Como hemos señalado persistentemente, uno de los dinamismos más propios e insoslayables de la democracia es el que se refiere a ir ordenando todas aquellas actividades tanto públicas como privadas que estén en directa relación con el funcionamiento normal de la sociedad. En esa línea, hay que partir de un hecho evidente, del cual se sufren a diario múltiples consecuencias: que en nuestro país la tradicional falta de democracia ha sido un vivero constante de desorden. Es lógico, entonces, que al emprenderse la gran tarea democratizadora, una de las urgencias que aparecen de inmediato sea la referente a los diversos ordenamientos correctores y estabilizadores.

La tarea, desde luego, es ardua y está cargada de resistencias, bien porque el necesario ordenamiento toque intereses bien establecidos, bien porque las conductas arraigadas se hayan convertido en formas naturales de hacer las cosas, bien porque las prácticas del desorden y de la falta de regulación pertinente generen beneficios escondidos de diversas índoles. Lo cierto es que en la medida que la democracia va avanzando, con todo y sus insuficiencias y despistes de recorrido, el imperativo de ordenar se va volviendo irresistible, como lo vemos en el quehacer nacional de los tiempos más recientes.

La lista de los ordenamientos indispensables es amplia y creciente. Algo muy rudimentario se ha hecho en el área del ordenamiento territorial, donde hay intereses políticos y económicos en juego. También ha habido algún movimiento ordenador en el ámbito de la transparencia, aunque las maniobras desde el poder público son notorias. En un tema tan sensible como el de los medicamentos, está en marcha una dinámica reguladora sobre calidad y precios, que ojalá funcione de manera responsable. En el transporte público, prácticamente todo está por hacerse. Y en los temas del gasto gubernamental, las resistencias aún prevalecen sobre la razón. Y la lista sigue.

Todos tenemos que tomar conciencia de que las ventajas que unos pocos puedan sacar del desorden son pagadas por todos a costo creciente. Un sistema debidamente ordenado, en el que todas las cosas se manejen conforme a criterios de racionalidad, de equidad y de servicio al bien común, asegura estabilidad y garantiza progreso. Esa es la enseñanza reiterada de las sociedades que han logrado darles sustento sólido a sus estrategias de desarrollo, con resultados que no sólo pueden sostenerse en el tiempo sino que habilitan las vías de un ordenamiento continuado. Es cuando esas vías se van cerrando que se abren los portillos de la crisis, como vemos ahora mismo en países que habían alcanzado una notoria prosperidad.

El ordenamiento bien concebido, bien planificado y bien aplicado no es limitación sino oportunidad. No se trata, por supuesto, de establecer controles arbitrarios, de aplicar criterios ideologizados ni de coartar la creatividad empresarial o las iniciativas innovadoras. Es que todo funciona mejor y genera efectos más productivos y constructivos cuando los marcos de acción están debidamente definidos, ordenados y verificados. Tal es la lógica que se está consolidando en un mundo que necesita audacia con racionalidad y libertad con espacios definidos.

Esperamos que las dinámicas ordenadoras vayan siendo en nuestro país cada vez más confiables y responsables. Independientemente de quién gobierne, la sensatez y el realismo deben operar como brújulas supremas. Llegar a ese nivel es lo que necesitamos para tener desarrollo de veras.