Mejor, imposible. Es que hasta dan ganas de llorar, como con esas felicidades que solo el deporte es capaz de brindar, cuando se revisa uno a uno la nómina que Estados Unidos mandó en Barcelona 1992 a competir en baloncesto para hacerse con la medalla de oro.
Quedó demostrado en la cita catalana que los sueños se pueden volver realidad, cuando —gracias a que el Comité Olímpico Internacional permitió la participación de atletas profesionales— los jugadores de la NBA pudieron unirse en un equipo.
Ahí estuvieron tres de los mejores jugadores de la historia del baloncesto: Michael Jordan, Earvin “Magic” Johnson y Larry Bird. Y a sus espaldas, una constelación de estrellas cuyo único símil era, quizá, el infinito... y más allá.
Charles Barkley, Clyde Drexler, Patrick Ewing, Karl Malone, Scottie Pippen, David Robinson, John Stockton, Chris Mullin y Christian Laettner completaron la lista de ese plantel, el equipo de ensueño.
En la duela solo hubo espacio para el espectáculo. Ganando todos sus partidos por un promedio de 43.8 puntos, el “Dream Team” firmó una foja de 8-0 en la que su entrenador, Chuck Daly, no hizo uso nunca de un solo timeout.
Marcadores como el 116-48 sobre Angola, el 127-83 contra Brasil, además del 122-81 ante España, son claros ejemplos de la superioridad que los astros de la NBA impusieron sobre las canchas de Barcelona, en las que sus rivales, incluso, se tomaban su tiempo antes de los juegos para tomarse fotos al lado de sus ídolos deportivos.
Aparecieron en los siguientes Olímpicos y campeonatos del mundo otras versiones del “Dream Team”, siempre formadas por jugadores de la NBA: se ganaron otras dos medallas de oro y se sufrió la vergüenza en Atenas de solo alcanzar el bronce. Los equipos de ensueño pasaron a mejor vida; como el original, siempre hubo y habrá solo uno.