La velocista estadounidense Florence Griffith no pasó desapercibida en los Juegos Olímpicos de Seúl, celebrados en 1988. Su excéntrica personalidad la hicieron brillar, más allá de los méritos deportivos que obtuvo en esa justa mundial. Su presencia dejó huella.
Además de conseguir tres medallas de oro, tras conquistar las pruebas de los 100 y 200 metros, más el relevo 4x100, sus largas uñas de colores —decoradas con estrellas blancas o puntos rojos— la hicieron ser la comidilla del mundo entero.
El largo de sus uñas le daban un semblante de sobrenaturalidad.
En los años ochenta, cuando el break dance salía del baúl y los peinados punk estaban en su apogeo exclusivamente entre la juventud, resultaba extraño creer que una deportista podría dividir su tiempo entre sus cargas de entrenamiento y arreglarse las cutículas de las uñas.
Florence dejó una huella especial en Seúl. Pero no solo sus uñas dieron de que hablar: los extravagantes trajes de licra que usaba para correr, también la hacían resaltar entre las demás velocistas.
Sus atuendos rojos, con una pierna descubierta o cubierta con la bandera estadounidense, dejaban marcada su presencia en las pistas.
Sus marcas
Cuando Florence consiguió cruzar la meta en 10.49 segundos y 21.34 segundos en los 100 y 200 metros planos, respectivamente, le dio el título de la atleta que impuso las nuevas marcas del siglo XXI. No era para menos: en los 200 metros logró superar por 37 centésimas el récord olímpico. A pesar del éxito, tres meses después de que finalizó Seúl, Florence anunció su retiro y dio pie a afirmaciones que la apuntaban a que usaba anabolizantes, y que por ello tenía un cuerpo muy parecido al de un hombre. Pero a Griffith poco le importó, lanzó su línea de ropa y una muñeca Flo-Jo. Su deceso fue misterioso. En 1998, murió víctima de una apoplejía cerebral. ¿Asesinato? Es la pregunta que sigue pendiente.