Las ideologías dividen al hombre. A principios de la década de los ochenta el mundo estaba en pleno apogeo de la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética se disputaban el ser la primera potencia mundial, sin armamentos, pero con declaraciones y posturas que dejaban claro el conflicto entre ambas naciones.
Lastimosamente, ni el deporte, que por principio olímpico tiene que estar alejado de cualquier tipo de manipulación política o religiosa, pudo escapar a las diferencias e intolerancia de esas naciones. Estadounidenses y soviéticos se boicotearon mutuamente, con la idea de estropear la fiesta.
Aunque los boicots de Moscú y Los Ángeles son los más conocidos, vale mencionar que no fueron los primeros de la historia olímpica. Cuatro años antes de la cita en suelo soviético se produjo el primero, en Montreal 1976, cuando 28 países africanos se negaron a competir, en protesta a la participación de Nueva Zelanda, cuya selección de rugby había realizado una gira en Sudáfrica, que estaba excluida del movimiento debido a la segregación racial.
Pero el primer boicot masivo de la historia fue el liderado por Estados Unidos, a quien se unieron 64 países más que no asistieron al evento, de los cuales, según el COI, entre 40 ó 45 se unieron únicamente por plegarse a la posición del país de las barras y las estrellas (El Salvador, entre ellos). Al final, solo 81 naciones participaron del certamen y muchas, incluso, participaron en el desfile bajo la bandera olímpica y no con la de su respectiva nacionalidad.
Cuatro años después fue más que predecible la respuesta por parte de los soviéticos. Ellos, y 13 naciones más, respondieron con la misma moneda y boicotearon la cita realizada en Los Ángeles, alegando falta de seguridad para sus atletas. A pesar de no ser un boicot tan masivo como el promovido por los norteamericanos, si hay que destacar que fue notable la ausencia de países que solían estar al tope del medallero.