Son muchas las personas que conocen de mi —¿extrema?— pasión por ellos. Saltos, agarrones de pelo —casi—, gritos cuando veo cualquier partido, y que me dicen que me calme, que es solo un juego y que no pasa nada.
Pero el hecho es que sí pasa algo. A todos ellos les digo que hay que estar en un estadio lleno y oír cantar el himno nacional para comenzar a entender por qué los deportes, no solo el fútbol, son lo que son. Además, si no es con los deportes, ¿con qué otra cosa nos vamos a divertir? No me causa euforia —pero sí colera— ver la Asamblea, del alcohol nunca fui amigo, y la calle —quizá la competencia más seria para los deportes— se ha vuelto muy peligrosa.
Por tanto, solo queda una saludable y buena opción a la cual recurrir: deportes. Practicarlos, para quienes tienen tiempo, y verlos, para quienes no lo tenemos.
Y los Olímpicos son ideales. El momento que esperamos los que queremos saber si Michael Phelps superará a Mark Spitz, o si volveremos a ver otro “Dream Team”, o si Maria Sharapova gana —yo quiero que la pierda— la medalla de oro. ¡Que comiencen ya los Juegos!