La reunión es en el Departamento de Estado, uno de tantos edificios neoclásicos que salpican el Mall de Washington, esa franja de espacio abierto flanqueada por la Casa Blanca y el Capitolio, el corazón político de Estados Unidos de América. Aquí, en la sede central del aparato diplomático más influyente del planeta, uno de los principales asesores de Hillary Clinton en temas latinoamericanos, recibía a nueve periodistas latinoamericanos que, él lo sabía, preguntarían por el embrujo del nuevo presidente. Y por Cuba.

La sala de reuniones, una más, simple, blanca con una gigantesca mesa de fibra de vidrio al centro, una estatua ecuestre y persianas comunes al estilo Office Depot. Nada especial.

Una más entre los centenares de salas y pasillos que convierten la imponente fachada del Departamento de Estado en otro edificio sin mayores aspavientos, uno más de la gigantesca burocracia washingtoniana.

Ahí, el embajador Héctor Morales, un diplomático de complexión latina y estudiada corrección lingüística, aclaraba a los reporteros que el llamativo portafolio Obama no incluye, por ahora, cambios radicales respecto a la isla cubana.

Uno de los periodistas presentes, de Trinidad y Tobago, empujaba la tuerca: “Entiendo que los asientos se designan por orden alfabético. La V sigue a la U. Obama y Chávez se sentarán juntos”.

Los rostros presentes esperaron la confirmación antes de ir a teclear la nota curiosa.

Morales respondió con una sonrisa. Lo hizo luego de elaborar otras respuestas, poco antes de dar por finalizada la sesión.

“El reparto se hará en orden alfabético, pero en el idioma español, el presidente Obama se sentará junto al de El Salvador”. De todas formas, uno de los asistentes del diplomático ya había desinflado el tema: “Aunque hubiera sido en inglés, Uruguay está entre United States y Venezuela”.