Ahorita no (Por Jacinta Escudos)
Escrito por Opinión / Gabiente Caligari / Jacinta EscudosSábado, 07 marzo 2009 23:00
Los pasajeros gritaron. Yo me aferré a los brazos del asiento y cerré los ojos. Los apreté. Como si con ello fuera a conjurar el peligro. El avión se sacudía. El ruido era ensordecedor. La gente gritaba a todo pulmón. Objetos caían y rodaban por el suelo. Incluso tengo la impresión, no lo puedo jurar, de que el avión perdió algo de altura. Nunca, en toda mi vida de viajera, que comenzó desde la infancia, había sentido algo así. No se trataba de una común turbulencia. Era algo mucho peor.
Mientras tenía los ojos cerrados, pensé que aquella sensación era familiar: era como si estuviera en un terremoto. Pero estábamos en el aire. Recordé las simulaciones en computadora de cómo había caído el avión sobre un vecindario en Búfalo, Nueva York, unos pocos días antes. Y mi mente pensó una sola cosa: nos matamos.
Comencé a imaginar lo que serían esos últimos segundos. Me atreví a ver por la ventanilla. Estábamos sobre tierra, a quince minutos de San José. Nos estrellaríamos en territorio tico. Imaginé el descenso acelerado. El descalabro. La angustia de todos. El no poder hacer nada. El no poder pedir ayuda. La certeza de no salir con vida. El impacto que nos reduciría a cenizas. La muerte.
Me dio taquicardia. Sentí un golpe en el corazón. Una sensación que no conocía. El miedo. En mi vida he sido atacada por un francotirador. He escapado de un par de emboscadas y de un pueblo bajo el fuego de morteros. He sido amenazada de muerte. Alguna vez, alguien puso una pistola sobre mi pecho, dispuesto a disparar. Se estalló una llanta de mi vehículo y perdí el control del mismo. Me fallaron los frenos en una bajada. De esas y otras situaciones salí ilesa. Pero en ninguna, lo juro, sentí miedo. De hecho, una amiga mía siempre me dice: “A vos, el miedo te hace los mandados”. Quizás no sentí miedo porque estaba en situaciones donde, de alguna manera, pude hacer algo.
Pero esto era diferente. Incuestionable su desenlace. Tantas veces me he montado en aviones y siempre tuve la fantasía de que, aunque nos estrelláramos, yo sobreviviría, inexplicable y milagrosamente. Aquella tarde, esa fantasía se me hizo añicos. Creo que para siempre.
Después de un par de minutos la nave se estabilizó. Esperé que el capitán dijera algo. Que nos explicara qué fue lo que pasó. Que nos infundiera tranquilidad. El capitán jamás habló. El único que habló fue un aeromozo que anunció que no se nos daría el refrigerio debido al “mal tiempo”. Vaya. Era el colmo. Con lo seca que tenía la boca por el susto. Hubiera dado mi reino por un trago. Triple. Puro. Sin hielo.
Un par de pasajeros intentaron levantarse para ir al baño, pero la tripulación los conminó, con bastante brusquedad, a sentarse y a mantenerse con los cinturones puestos. Durante el resto del viaje, nadie caminó por el pasillo. Fue la hora más larga de mi vida. Todos guardamos silencio. Bajaron las pantallas para presentar un documental sobre la vida de Morgan Freeman y aunque es uno de mis actores favoritos, no tenía cabeza para saber sobre él en ese momento.
Comencé a repetir mentalmente el mantra del Buda de la Compasión. Alterné mi meditación con una oración. Una vehemente petición de tiempo. Dios, dame tiempo. Déjame vivir. Tengo muchas cosas por hacer. No he escrito mi obra. No he encontrado a mi compañero. ¿Qué será de la Loli si yo no vuelvo? Ella no se merece eso. Dame tiempo. Lucidez. Salud. Siento que apenas comienzo a vivir. Que soy una niña. Que todavía no he vivido mi vida en pleno. Que me falta tanto, tanto por hacer, conocer, sentir, escribir, aprender. Tanto por vivir.
Y luego, mi petición me pareció tan arrogante, tan insignificante. Nuestra vida ni siquiera es nuestra. Estamos en manos del Invisible. Me avergoncé de mí misma. Me pregunté de qué sentía miedo. ¿De morir? ¿De morir estrellada? Cuando lo del avión de Búfalo pensé que esa era una de las maneras en que no quería morir. En un accidente aéreo. O en un incendio. O de una enfermedad degenerativa, dolorosa y prolongada. O asesinada. O ahogada (ese es uno de mis terrores, el mar).
Si me preguntaran cómo me gustaría morir, sería (oh, cuán poco pido) mientras estuviera escribiendo una de mis ficciones. O leyendo una buena novela. Deslizarme al más allá en el momento de la fantasía y de la gran pasión de mi vida, la literatura.
No era, finalmente, miedo a morir lo que tenía. Era miedo de morir sin terminar lo que siento tengo que hacer. Pensé en los libros que me falta escribir. Pensé en los libros que todavía quiero escribir. Si alguien lloraría por mí. Pensé en el hombre que amo y al que extraño tanto.
Al aterrizar en Comalapa sentí alivio. Tuve ganas de besar la tierra. De abrazar a alguien. De celebrar el hecho de estar viva. De bailar y tomarme el bendito trago. De contar mi aventura. Pero no había nadie esperándome. Pasé el viaje en el taxi a San Salvador exhalando continuamente, como para sacarme el susto que se me quedó metido en el corazón.
Aquella noche no pude dormir. Me deprimí. Un amigo médico me explicó que era el bajón de la adrenalina. En la oscuridad de la habitación pensé en mi mortalidad. En mi final. Me pregunté, como he hecho tantas veces, cómo será ese momento. Y pensé que necesito apurarme. Que la vida es muy frágil y pende de un hilo muy fino. Que La Pelona me jaló la chaqueta aquella tarde. Como diciendo: “Vaya niña, apúrese, que ya nos vamos”.
Vivo más consciente desde aquella tarde. Más agradecida. Hablo con La muerte mentalmente. Y le digo: “Me vas a tener que esperar un rato. Tengo demasiadas cosas pendientes. Y ya me pongo a hacerlas. Pero ahorita no tengo tiempo para morirme. Ahorita no”.














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