Los gobernantes populistas dan irresponsablemente prebendas a sectores que desean conquistar y tener su apoyo aunque no las necesiten, aunque sean contraproducentes para los demás, eventualmente para los mismos favorecidos, no siempre dan a los que lo necesitan ni son sostenibles en el tiempo.

Los populistas dan para ser aceptados como motor principal y no para favorecer. También los caracteriza dar aunque no estén en las posibilidades económicas del país para mantener finanzas sanas. Anteponen su necesidad de esa popularidad, como enfermedad, a la buena administración de los recursos del Estado, y además del inevitable pecado del narcisismo intrínseco a la adulación lo utilizan para conseguir más poder.

El populista es generoso con los recursos que administra temporalmente, que no son suyos sino del Estado, y se indigna violentamente ante la crítica y acusa a sus críticos de insensibles, reaccionarios o enemigos de la revolución. Lo mismo sucede a quienes exigen transparencia, rendimiento de cuentas de sus impuestos, caen en las categorías mencionadas y se convierten en enemigos del régimen.

Al repartir indiscriminada y arbitrariamente distorsionan la economía alterando precios, al regalar productos crean mercados negros de quienes revenden lo que les regalaron. Se crean redes de corrupción, para colocarse en la lista de los recipientes de ayuda, otros cobran por incluirlos, se crea mercado negro cuando muchos venden lo subsidiado o regalado. Se crea corrupción en la línea de entrega de dádivas, alguna parte se queda en el camino.

El populismo genera inevitablemente corrupción al disfrutar de la adoración que les brinda repartir, necesitan más y más de esa poderosa droga, eventualmente reparten dinero sin recibos para comprar más poder y adulación, esta vez ya no a los supuestos necesitados sino a operadores políticos, funcionarios, opositores, diputados, magistrados, contralores, fiscales, periodistas y opinadores, plumas y gargantas compradas y a quienes dándose cuenta de lo que sucede son un peligro si están descontentos y entonces hay que comprar su silencio. Como por el dinero de corrupción no se firman recibos, finalmente no saben cuánto llega a su destino y cuánto queda en manos de los emisarios.

El populismo funciona de la mano con un discurso de odio de clases o contra un supuesto enemigo común, de la causa, lo que levanta fervor y emociones intensas manipuladas, el combustible que aviva el fuego popular.

Latinoamérica ha tenido predilección por los populistas y esa historia parece no tener final cercano. Recién se fue Chávez, maestro populista de la época, flanqueado por populistas de gran calibre, Castro hermano del populista mayor, Evo, Correa y Kirchner para mencionar algunos ejemplares, que a pesar de lo desastroso de sus gobiernos, de las pésimas calificaciones mundiales en todos los índices de progreso siguen ganando elecciones a pesar de derrochar, desarmar la institucionalidad de sus países, robar y ostentar lujos que no les corresponden, siguen siendo populares en su patio. Desafortunadamente el populismo rinde frutos temporales.

Si el populista utilizara el poder para lograr apoyos para implementar políticas que lleven al desarrollo sostenido, educación universal de calidad, salud adecuada, vivienda digna y, sobre todo, más y mejores oportunidades de trabajo qué bueno sería. Pero eso no se da nunca, el poder y la adulación los pierden inevitablemente con resultados negativos, aunque tengan gran popularidad dejan a sus países en pésimas condiciones, son una de las peores plagas que le pueden llegar a una sociedad.

Estamos frente de una elección presidencial que será histórica, porque bien la sociedad civil puede recuperar los espacios perdidos en institucionalidad, libertad, economía, competitividad, combate a la violencia y todo lo retrocedido, o puede retroceder mucho más aún en todo.

¿Identifica usted lector quién es el más populista en la campaña, quien con los defectos que el populismo encierra es gran peligro? ¿No es tan difícil, no?