Cuando se introdujeron las pruebas antidoping en los Juegos de México 1968, quizá nadie imaginó la repercusión que la medida tendría 20 años después.
Hasta la edición de Seúl 1988, 31 atletas habían dado positivo a las pruebas. En los Juegos realizados en Corea del Sur se añadieron 10 más, entre ellos, el más famoso de todos, el del canadiense Ben Johnson.
Ben era una estrella de calibre mundial: había botado el récord de los 100 metros y vencido, al mismo tiempo, al estadounidense Carl Lewis, su némesis y principal rival, en un duelo al estilo más contemporáneo de Asafa Powell y Tyson Gay.
El choque venía desde años antes, cuando en Los Ángeles 1984 una salida en falso dejó a Johnson con la medalla de bronce y a Carl con el metal dorado. Nacía el duelo.
Fue hasta un año después, luego de varias derrotas consecutivas, que Ben pudo vencer a Lewis en los Juegos de la Buena Voluntad de 1986, un invento estadounidense luego de los boicots en Moscú 1980 y Los Ángeles 1984.
Pero ese fue el principio del fin de la carrera del canadiense. No porque para entonces ya se dopara, sino porque comenzó ahí una superioridad más que marcada sobre Carl Lewis que comenzó a levantar sospechas —por no decir envidia— del estadounidense, quien lanzó una frase tan venenosa como profética: “Hay un montón de gente que sale de la nada. No creo que lo estén logrando sin drogas”.
Johnson no tardó en responder a las palabras de Lewis: “Cuando Carl lo ganaba todo, nunca dije nada contra él. Y cuando venga quien me derrote, tampoco diré nada”.
Pero las cartas ya estaban sobre la mesa, y cuando Ben ganó los 100 metros en Seúl, además de bajar el récord del mundo hasta 9.79 segundos, fue elegido para la prueba de dopaje que arrojó el escandaloso resultado hoy conocido por todos: positivo. Sanción por dos años, regreso, otro dopaje y suspensión de por vida. La gloria es algo que los esteroides no pueden comprar.