Escondido durante años en los sótanos de la liga rusa, Andrei Arshavin ha irrumpido como una de las sensaciones de la temporada. Primero en la Copa de la UEFA, competición en la que el Zenit de San Petersburgo le ganó al Glasgow Rangers (2-0) en la final, y, ahora, en el deslumbrante tercer partido de Rusia ante Suecia, que terminó con victoria 2-0 para los rusos, en lo que fue su presentación en la Eurocopa. “Arshavin era desconocido fuera de Rusia, pero llevaba cuatro años a alto nivel”, explica Alexander Mostovoi, ex mediapunta de la selección rusa y del Celta. “Es rápido, bajito, participativo. No se parece a mí, que era más lento y tenía otras virtudes. Se parece mucho a (Aleksandr) Zavarov, aquel jugador de la antigua Unión Soviética y el Dynamo de Kiev que le ganó al Atlético de Madrid la Recopa en 1986.”
Arshavin recupera algunas de las esencias del “10”: es inteligente, creativo y letal. El florete de la Rusia que sacudió a Suecia con un fútbol total. Tampoco le falta llegada pues ha jugado de segundo delantero durante una parte de su carrera: les marcó a los suecos el segundo gol. Y cuenta con una libertad absoluta por parte del seleccionador Guus Hiddink, que lo sitúa por detrás del único delantero, Pavlyuchenko, al igual que en el Zenit actúa a la espalda de Pogrebnyak, ausente en la Eurocopa por lesión.
“Lo que me hace más feliz es crear ocasiones de gol”, confiesa el mediapunta, que fabricó los dos tantos del triunfo en la final de la Copa de la UEFA. Los rusos llegan a Basilea. “¡Y cómo corren!”, se asombra Mostovoi. “Esta Rusia me recuerda a la Corea (del Sur) de Hiddink que eliminó a España en el mundial de 2002”, añade, mientras el holandés Hiddink, el cosmopolita Hiddink, rechazaba el viernes anterior toda tentación demagógica. “Espero ser un gran traidor. No tengo ningún escrúpulo ni sentimiento patriótico”, dijo antes de anunciar que saldría al ataque ante la poderosa Holanda, a la que finalmente eliminó en el tiempo extra de los cuartos de final. Y lo hará con una selección muy singular: la más joven, la más ligera y, en ocasiones, la más naif, según el adjetivo elegido por su entrenador. Pero la única que cuenta con un jugador tan imprevisible como Arshavin.
Todo un carácter. Tiene opinión sobre casi todo. Y a veces choca con su entrenador en el Zenit, Dick Advocaat, otro de perfil volcánico. Mantiene, sin embargo, una relación fluida con el más tolerante Hiddink, al que está muy agradecido por haberlo traído a la Eurocopa a pesar de tener que cumplir dos partidos de sanción. Castigo al que Hiddink le añadió la retirada de la capitanía a favor de Sergei Semak después de que Arshavin perdiera los papeles ante Andorra: le propinó una patada a un rival en la última cita previa a la Eurocopa, cuando ya la clasificación de Rusia estaba cantada (0-1). En eso, en ese descontrol inesperado de las emociones, Arshavin tiene algo de Zidane, con quien también coincide en una maduración a fuego lento de sus prodigiosas cualidades. Ninguno de los dos despegó a los 18 años.
En San Petersburgo, Andrei es una eminencia. Antes de la Eurocopa, regresó a su vieja escuela. Se encontró con la primera maestra, Tamara Alexandrovna. Se sentó en la clase número 33, firmó autógrafos y, lo más importante, jugó un partidillo con los niños. En abril, llevó la antorcha olímpica cuando pasó por la ciudad. Su infancia, en la antigua Leningrado, no fue precisamente fácil. Abandonado por el padre, Andrei se crió con su madre en un piso compartido por varias familias en el que solo les correspondía una habitación. Especialmente sensible a los problemas infantiles, es el primer embajador ruso en un proyecto de la FIFA para la ayuda a niños huérfanos. Ahora, está casado con Julia y tiene dos hijos. Arshavin comenzó a jugar a los siete años, en la escuela de fútbol de Smena. Subió al primer equipo del Zenit a los 18 y los entrenadores lo probaron como interior derecho, mediapunta o segundo delantero. Formó una pareja de ataque muy reconocida con el ex sevillista Alexander Kerzhakov. Treinta partidos, 10 goles y 11 asistencias fueron sus números en 2007, el año en el que el Zenit volvió a ganar la liga rusa después de 23 años.
Después de la Eurocopa, le gustaría aventurarse en una liga más competitiva. El Barcelona, por ejemplo. Claro que el Zenit, en manos de Gazprom —la empresa que controla la producción del gas en Rusia—, no necesita el dinero. Y le paga unos $4 millones por temporada. “Ya no hay rusos fuera del país”, constata Mostovoi. “No les hace falta desde que llegaron los millonarios a los clubes hace unos cinco años. Pero sería un gran reto para Arshavin, que está en plena madurez, salir de Rusia. Y ver hasta dónde es capaz de llegar.”