Seducida por la locura
Escrito por Vanessa Núñez Handal. Fotografía de Nubia Rivas/ ilustraciones por mauricio duarteDomingo, 21 diciembre 2008 00:00
Literatura.
Mamá tuvo siempre temor a la vejez y que con ella llegara el delirio. No le gustaban los viejos y le daba mucho miedo perder la belleza, sin darse cuenta de que hacía mucho no la tenía
Estatura, siete punto cinco veces la cabeza.
Diez veces el rostro (desde el nacimiento del cabello hasta la barbilla).
Diez veces la mano.
Diecinueve veces el dedo cordial.
Treinta veces la nariz.
Siete veces el pie (visto de perfil).
La belleza no es más que la armonía de todas las partes que constituyen el cuerpo humano.
Siempre creí –o quizás fue mamá quien me lo hizo creer– que cuando joven fue más bella que yo. Tenía rituales de belleza que jamás compartió conmigo. Le daba vergüenza admitir que aún quedaba un dejo de coquetería en ella. Pero el deseo es lo primero que brota cuando la razón cede.
Mamá procuró reinventarse afinando su nariz con el dedo índice y pulgar, masajeándola suavemente hacia arriba. Una especie de cirugía plástica sin bisturí. Ella detestaba muchas cosas de sí misma, pero sobre todo el gran parecido que tenía conmigo.
A instancias de mamá practiqué ese ejercicio, pero no sirvió de nada. Todavía tengo una nariz horrible y un cutis que me hace parecer mayor.
A mamá también le molestaban mis labios. Decía que debía mantenerlos retraídos para disimular los rasgos desfavorables de la familia. (Años más tarde comprobaría que eran herencia de la abuela.) Era doloroso mantenerlos contraídos pues los dientes me lastimaban. Quizás me faltó constancia, y mamá no perdonaba esas cosas.
Cuando era niña mamá fue cariñosa conmigo. Acariciaba mi cabello, peinándolo despacio con sus dedos mientras decía que yo era su vida. Y a mí me gustaba quedarme dormida escuchándola entonar canciones de cuna de vírgenes que lavaban mientras sus bebés dormían. Cantaba durante horas, al tiempo que se balanceaba en la mecedora de la abuela y su voz se iba perdiendo en el letargo del sueño. La mayoría de las veces lograba dormirme, pero otras esperaba el ritual. Entonces examinaba las palmas de mis manos y dibujaba con el índice los lóbulos de mis orejas, quizás en un intento por encontrar algún rasgo que delatara mi locura, porque mamá creía que el delirio, al igual que las taras y las enfermedades, se heredaban por la sangre.
La locura se presentó en mí muchos años más tarde. Supongo que tío Alberto habrá tenido que ver. Él me robó una infancia que de todas formas no habría sido hermosa. Una niñez plagada de carencias y angustias, en la que yo no era más que el resultado de un error añejo, que pagué con soledad y amargura. Mamá me culpaba por su destino, y habrá creído que entregándome de esa forma resarciría los daños.
Durante mucho tiempo fui incapaz de atar los cabos de esa trama horrenda, quizás por miedo o por goce. Me resistía a aceptar que mamá hubiese sido capaz de arrojarme a ese abismo.
A María mamá la trataba como si no existiera. Era su forma de vengarse por indagar en el pasado escondido y preguntar por el destino de la abuela, a quien nunca conocimos. No había fotografías de ella en casa, y la primera vez que vi una fue el día después de que mamá murió. Me la entregaron con sus pertenencias en el asilo.
María se inclinaba por las noches sobre mí y me susurraba al oído que mamá guardaba pavorosos secretos en el ático. No me gustaba oírla porque eran cosas que yo no deseaba saber. Pero María siguió diciéndolo con insistencia, y un día comenzó a desaparecer de los álbumes fotográficos. Fue reemplazada por niñas menores, chiquillas que no crecerían nunca y que eran dóciles con mamá. María se convirtió así en un fantasma que sólo rondaba la casa cuando no había nadie.
A mamá le gustaba la obediencia y yo luchaba por ser buena. Creía en las abominaciones y escarmientos que inventaba para mí. Pero pronto descubrí que los rayos no caen por cometer pecados, sino por sofocar el alma hasta la muerte.
Mamá se molestaba cuando hablaba con María. Decía que no era correcto, que se veía mal. Que las personas iban a reírse de mí si se enteraban. María prometió hablarme únicamente cuando estuviéramos solas.
Mamá tenía temor de que repitiéramos sus pasos. Por eso se las ingenió para cortarnos las alas y pintarnos un mundo de peligros y gente mala. Terminó por enclaustrarnos. Estábamos muertas en vida. Pero María, contrario a mí, estaba lejos de resignarse.
Fue María quien inventó intercambiarnos el nombre. Éramos tan parecidas, dijo, que nuestra cara daba para eso. Y a mí me gustó. Me miraba al espejo y susurraba su nombre despacio, como si en cada letra depositara la vida, y eso hacía. Pero eso lo supe más tarde. Luego el espejo terminó también por ser domesticado por el miedo.
Hubo un tiempo en que creí ser feliz. María me llenaba la cabeza de historias fascinantes y dormía entonces con una sonrisa, creyendo en la existencia de formas para huir al destino que mamá había planeado a para mí. Pero luego, mamá me prohibió leer libros deshonestos y comentar las ideas que le parecían indecentes. Sin embargo, yo ya estaba envenenada y seguía leyendo bajo la cama, temiendo que mamá descubriera la pila de deseos arrugados bajo la alfombra y que siempre creí poder convertir en realidad. Apagaba entonces la luz y pensaba que todo estaría bien a la mañana siguiente. Nunca fue así.
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II
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Vivíamos en la vieja casa que mamá heredó de la abuela. Era inmensa y oscura. Tenía dos plantas y estaba ubicada en un barrio que otrora fuera exclusivo. La rodeaban verjas de hierro forjado, venidas a herrumbre y jardines mal cuidados, porque mamá no podía pagar un buen jardinero. Los techos y paredes se habían agrietado, y las tuberías rotas provocaban el desprendimiento del repello y la pintura.
Y aunque a mamá le dolía la pobreza, tenía claro que no sabía ganarse un centavo. Durante su juventud, interna en un instituto de monjas, recibió clases de piano, de bordado, de pintura y de etiqueta. Todo lo cual la preparó para ser el ama de casa que jamás sería. Ella, por su parte, jamás se preocupó por hacer algo productivo, porque consideraba que trabajar era denigrante y ocupación de pobres. Decía que nada era peor que la pobreza sobrevenida, porque entonces se tenía conciencia de la desgracia y dolía más. Por eso se ingenió formas para sobrevivir, en su mayoría reprochables.
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III
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Debí tener siete años y medio el día en que la sirvienta mató a la gallina. Lo supe porque al volver de la escuela encontré sus plumas en los tragantes y su sangre aún fresca en el traspatio. Mamá había prometido que no sería sacrificada. La cuidé desde polluela. La había sacado el mago de la chistera, durante la fiesta de cumpleaños de Alejandra, quien vivía en la enorme casa de la esquina, cuyo jardín era llenado de globos y mesas con manteles de colores cada vez que cumplía años. Carros de helados y algodones eran llevados también, y yo disfrutaba atragantándome de dulces y sintiendo que la envidia me carcomía.
Jamás tuve una fiesta de cumpleaños. Mamá se limitaba a obsequiarme ropa y zapatos. Siempre cosas útiles, porque la abundancia, decía, hace a los niños derrochadores. Mamá había dicho entonces, para quedar bien con tía Alma, que podía quedarme con el polluelo, pero ya en casa pidió a la sirvienta que lo encerrara en el traspatio oscuro y húmedo. Yo lo llevaba a mi habitación cuando mamá salía. El animal me quería. Me seguía por la casa y se acurrucaba junto a mí cuando hacía frío. Él también percibía el miedo.
Tuve temor cuando comenzó a crecer, pero pensé que a lo mejor, si mamá veía que el animal era bueno, lo dejaría quedarse. Le hice ver que era limpio, que no hacía caca por los rincones y que sus plumas no volaban por todos lados. Tampoco tenía piojos. Pero mamá jamás lo quiso. Dijo que los animales de dos patas le causaban pánico, porque era cómo ver a un hombre mutilado de ambos brazos.
Ese día, al volver a casa, lo busqué en el traspatio. Pregunté a la sirvienta, quien fingió no escucharme, al tiempo que con un enorme cuchillo picaba la verdura. Subí a la habitación de mamá y la encontré recostada en su cama. Le dolía la cabeza, dijo como siempre que quería evadir la vida. Me pidió que me marchara, cerrara la puerta y no hiciera ruido. Bajé las escaleras a zancadas, revisé el jardín de rosales secos y el basurero, los tragantes y el traspatio abarrotado de ropa húmeda. Vi unas cuantas plumas y residuos de sangre en el resumidero, y finalmente encontré a la gallina en el congelador, aún tibia, desplumada, sin cabeza, con las patas arrancadas y el cogote aún sangrante. Irrumpí en la habitación de mamá y, alzando la voz cuanto me fue posible, le reclamé haber ordenado a la empleada que la matara. Se levantó de la cama y me encajó una bofetada en el rostro. “¿No sabes que los animales no tienen alma?”, increpó con aspereza. No aparté la mirada, y le grité que destruía todo lo que yo amaba, como había hecho con la abuela. Mamá me tomó por los hombros y me sacudió. Que no volviera a repetirlo, me dijo fuera de sí, que nada sabía yo de eso. Pero María la había seguido. Mamá iba al asilo los martes.
Al día siguiente mamá me obligó a comer gallina en el almuerzo. Después vomité con fuerza. No volví a comer nada que tuviera alas. Tampoco soporto mirarlos. Mamá tenía razón: son hombres mutilados.
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IV
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Desperté de súbito. Sentí que alguien me observaba en la oscuridad. Escuché mi corazón latiendo con fuerza. Me incorporé, pero sabía que igual que otras veces, todo sería inútil. No era la primera vez que ocurría, sin embargo fue la única que recordé siempre con claridad. Una terrible sequedad en la garganta me impidió gritar. Tuve un violento escalofrío al sentir los muslos torpemente acariciados. Traté de retraer las piernas y cerrarlas, pero no pude. La misma fuerza que me sujetaba me haló lastimándome y haciéndome caer de espaldas sobre la almohada. Las oscuras paredes de la habitación se dejaron caer sobre mí. Nada había que pudiera resistir su peso. De nada valía tratar de escapar. Mi lucha era por aire, por no perecer ahogada bajo esa masa inmensa que me oprimía contra el colchón y contra mi conciencia. Quería abandonarme a un desmayo, pero la lucidez aumentaba. Podía verme con el rostro desfigurado, las manos crispadas, el vientre dolorido. Veía su cara siempre lejana tras la indiferencia, podía sentir su aliento y el esfuerzo abriendo mi carne, venciendo mis torciones y mis membranas. El dolor avanzaba y fui convirtiéndome en un animal acuático. Pequeñas escamas brotaron de mi piel. A mis costados se abrieron inmensas branquias de las que manaron sangre y agua. Mis manos se transformaron en aletas que nada pudieron asir, pero que debían servir para impulsar lejos mi cuerpo. Aquella carne me succionó y fue imposible escurrirme. Entonces los locos, las mujeres de pechos flojos y distendidos que siempre venían a mi encuentro, me dieron la mano. No tuve con qué apresarlas. Trataban de halarme, sacarme de ahí. Todo fue en vano. Grité. No de miedo, sino de dolor. Y la conciencia de lo malo, lo bueno, el amor y el odio, la locura y la cordura, convergieron sobre mí. También el pasado y el futuro, presente no había. Era una olla inmensa llena de oscuridad, y en ella se mezclaban mi nacimiento, mi muerte y mi sedición. Como un animal en celo involuntariamente comencé a retorcerme sobre aquella piel negra y brazos asfixiantes que me atraían hacia sí. Mi alma se dividió en dolor, placer y odio. Pude escucharme chillando de asfixia. Fui contorsionándome sucesiva, involuntariamente, como todo mi existir. Una y mil veces. Una y mil gotas. Fui niña, mujer, prostituta. Otra. El pecado descendió sobre mí, aplastándome. Y yo me dejé aplastar.
Sacudida por descargas que provenían de mi cuerpo, estallé en pedazos que cayeron bajo la cómoda, sobre el armario, lejos de mí. Ya no era posible reunirlos.
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V
}
Veo hacia atrás y estas paredes no contienen mis recuerdos. Mi vida me invade igual que en aquel jardín donde hombres y mujeres deambulaban sin rumbo, sin destino ni conciencia de existir. Viviendo en su interior un pasado que, como a mí, les hirió el alma y carcomió la voluntad.
Dejé de existir desde esas noches de dolor y de miedo. La angustia fue una constante en mi vida, y mi alma se llenó de vergüenza y desesperación. ¿Cómo podría yo haber comprendido que el mal pudiera entrar en mi habitación, y que mamá fuera su cómplice? Más tarde supe que la traición termina por hacerse costumbre. Lo difícil es comenzar. Y mamá había comenzado hacía muchos años traicionando a la abuela.
Eran pasillos mal iluminados donde se agrupaban minúsculos recintos sin techo: por las claustrofóbicas, por las incendiarias, por las suicidas. Había pequeñas ventanas en la pared para que la celadora de turno pudiera observarnos de noche. Nos veía desnudas, vestirnos, dormidas. Había las que gozaban siendo observadas. Yo sólo sentía miedo. Por las noches escuchaba gemidos, susurros furiosos, alaridos, llantos quejumbrosos, hipidos, voces que me llenaban de pavor. Mataba entonces el tiempo de insomnio escribiendo.
Escribía cartas extensas que sabía que jamás llegarían a su destino, porque eran leídas antes de ser enviadas. Pero no me importaba, por primera vez sentía que estaba expresando mis pensamientos y no los que me eran impuestos. Ése era el beneficio que me otorgaba la locura. Mi única vía hacia la libertad.
Muchas de las cartas que escribí me fueron entregadas junto con mi ropa y mis pertenencias personales a la salida del asilo. Todas iban dirigidas a mamá. Cuando las releo aún puedo sentir a la niña herida que buscaba en ellas a la mujer que nunca pudo ser.
Asilo Santo Tomás. 14 de agosto.
Sólo pedía que respondieras mis preguntas y de haberlo hecho mi locura habría menguado. Qué difícil era curiosear sin ofender, porque las preguntas para ti llevaban siempre implícito un reproche.
Cuántas veces traté de acercarme, calculando el momento y tu estado de ánimo. No me interesaban las respuestas, sino estar al tanto tuyo. Para mí fuiste un rompecabezas con segmentos faltantes.
¿Te acuerdas que cuando niña me abrazaba a ti, la cabeza en tu pecho y preguntaba tu edad? Tú volteabas con esa mirada que aún hoy me amedrenta. No se pregunta, decías. Es de mal gusto.
Y yo quería saber tu edad para imaginar los años que nos quedaban juntas. Me aterraba la idea de perderte, pero jamás creí que se podía estar vivas y tan alejadas, como si una de las dos hubiese muerto.
Mamá, yo te amaba y tú me amabas también. ¿En qué momento perdimos todo?
El tiempo perfecto eras tú en mi habitación tapizada de flores, fumando un cigarrillo en la ventana, mientras yo te observaba con letargo desde la alfombra. Ahí yo era niña y el mundo estaba tras las cortinas que descorrías por las mañanas para llevarme el desayuno a la cama. No había necesidad de escapar, lo tenía todo entre mis juegos, mis libros, la seguridad y tú. Porque en ese entonces te sentía mía. El mundo no existía. Y si lo hacía era en una dimensión diferente. En tus noches de ausencia, en tus llantos nocturnos.
Me era imposible imaginar la vida sin ti, por eso temía que faltaras. Por eso sufría cuando la sirvienta cantaba en el traspatio canciones de huérfanos y abandonados. Yo no, mamá, yo jamás me quedaría sola.
Recuerdo el día en el que por culpa de mi desorden tropezaste con un juguete y caíste al suelo. Lloré desconsolada porque la sola idea de hacerte daño me causaba angustia. Y, mira mamá, finalmente cuánto daño te he hecho.
Te agradará saber que al menos he estado durmiendo lo suficiente. Aquí tengo tiempo para hacerlo. Tiempo es lo que abunda, lo que jamás se acaba. Todos creen que transcurre pero no es cierto. Aquí los relojes están diseñados para simular su paso. Giran mil veces y si los observas con atención verás que no avanzan nunca. Los días son siempre iguales. Las noches son lo peor. Las simulan con cortinajes baratos, que a todos engañan, menos a mí. En este lugar todo está en mal estado. Los tapices son viejos y no combinan con las cortinas ni con las alfombras. Los pisos son sucios y sin brillo. Para ti eso sería imperdonable, y estoy segura de que al igual que yo, al ver que nadie se preocupa por ellos, te habrías puesto a limpiarlos. ¿Ves que no todo ha sido en vano?
Tuya siempre, María.
P.D.: Aquí insisten en llamarme Paula. ¿Podrías decirles que se equivocan?
{
VI
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o quería siquiera que me tomaran en cuenta. Me bastaba con que me dejaran mirar. Me quedaba quieta, sentada en el banco de la mesilla donde la empleada almorzaba y que usaba como tocador para pintarse las uñas.
Su habitación, situada al fondo de la casa junto a la lavandería era minúscula, y la luz del traspatio apenas se filtraba por una pequeña ventana. Ahí, donde la humedad pudría todo a sus anchas, la empleada recibía sus visitas a escondidas de mamá.
Era un suspiro al principio, después un largo gemido, para terminar estallando en un grito fenomenal que yo sabía falso. Pero al hombre que se tañía firmemente de la cintura de la sirvienta, le daba lo mismo. Continuaban con el crujir de resortes de la cama angosta, bajo la cual se guardaban periódicos viejos, porque a mamá le daba a veces por releerlos y buscar noticias antiguas de las que ya nadie se acordaba. Acumulaban polvo y bichos diminutos que picaban a la doméstica por las noches. Los sentía igual que a las manos atropelladas del sereno, quien desde hacía semanas se colaba en las noches por la puerta de servicio que ella dejaba sin llave, o por las mañanas cuando mamá decía que iba a hacer sus compras o a misa.
Daba igual si yo no iba a clases, porque estaba de vacaciones, por el día de la Raza, por la temperatura o por los vómitos de la noche anterior. Para que no dijera nada, me dejaban ver. Era mejor hacerme su cómplice que su juzgadora.
Yo me retorcía en silencio, sin traslucir sentimientos, las manos sobre las rodillas, las piernas en pose de señorita, los zapatos alineados, la espalda recta, la vista puesta en los dos amantes que casi se habían acostumbrado a mi presencia.
—Si vos le decís a mamá que voy donde Alejandra cuando ella no está, le cuento todo lo que hacés con el sereno –amenazaba a la sirvienta.
—Ay, niña, las cosas que usted se pone a pensar –contestaba con su mejor sonrisa–, yo no tengo por qué decir nada.
Y nos tapábamos mutuamente las faltas a la moral que para mamá habrían sido imperdonables.
Frente al espejo de cuerpo entero yo practicaba los besos en la boca, los labios abiertos, la lengua asomándose y luego corría por kleenex para limpiar el huelgo y la baba en el vidrio.
Me examinaba entera. El vello oscuro en el pubis me excitaba. Me dolían los senos, y las axilas despedían el olor horrible que sólo había sentido en las sirvientas nuevas, antes de coger la costumbre de bañarse todos los días. Pero en cuanto oía ruidos en la escalera, corría a vestirme o a meterme a la bañera. Había que justificar mi desnudez ante mamá.
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VII
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Fue un sábado de diciembre cuando mamá acusó a la empleada de romper los platos de la vajilla. La empleada juró haberlos colocado en la vitrina de vidrios biselados y caoba oscura que mamá había heredado de la abuela, de la forma en que ella le había indicado: uno detrás del otro y con el motivo azul y blanco hacia el frente. Dijo haberse acostado a medianoche luego de planchar, pero que al oír ruidos en la casa había sentido miedo y había apagado las luces. Mamá le dijo que la loza era cara, pero no era cierto. La había comprado en un almacén sin prestigio del centro. Le dio dinero y le pidió que se marchara de inmediato sin comentar el hecho con nadie. Sentí pena por la mujer, había sido buena conmigo. A María en cambio nunca la quiso. Le tenía miedo. María la amenazaba con decir a mamá que se robaba el vuelto de la tienda y las tortillas. Se divertía asustándola, especialmente cuando estábamos solas en casa.
María hacía cosas extrañas. Revisaba los cajones del cuarto de mamá hasta encontrar pequeñas pistas sobre la abuela, como la carta donde avisaban de su muerte. María poseía la capacidad de suprimir su existencia a voluntad y de ver pasar la vida sin que ésta pudiera tocarla. Una cualidad que habría deseado para mí, y que jamás logré aprender. Me daba miedo mirarme al espejo, sobre todo cuando estaba oscuro. Mi rostro se transformaba de a poco en el de María, y ella reía a carcajadas. Otras veces sin embargo, María lloraba de rabia porque no podía escapar. Ella habría querido ser la dueña de este cuerpo convulso.
María sabía de mi angustia. Por eso, poquito a poco, fue fraguando un plan para liberarme de las sombras que me acosaban. Decía que era cuestión de paciencia, que estaba segura de que llegaría la hora de poder vengarnos. María se apropiaba del odio que yo desechaba por temor a que llegase a ser evidente, y que mamá pidiera explicaciones que yo no podría dar.
{
VIII
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Me gustaba caminar por la calle del asilo, albergado en una casa antigua y blanqueada. Aunque no tenía un rótulo, todos sabían lo que era. No era posible mirar hacia el interior de la casa inmensa, de rejas fuertes y ventanas altas, porque anchas persianas impedían la vista. Las ventanas lucían sucias, curtidas por el tiempo y el agua. Un gigantesco portón de hierro de dos hojas, por donde en una ocasión yo había visto entrar a una ambulancia, daba a un jardín frontal cultivado de claveles donde jamás se veían viejos tomando el sol. Una vez le pregunté a mamá la razón, y me contestó que no dejaban salir a los ancianos por temor a que escaparan. Han perdido la cordura y no sabrán regresar, dijo. Le pregunté entonces si todos los viejos se volvían locos, y me reprendió por usar una palabra que le parecía grotesca. Le dije que yo no llegaría a vieja, porque me daba miedo enloquecer, que prefería morir joven. Mamá me miró con ojos inmensos, como queriendo decir algo, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Desde ese día me prohibió hablar de viejos o de locura, y me ordenó no pensar en el asilo. Para mamá el silencio era el gran borrador del miedo.
Pero yo seguí cruzando la calle del asilo, que era paralela a la nuestra. Y, aunque no era la ruta más corta para volver del colegio, la prefería ya que el lugar ejercía un atractivo irresistible sobre mí.
© Vanessa Núñez Handal y F&G Editores, Guatemala, 2008.


















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