguno de esos objetos cayendo sobre mi cabeza y...

Cierro los ojos. Estoy cansada. Intentaré dormir un rato. Por lo menos, hasta el próximo temblor.

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