Por atención mediática, no hay evento más grande que un mundial de fútbol; pero por jerarquía, la justa más importante son los Juegos Olímpicos, la cita cada cuatro años que ha vivido —y sobrevivido— durante más de un siglo a las trampas de la política, el dopaje y de muchos obstáculos más. Ideados en la antigua Grecia como un homenaje a Zeus, tuvieron un nacimiento y una muerte tempranera cuando en el siglo IV el emperador romano Teodosio los prohibió por considerarlos rituales paganos.
Empero, la llama olímpica —que por ese entonces ardía nada más al interior de los atletas— no se apagó y a mediados del siglo XVII, Grecia trató de devolver al mundo los Juegos, aunque su intento no alcanzó la universalidad ni el interés que si obtendría el barón francés Pierre de Coubertain.
Se eligió 1900 como el año del renacimiento. Pero el entusiasmo hizo que los delegados se adelantaran y que Atenas, en 1896, albergara la primera edición de los Juegos Olímpicos modernos. Si algo marcó las primeras ediciones fue la realización de todo tipo de ferias y exposiciones culturales durante las mismas.
Hasta su tercera edición, la de 1904, en San Luis (Estados Unidos), se oficializó la ceremonia de apertura. Cuatro años después, se articuló la legendaria frase “lo importante no es ganar, sino competir”, pronunciada por Coubertain luego de oírla de un religioso para enfriar la rivalidad entre estadounidenses e ingleses.
La historia siguió caminando hasta que se tuvo que hacer un receso obligado gracias a la Primera Guerra Mundial. Fue en 1920, cuando Europa se levantaba de los estragos de esta, que regresaron los Olímpicos, en los que fueron llamados “los Juegos de la paz”.
Pero en 1936 la política volvió a intentar ensuciar unos Juegos. Sobreviviendo sin sobresaltos en 1924, 1928 y 1932, Berlín se alistó para recibir la XI justa olímpica. Pocos sospecharían las intenciones de un tal Adolf Hitler, quien intentó hacer de los Juegos la demostración al mundo de la superioridad alemana.
Pero los arios terminaron hundiendo la rodilla. Por primera vez, los Olímpicos pudieron ser representados a través de una figura: la de Jesse Owens, quien ganó cuatro medallas doradas.
Cambiarían desde entonces, y para siempre, los Juegos Olímpicos. Con la inmortalidad de Owens, cada una de las siguientes ediciones comenzó a dar figuras y momentos, incluso cuando, otra vez, hubo obstáculos que superar. Nuevamente la guerra impidió su realización, por 12 años, hasta que una Londres que aún intentaba ponerse de pie tras los estragos del conflicto armado, los acogió en 1948.
En la edición londinense ganó sus primeras medallas la figura de la edición de 1952: el checoslovaco Emil Zatopek, mejor conocido como “la Locomotora humana”. Zatopek ganó tres oros en Helsinki, en las pruebas más exigentes para cualquier corredor: los 5,000 y 10,000 metros, además de la maratón.
Las siguientes ediciones sirvieron para que los Olímpicos terminaran de adquirir la categoría de universales cuando Oceanía (con la designación de Melbourne, 1956) y Asia (gracias a Tokio, 1964) fueron sedes olímpicas.
Pero los Juegos volvieron a recibir otro golpe en 1972, cuando se produjeron los lamentables hechos en Múnich que terminaron con la muerte de 11 atletas israelíes. Tuvieron que pasar cuatro años para que el luto se cerrara. En medio de este, la única luz lo suficientemente fuerte como para alumbrar fue la de una niña de 14 años, la gimnasta rumana Nadia Comaneci, quien ganó tres medallas de oro, con una calificación de 10: la primera vez en la historia de los Juegos que se otorgaba esa puntuación.
Pero la gracia de Comaneci no encontró símil en las siguientes dos ediciones de Olímpicos, que se vieron empañados por las decisiones políticas, primero de Estados Unidos, que boicoteó los Juegos de Moscú 1980, y luego de los soviéticos que, con la misma respuesta, no asistiendo a la cita en Los Ángeles.
A pesar de todas esas zancadillas, los Juegos respondieron y continuaron desarrollándose, hasta que apareció otro fantasma atacando el mismo interior del espíritu olímpico: el dopaje. No fue el primero, sí el más sonado, el del canadiense Ben Jonhson, que pulverizó el récord de los 100 metros, hasta que se comprobó que había consumido esteroides para mejorar su rendimiento.
Con todos los problemas que tuvieron los Juegos, Barcelona 1992 fue una cita refrescante que otorgó al mundo la posibilidad de ver uno de los fenómenos más grandes del deporte de todos los tiempos: el “Dream Team”, el equipo de baloncesto de Estados Unidos, que maravilló al mundo al hacerse del metal dorado sin ningún problema.
Pasaron después los Olímpicos del centenario, el retorno de las pruebas a Asia y el tan esperado regreso a casa, Atenas. Las imágenes siguieron quedando guardadas, a la espera de que Pekín añada las suyas.