A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. La devoción de millones de venezolanos a su caudillo es un fenómeno que no puede negarse o trivializarse. No es algo tan superficial que vaya a disiparse luego de un corto o largo período de duelo, pero tampoco es algo que puede replicarse o que deba tomarse como prueba del tipo de gobierno que Venezuela necesita y que otros pueblos podrían verse tentados a buscar.

Hugo Chávez fue un líder muy peculiar. Forjado desde su infancia en un hogar sólido de clase media baja, creció con disciplina y autoestima, convirtiéndose en un romántico soñador con aspiraciones de grandeza, claridad de propósito y temple para sortear adversidades mientras esperaba su oportunidad para destacarse y hacerse un lugar en la historia.

Pero, además, ese hombre que llegó a ser tan poderoso y reconocido más allá de los confines de la patria grande latinoamericana tenía la virtud de hacerse muy cercano a la gente, no solo a la gente sencilla de su pueblo, sino también a líderes políticos de países grandes, celebridades de la farándula internacional, escritores de renombre y cualquiera, sin importar cultura, nacionalidad o condición social. Del mismo modo podía ser enemigo implacable y muy temido por cualquiera, sin importar su estatus, que se atreviera a disputarle su influencia y poder.

Vestía apropiadamente según la ocasión, con su casaca roja de combate en las trincheras políticas o con los trajes más finos que el dinero puede comprar. Podía pronunciar discursos exaltados fustigando a sus adversarios desde la tribuna pública, pero podía también hablar suavemente, con voz agradable y tono melódico, intercalando poesía o canto con espontánea fluidez. Podía seducir o intimidar con pasmosa facilidad y eficacia. Generaba amor u odio y se deleitaba con ambos. El único sentimiento proscrito en el repertorio de sus relaciones era la indiferencia.

Su visión mesiánica y su sentido de misión histórica no podrían haberse puesto en escena sin todas las virtudes y defectos de su compleja personalidad. Esa es la razón principal por la cual el chavismo es impensable sin Hugo Chávez. Su sucesor y los malos imitadores de su liderazgo en otros países de América Latina no le llegan ni a los talones. Pueden ser igualmente obcecados e inescrupulosos, pero les falta la magia, la capacidad para persuadir. Pueden ser malcriados, prepotentes y vulgares, pero les falta el encanto para hacerse querer por ello o a pesar de ello.

Pero hay otra razón más objetiva y contundente por la cual el chavismo es insostenible sin Hugo Chávez. Sus 14 años de gobierno fueron un verdadero desastre para Venezuela. Ningún gobernante anterior gozó de una bonanza tan prolongada en los precios del petróleo, pero Chávez despilfarró caprichosamente esa fortuna. Gastó miles de millones de dólares en equipo y armamento bélico, transfirió miles de millones de dólares a partidos y gobiernos extranjeros para comprar lealtades y expandir su dominio; desvió grandes sumas para acrecentar su fortuna personal y sostener una vida de lujos que habrían sido censurados con justificada indignación por cualquier pueblo que no hubiese estado en un trance hipnótico tan profundo.

También invirtió mucha plata en programas sociales que la gente agradece, tanto más cuanto más tenue es su conciencia de que esos mismos programas podían haber recibido una inyección de recursos cien veces mayor. En Venezuela como en El Salvador y otros países, la gente recibe bien las ayudas estatales sin percatarse de que ese tipo de programas generan dependencia y no están pensados para ayudarles a superar, por sus propios medios, la pobreza. Pero la gente agradece esos programas también porque bajo otros regímenes ni siquiera eso habían recibido.

La situación en la que ha quedado sumida Venezuela tras más de una década de aventura chavista es sumamente problemática. La infraestructura productiva sufrió golpes severos por expropiaciones arbitrarias e incompetencia estatal para sostener y desarrollar las empresas así adquiridas. Lo que hay ahora es devaluación, inflación y desabastecimiento galopantes. Igualmente anulada ha quedado la institucionalidad democrática en una sociedad cada vez más dividida por el odio de clases. Por eso han necesitado mantener vivo al caudillo más allá de su muerte.