En estos días ha vuelto a encenderse la polémica en relación con datos sobre los niveles de pobreza y de desempleo en el país, de resultas del más reciente Informe de Coyuntura de FUSADES, cuestionado duramente por el Ejecutivo. Las discrepancias de valoración sobre hechos reales deben ser vistas, en principio, como algo normal dentro del ejercicio democrático de la opinión; sin embargo, tal hecho se vuelve preocupante cuando su reiteración deriva en obstáculo en la ruta que conduce a la construcción de tratamientos y soluciones para los grandes problemas que nos aquejan como sociedad y como nación.

Las evidencias de nuestra realidad están ahí, a la vista de todos. Es cierto que la institucionalidad democrática viene manifestando creciente fortaleza, al sobreponerse a los ataques que intentan vulnerarla, desde dentro de sí misma; pero a la par el crecimiento económico sigue empantanado, sin que se vean signos de activación realmente prometedores. La juventud del país está cada vez más presente en el escenario de la evolución democrática y modernizadora; pero al mismo tiempo sus oportunidades de empleo digno y seguro continúan estancadas. Hay muchas energías nuevas en el ambiente; pero la competitividad no acaba de despegar como se requiere.

Contrastes como los mencionados, que desde luego no son los únicos, deberían servir de llamamiento urgente e inaplazable para que todas las fuerzas nacionales se unan en el propósito y en el esfuerzo de dar los saltos de calidad que nuestras condiciones reclaman, en lo político, en lo económico, en lo educativo y en lo social. Todos tendrían que sentarse juntos, pero no a discutir descalificaciones mutuas, sino a analizar fenómenos reales, algunos de los cuales son verdaderamente dramáticos, como el estado calamitoso de las finanzas públicas y el hecho más que elocuente de que el 47.5% de la población sobreviva en la pobreza y 7 de cada 10 salvadoreños no tengan empleo formal.

La pregunta del millón, que todos tendríamos que hacernos a diario, y sobre todo que tienen que hacerse aquéllos cuyas decisiones inciden en la conducción del país, tanto desde lo público como desde lo privado, es: ¿Qué hacer al respecto? E inmediatamente, la pregunta que sigue: ¿Por dónde empezar eso que se tiene que hacer? Está visto que los formulismos tradicionales ya no dan respuestas para lo que necesitamos. Habría que generar, de inmediato, un dinamismo de creatividad de planteamientos, que atiendan a la vez el corto plazo, el plazo medio y el largo plazo Esto es mucho más que un Plan de Gobierno inevitablemente demarcado por los plazos políticos: es un Plan de País, afincado firmemente en el presente y con clara proyección de futuro.

El tiempo hace ahora mismo un doble juego respecto de esta necesidad que tanto nos apremia a los salvadoreños, sin distinciones ni exclusiones: por una parte, este día comienza la última cuarta parte de la gestión gubernamental, lo cual debería abrirles espacio a consideraciones menos cargadas de interés político inmediato; y por otra, el hecho de que esté tan próxima la nueva gestión estimula a entrarle de veras al punto de las perspectivas.

¿De dónde debería salir, entonces, el impulso motivador decisivo para emprender cuanto antes esa tarea indispensable? Pues de lo que se llama sociedad civil, en sus distintas expresiones. No hay tiempo que perder, sobre todo cuando se ha perdido ya tanto tiempo.