Al principio, no se sabía si era chiste, cuento rosa o noticia de verdad, pero circuló más rápido que todos ellos juntos, y en un abrir y cerrar de ojos. El 25 de septiembre de 2000, El Salvador sabía de la inusual oferta, al menos para la cultura cuscatleca, que tuvo lugar en Australia.
Resulta que la pesista Eva María Dimas, quien disputaba por entonces sus segundos Juegos Olímpicos, recibió un ofrecimiento de parte del atleta jordano Mufid Alawanseh, de tiro con rifle. Su propuesta consistía en 100 camellos (de aproximadamente $30,000) y un pozo petrolero.
¿Qué era todo lo que Eva tenía que hacer para adquirir semejante lote? Acceder a la petición del tirador de formar parte de su harén, un grupo de mujeres que en la cultura árabe viven bajo la dependencia de un solo hombre.
La pesista todavía sonríe cuando recuerda lo extraño de la oferta. Y eso que no fue la primera. Allá por 2000, cuando la noticia se dio a conocer, Eva también refirió que un israelí había sido el primero en proponerle matrimonio durante una competición, aunque ese era más tacaño: no ofreció nada a cambio.
Pero ni uno ni otro pudieron hacer realidad su deseo. Al israelí fue la madre de Eva quien le negó sus pretensiones, y al jordano la misma deportista le puso un “no” por respuesta. Lo único que le permitió fueron un par de fotos de recuerdo.
Fue un final alegre para una competición que inició aflictiva para Eva María, luego de que el mismo día de inauguración de la justa se enteraran que corría el riesgo de quedar descalificada, ya que la federación local no había pagado sus $500 de membresía ante la internacional de la disciplina.
Al final, el saldo fue cancelado por la entidad nacional, y Dimas pudo competir en el evento en el que terminó 12.ª en su categoría. Le quedaron la experiencia, los recuerdos, y una anécdota divertida como alocada: el momento salvadoreño en los Olímpicos.