El deporte no es otra cosa sino un juego. Uno donde lo importante, reza el pensamiento olímpico, no es ganar, sino competir. Con ese precepto es que nacen los niños prodigio, y, entre todos, quizá la más destacada de la historia sea una rumana de frágiles maneras que sorprendió y maravilló al mundo antes de cumplir 15 años.
Habían pasado ya cuatro años de la masacre de Múnich y el mundo estaba en búsqueda de un episodio que pudiera bajar el mal trago.
La rumana Nadia Comaneci se encargó de darle al olimpismo lo que buscaba. Antes de la realización de los Juegos, ya se vislumbraba en el horizonte su estrella.
A los 13 años, la atleta, nacida en 1961, ya había ganado tres medallas de oro en el Campeonato Europeo de Gimnasia, por lo que en 1974 —dos años antes de la realización de los Juegos—, Nadia había comenzado a dar de qué hablar.
Unos meses antes de la cita olímpica, Comaneci tuvo su primer triunfo del año, cuando se convirtió en la primera mujer que realizaba el dificilísimo salto doble mortal de espaldas en la salida de su ejercicio de asimétricas, durante la Copa América, efectuada en Nueva York.
Pero lo mejor llegaría en Montreal. Ahí, se convirtió en la primera gimnasta que logró obtener de los jueces una puntuación perfecta de 10 en sus rutinas: general individual, barra de equilibrio y en las barras paralelas asimétricas.
La rutina fue perfecta, la puntuación también. La pizarra electrónica que mostraba los resultados indicó 1.0 ya que estaba programada para reproducir únicamente un entero y un decimal.
Luego de alcanzado el logro, la gloria era lo que esperaba a Nadia al regresar a Rumania. Fue nombrada “Héroe socialista del trabajo”, convirtiéndose en la persona más joven en recibir ese galardón. Más actuaciones gloriosas llegarían después, pero ninguna opacó la de Montreal. Nadia tendrá, por siempre, imagen de joven, de princesa.