Así como está lleno de héroes y figuras, los Juegos Olímpicos también tienen páginas oscuras que riñen con sus ideales.
Esa es la historia de Jim Thorpe, uno de los mejores deportistas de la historia, por no decir el más versátil. Campeón olímpico en pentatlón, decatlón, además de jugador de béisbol, baloncesto y fútbol americano.
Aparte de sus méritos deportivos, algo hacía destacar a Thorpe sobre los demás: sus orígenes. Wha-Tho-Huk podrían ser tres palabras singulares, pero eran su nombre nativo, ya que Jim nació en Oklahoma, en territorio indio.
Cursaba sus primeros estudios cuando las tragedias comenzaron a llegar una tras otra. Primero, la muerte de su hermano, apenas a los ocho años; seguida de la de su madre, 24 meses después. Thorpe cayó en depresión y, en medio de peleas con su padre, abandonó la escuela.
Tras deambular, tener un par de trabajos y regresar con su padre, Jim comenzó a practicar atletismo, fútbol americano, lacrosse y béisbol, de modo que para 1912 ya era reconocido entre la gente.
Además del de Estados Unidos, Jim se ganó luego el reconocimiento del mundo cuando ganó, en territorio sueco, sendas medallas de oro por el pentatlón y el decatlón.
Pero las tragedias no había terminado aún. Varios meses después, fue acusado de haber competido profesionalmente en el béisbol, cosa que aceptó, aunque señaló desconocer el reglamento olímpico y adujo que nadie se lo había explicado.
La misma normativa que nadie le había explicado establecía que los reclamos por medallas podían hacerse únicamente 30 días después de la competencia. Sin embargo, ignorando la misma Carta Olímpica, Thorpe fue destituido de sus oros.
A partir de entonces, el atleta comenzó una batalla por mostrar su inocencia, la cual el COI no quiso reconocer, sino hasta que él había muerto, cuando, en 1982, devolvió las medallas a sus descendientes.