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De buena voluntad (Por Cristian Villalta)

Los años han pasado. El país en el que he vivido cambió a lo largo de tres décadas y media. También yo, y acaso por eso me decepciono de tantas cosas que admiré.

Escrito por Cristian Villalta Jefe de Redacción de El Gráfico
Domingo, 14 diciembre 2008 00:00
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OPINIÓN (Desde acá) El Molino

 

Siempre lloro en Navidad. Y no es por el humo de la pólvora sino por la emoción de tener junto a mí a mi madre, a mi hermana, a sus hijas, a la mujer que amo.

Desde niño, descubrí en esa fecha el valor del agradecimiento, pero no solo por los regalos que recibimos, sino por estar reunido con los tuyos, con tu sangre, en un hogar en el que nadie miente, a buen recaudo de lo que pasa afuera.

Entendí desde niño que la riqueza no está en lo que tenés, sino en lo que entendés; en lo que apreciás, no en lo que acumulás; en lo que amás y en los que amás.

Los años han pasado. El país en el que he vivido cambió a lo largo de tres décadas y media. También yo he cambiado y acaso por eso es que me decepciono de tantas cosas que admiré. Principalmente me decepcionan las iglesias, en las que no se habla de cómo ser mejores a través de nuestro semejantes, sino solo de guerra contra los otros cristianos, de intolerancia, de someter a los jóvenes en lugar de entenderlos, de misoginia, de cómo votar mejor...

 

Menciono a las iglesias porque es en estas fechas cuando sus púlpitos deberían gozar de más nobleza, tener su hora más valiosa. Es que la Navidad celebra la humanidad, la esperanza, el futuro, todos ellos en decadencia en estos tiempos de pobreza, exclusión sistemática y politiquería. Nos consideramos “en crisis” porque los bancos se han quedado sin liquidez, pero toda la escala de valores que justifica nuestra vida en comunidad está en crisis desde hace décadas.

 

La Navidad es el momento en el que se reconoce como válida la aspiración humana a la divinidad, a través del nacimiento de Jesús. ¿En qué consiste esa divinidad? En la piedad, en la humildad, en reclamar la justicia, en perseguir la verdad, en identificar la divinidad que también reside en el otro.

Si Jesús, nacido en un pesebre rodeado de animales, hijo de un carpintero, en una comunidad sometida a un Estado invasor, accedió a la perfección, ¿no es su natalicio una ocasión para homenajearnos todos, para recordar que cada uno tiene suficiente poder para obrar un cambio, para reclamar lo que debemos, para curar las heridas que aún nos desangran, para derribar de su pedestal a tanto ídolo de papel y devolver a la mesa de discusión a las personas?

Hoy más que nunca, deseo que esta Navidad sea el momento en el que recuperemos la sed de justicia, de verdad, la compasión por miles de nuestros hermanos de patria que no tendrán nada en Nochebuena; nada.

Pongamos nuestra parte. En nuestra alma siempre hay una parcela invencible, que no se entrega, que no tiene precio, que nunca traicionaremos.

Y por siquiera una noche, olvidémonos de las elecciones. El amor es la verdadera arma de los hombres libres.

 

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