¿Suerte o destino? Esa es la pregunta que las coincidencias a veces obligan a formularse cuando de la nada surgen eventos que adquieren proporciones por demás insospechadas.
Pero a veces es necesaria cierta cuota de suerte para que las personas cumplan con su destino, porque eso fue lo que le pasó, en 1960, al corredor etíope Abebe Bikila.
Bikila fue incluido en el equipo olímpico etíope a último momento, luego que Wami Biratu se rompió un brazo en un partido de fútbol.
Ya en territorio italiano, Abebe no pudo encontrar un par de zapatos que le quedaran cómodos, por lo que, apenas dos horas antes del inicio de la maratón, tomó una decisión que 2:15:16.2 horas después daría la vuelta al mundo y que se incluiría en los recuerdos épicos del olimpismo.
Bikila decidió correr la maratón descalzo, de la misma manera como entrenaba en su país.
La decisión del etíope no pasó desapercibida. Mucho menos cuando, conforme la maratón fue avanzando, el africano se fue ubicando en los primeros puestos, hasta quedar a la par del marroquí Rhadi Ben Abdesselam, uno de los rivales más fuertes de la competición.
Ambos permanecieron juntos hasta los últimos 500 metros, cuando Bikila apretó el paso de sus pies desnudos, dejando atrás a su rival y convirtiéndose en el primer atleta africano que ganaba una medalla olímpica. Abebe era un héroe.
Y como tal fue recibido en su país, donde recibió un alto cargo, además de la condecoración de la Estrella de Etiopía. Sin embargo, por recibir el favor de movimientos políticos, estuvo a punto de ser condenado a muerte cuando no quiso apoyar medidas radicales por la gente que estaba en el poder.
Luego regresó a competir, y en Tokio 1964, ya con zapatos, volvió a ganar la maratón, con otro récord, asegurándose llegar más allá todavía del sitio que había conseguido en la historia. La suerte le echó la mano, él cumplió su destino.