Siete medallas de oro, siete récords del mundo. Esa fue la gesta del estadounidense Mark Spitz en Múnich 1972. Una hazaña que no ha sido emulada, mucho menos batida, en más de 30 años por atleta alguno.
Nadador desde la infancia, el romance de Spitz con las aguas comenzó cuando contaba con precoces dos años, la edad a la que aprendió a nadar. “El Tiburón”, como era conocido, desarrolló su talento y para México 1968 llegó con metas quizá elevadas de lo que podía lograr en sus primeros Juegos Olímpicos.
Spitz se había puesto de meta conseguir seis oros. Sin embargo, regresó a casa solo con dos.
Pero la historia esperaba por él. Mark cambió de entrenador, poniéndose a las órdenes de Doc Counsilman, con quien ganó cuatro campeonatos nacionales y dos interuniversitarios. Pero su verdadera ambición eran los Olímpicos.
Múnich lo aguardaba. Y consciente de la gran empresa para la cual había sido elegido por el destino, Spitz la cumplió.
Compitió en siete pruebas, ganando el oro en todas ellas, e imponiendo récords mundiales en cada una. Comenzó en los 200 metros mariposa, bajando su propia plusmarca en casi un segundo; luego añadiría la prueba de 4x100 relevos.
Al día siguiente de los dos primeros podios, Spitz siguió bañándose en aguas doradas y se colgó también el oro en la prueba de los 200 metros libres. Había que descansar, y Spitz lo hizo durante dos días antes de agregar más plusmarcas en los 100 metros mariposa y en 4x200 libres relevos.
Con cinco oros, “el Tiburón” había igualado la marca para unos mismos Juegos y estaba a uno de romperla. La consiguió al nadar los 4x100, por lo que estuvo a punto de renunciar a nadar los 100 metros libres, en los que compitió únicamente por recomendación de su entrenador. Lo hizo, ganó un séptimo oro y dejó sentenciada la gesta que hasta hoy nadie ha superado.