Cuando los papás tienen tiempo para educar a sus hijos e hijas, se les puede formar el carácter optimista, de tal forma que encuentren esperanza porque les damos testimonio de amor. Todos somos vulnerables, necesitados de cuidado amoroso, no solo los niños y las niñas. Tan noble es dar ayuda a quien la requiera como también lo es recibirla con alegría y agradecimiento, sabiendo que pedir apoyo y dejarse ayudar es señal de madurez. No existe la autosuficiencia total, es más digno vivir en un hogar que buscar vivir aislado.

La vida parece tan complicada algunas veces, pero al final, cuando se orienta a los hijos para que tomen decisiones sobre principios y valores universales, tales como la confianza, la amistad, la capacidad de perdón y colaboración en vez de prejuicios, se puede empezar a trabajar en prevenir la violencia en la juventud. En mi caso, tuve un gran papá que supo enseñármelos, pero después que enviudó mi madre, pude contar con un segundo padre en su nuevo esposo.

Es una gran riqueza contar con un padre que quiera dar lo mejor de sí y nos enseñe a confiar en los demás, ya que de otro forma correríamos el peligro de volvernos cínicos o ingenuos. Se nace confiando y se deseduca con la desconfianza. Existe una confianza originaria, natural, sin la cual no es posible una vida sana y que tiene su fundamento en la confianza del niño pequeño en su madre o en su progenitor o en quien hace sus veces. El bebé, dicen los expertos, no está primeramente consigo mismo, no se conoce primeramente a sí mismo y luego a su padre o madre. No se decide a confiar en ellos: es precisamente al revés, primero está con su madre o padre y paulatinamente llega a ser él mismo. Toda confianza posterior, todo abandonarse a otros, es la repetición de lo que pasaba en el principio. Y si no pasaba en el principio la consecuencia es a menudo una debilidad del yo; la incapacidad de abandonarse es a su vez la expresión de esta debilidad del yo. Solo un yo fuerte puede abandonarse sin miedo a perderse. Lo que podemos aprender, por tanto, no es la confianza, sino la desconfianza (Speamann).

El que confía se arriesga, pero consigue ser más feliz. Si no encontramos razones para confiar en los demás, tampoco las encontraremos para confiar en nosotros mismos. En cambio, si confiamos que podemos ser mejores humanos, ciudadanos correctos, personas virtuosas o llenas de valores activos, entonces la “esperanza de conseguirlo nos dará alas para hacer el esfuerzo y si uno quiere llamar autoconfianza a esta esperanza, entonces la confianza fomenta el merecimiento de confianza...” (Speamann). Deseo todo lo mejor en la próxima celebración del Día del Padre, tanto a los que lo son de hecho como a los adoptivos, por enseñarnos a confiar con amor.