Tres años antes de que arrancaran los Olímpicos de 1936, en Múnich, ocurrió uno de esos hechos que marcan historia en el mundo, que cambian el destino de las vidas y la forma como se escribirán las páginas que años y años después todos leerán. En 1933, Adolfo Hitler subía al poder en Alemania.
El deseo del Führer, empecinado en demostrar que la raza alemana era superior sobre todo el mundo, fue que los Juegos sirvieran como confirmación de sus ideales.
Empero, así como Hitler cambió la historia del mundo, al mismo tiempo otro personaje —el nieto de un esclavo e hijo de un granjero— también escribiría su propio cuento y pasaría sobre el que el líder teutón quería dejar de legado a la humanidad.
James Cleveland Owens era su nombre. Mejor conocido por sus amigos de infancia como J.C., fue bautizado como Jesse por un profesor de la escuela que no entendió el acento del chico. Ya había nacido el hombre, faltaba escribir la leyenda.
Clasificado a los Juegos de Berlín, Owens deslumbró con su velocidad. Venciendo en las pruebas de 100 y 200 metros, salto de longitud y en 4x100 metros logró un hito que tardó 48 años en igualarse, cuando Carl Lewis lo émulo en 1984.
Las cuatro medallas de oro de Jesse no pasaron desapercibidas para el mundo que, sin embargo, no estaba listo para la victoria tan aplastante de un atleta de color. Hitler salió del estadio antes de lo previsto para no estrechar la mano del vencedor. Luego, se ausentó de las demás premiaciones de los Juegos.
No solo eso. En su propio país, Owens no recibió el reconocimiento merecido, ya que el presidente Franklin Roosevelt se rehusó a recibirlo en la Casa Blanca, pues se encontraba en campaña para reelegirse y temía las reacciones de los estados del sur, tradicionalmente segregacionistas.
Pero la leyenda ya estaba escrita y él recibió el reconocimiento a través del tiempo. Todo el tiempo.