Tijuana
Doble muro fronterizo marca el ritmo en la ciudad de Tijuana



AFP
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Disminuir tamaño de letra Aumentar tamaño de letra Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 15/08/2007 11:04:29 a.m.

  La seguridad fronteriza y el doble muro metálico que fue levantado por Estados Unidos a lo largo de los 22,5 km que le separan de Tijuana ha cambiado el ritmo de vida de esta ciudad del noroeste de México que despertaba ilusiones en ambas parte de la frontera.

Una primera valla de lámina, de apenas tres metros de altura, es lo primero que ven los viajeros al salir del aeropuerto de la ciudad. Detrás, otra valla metálica más moderna se alza siete metros del suelo.

En medio, la permanente presencia de los vehículos de la Patrulla Fronteriza estadounidense.

La doble barda recorre la ciudad de punta a punta, excepto en la zona de la playa, donde los emigrantes mexicanos pueden encontrarse con sus parientes separados por una simple valla de alambre o unos postes.

Vistos desde lo alto, los barrios fronterizos parecen apelotonarse contra las bardas, frente a la árida planicie que se extiende al otro lado sólo alterada por la pequeña mancha urbana de San Isidro. Una veintena de kilómetros más al norte se puede ver la ciudad de San Diego.

Son los barrios más marginales, como la Libertad y Nido de Águila, con calles sin asfaltar y llenas de baches y montículos de basura o escombros. De ellos sale buena parte de la mano de obra que nutre las entre 600 y 700 maquiladoras de la localidad.

Muchos son inmigrantes que llegaron con la intención de pasar "al otro lado" y acabaron estableciéndose a la sombra del muro que les separaba de su sueño. Esta afluencia ha duplicado la población de Tijuana desde 1990, cuando contaba con unos 700.000 habitantes.

Mientras que algunos tijuanenses van a San Isidro o San Diego para actos tan cotidianos como hacer la compra del supermercado, Tijuana se ha especializado de cara a sus vecinos ricos del norte en una serie de servicios entre los que destacan tres: alcohol, sexo y antibióticos.

El máximo exponente de esta oferta turística es la Avenida Revolución, donde se suceden las tiendas de artesanía barata, las farmacias donde los estadounidenses compran medicamentos para los que en su país requieren de receta y los bares en los que menores de 21 años burlan la prohibición en su país de beber alcohol.

En la avenida, que hace unos años era un hervidero de gente, decenas de dependientes se abalanzan hacia los escasos turistas que pasan por la acera intentando atraerlos con un inglés elemental.

"Ha bajado mucho el turismo. Antes venía mucha gente y gente que compraba. Ahora esta gente que anda aquí viene a curiosear, nada más", se lamenta Alberto Jiménez, dependiente de una tienda de recuerdos.

Ya desde 2001 el reforzamiento de las medidas de seguridad en la aduana y las consecuentes largas filas para volver a ingresar en Estados Unidos han disuadido a muchos californianos de cruzar a México.

Por otro lado, la delincuencia que se ha disparado en los últimos años en la ciudad ha tenido su efecto en el turismo.

"Hemos venido por la tarde, porque nos han dicho que por la noche es poco recomendable", comenta un grupo de españoles que veranea en San Diego.

A la violencia de alto impacto generada por el crimen organizado (Tijuana es sede del poderoso cártel de los Arellano Félix), se suman los robos protagonizados por el creciente número de drogadictos que deambulan en la fronteriza Avenida Internacional.

"Esto se debe a que después del 11 de septiembre de 2001 hubo un endurecimiento en la frontera y era imposible el cruce de enervantes en algún tiempo y empezaron a venderse aquí. Tenemos en Baja California probablemente 250.000 personas consumiendo enervantes", asegura Jesús Alberto Capella, presidente del Consejo Ciudadano de Seguridad Pública.

"Tijuana está quemada", resume el encargado de uno de los bares de la calle que prefiere mantener el anonimato al dar otra causa del declive: la corrupción de la policía local, que desvalija a los turistas incautos con la excusa de revisarlos.

Menos afectadas por la crisis turística parecen las calles adyacentes dedicadas a la prostitución, donde mexicanos y estadounidenses se apelotonan en los múltiples burdeles.