La democracia antes que un sistema es un régimen, y antes que un régimen es un método. Por consiguiente, el ser originario de la democracia es un dinamismo en constante movimiento. Esto hace que la democracia, al instalarse en el terreno de una sociedad, requiera aparato circulatorio y aparato respiratorio para poder desempeñarse como lo que es: un ser vivo en función de tal. Cuando se ha vivido, como es nuestro caso, una larga experiencia histórica de inmovilismo estructural, asumir los desafíos motorizados de la democracia requiere tomar conciencia de ellos y a la vez disponerse a hacerlos presentes y vigentes en la realidad. Esto último es lo que no ocurre aún en nuestro ambiente con la amplitud y la disponibilidad que se necesitan, y muchas de nuestras dificultades de recorrido provienen de ahí.

Los partidos políticos son entes interactivos por naturaleza, que están llamados a ser sujetos de construcción comunicativa, entre sí y con la llamada sociedad civil. Los partidos políticos no son fuerzas desplegadas en un campo de batalla, porque la competencia a la que naturalmente se hallan abocados no es una guerra eliminatoria sino una contienda para distribuir posiciones sucesivamente, sin que nadie caiga en la batalla. En el ambiente, aunque formalmente las fuerzas políticas se mueven en un marco democrático, sigue imperando anímicamente la lógica de la victoria militar, que somete al enemigo, dejándolo a expensas del vencedor. Hay, pues, un doble juego de imágenes, que a cada instante tiende a confundir las representaciones del fenómeno nacional. La política fantasiosa le disputa el puesto, en el día a día, a la política real.

Se sabe, por reiterada experiencia de todas partes, que la democracia se maneja normalmente dentro de los planos de lo relativo. En ella, ninguna victoria es absoluta, ni ninguna derrota lo es. En ella, lo que constantemente se distribuye son cuotas de responsabilidad, que pueden ser mayores según fueren los resultados de las decisiones ciudadanas que van sucediéndose en el tiempo, conforme al calendario electoral establecido.

Esa relatividad connatural al ejercicio democrático exige, de manera espontánea, que los distintos depositarios de cuotas de poder se relacionen y se entiendan entre sí para hacer que el aparato institucional se desempeñe efectivamente conforme a lo que le corresponde en cada momento de su proceso evolutivo. Sin entendimiento no hay avance, o lo hay en forma traumática y conflictuada.

El sistema respiratorio de la democracia se halla bastante bien atendido, especialmente por la creciente participación ciudadana, que se anima cada vez más a incorporarse al dinamismo democratizador. El hecho de que haya tantas formas de comunicación a la mano, especialmente en los planos virtuales, facilita una participación sin precedentes. Y la incorporación creciente de los jóvenes a este dinamismo enriquece aún más la experiencia en vivo. Pero el sistema circulatorio de la democracia, en el cual los partidos políticos tienen un rol tan determinante, sí está en permanente problema, porque los partidos y sus expresiones institucionales lejos de buscar entenderse se regodean en la conflictividad, lo cual constituye una especie de adicción morbosa que les hace daño al proceso, a la sociedad y a ellos mismos.

Si hacemos un recuento de los problemas de funcionamiento más graves que nos aquejan, queda como saldo que la gran mayoría de ellos derivan de estar cada quien de espaldas a los demás. Y, cuando no están de espaldas, con la espada desenvainada, aun si a veces se sonríen. El punto clave no es de generar sociabilidad superficial, sino de posibilitar el logro de entendimientos que conduzcan a consensos.

Y no sólo en cuestiones muy concretas del diario quehacer nacional, sino en lo básico de las grandes problemáticas de país. Las distintas fuerzas políticas tienen que reconocer, de entrada, que entenderse no debilita a nadie, sino que los fortalece a todos, aunque las viejas imágenes del machismo tan común en el ambiente quieran seguir proclamando lo contrario. Esta filosofía de acción es la que hay que promover en serio.

Afortunadamente, la lógica democrática en acción les va diciendo a todos que no pueden continuar encerrados en sus antiguas celdas mentales. Hay que salir al aire, donde está la realidad poniendo creciente presión para ser oída y atendida. La democracia nos coloca a todos en posición de prueba de resistencia y de consistencia. Amablemente, como es su estilo, la democracia reparte premios y castigos, con la relatividad que le es característica. El pasado, por mucho que conspire y que alardee, es cada vez más fantasmal.