La Ley de Acceso a la Información Pública (LAIP) les resultaba incómoda, y se apresuraron en las tinieblas para quitarle la vida y darle sepultura. Luego, pillados en la falta, se apresuraron para desenterrar el fresco cadáver legal y rezaron por el veto presidencial. Y los sepultureros de los avances democráticos y la transparencia aceptaron este en coro, unos en silencio otros con “cristiana resignación”.

Luego vino el “yo no fui”, el “yo no sabía”, el “este no era el momento pues el pueblo no está maduro”. Y al tercer día la LAIP resucitó... aunque aún no sabemos si pronto encarnará en la realidad.

¿Por qué tanta premura para producir el difunto como para revivirlo?, ¿por qué un día se defiende con firmeza el “legalicidio” y al día siguiente se reniega con facilidad de él?, ¿por qué tanto repentino cambio? Por el momento, las respuestas a estos vericuetos de la trama política no las conoceremos con exactitud. Mientras tanto, no nos queda más que el derecho a la sospecha. La sospecha que genera el hecho de que las reformas a la LAIP se dieran en momentos en que importantes sectores ciudadanos pedían rendición de cuentas a la Presidencia de la Asamblea Legislativa, a importantes instituciones autónomas o a un gran conglomerado empresarial-partidario. La sospecha de que a algunos personajes que viven de la sangre de los otros les molesta la luz del día. La sospecha de que algunos temen que tarde o temprano se les descubran sus picardías y malas andanzas.

Pero además del derecho de la sospecha nos queda el ejercicio de la interpretación, el intentar “descifrar los signos de los tiempos”, el encontrar los significados detrás de lo ocurrido.

En primer lugar, preocupa la concepción del Estado que pulula en la mente de los promotores de las reformas a la LAIP: el Estado es mío, ergo la información pública es mía.

En la medida que se concibe el Estado como propiedad del funcionario o dirigente de turno, también se concibe la información pública como su propiedad. Peligrosa concepción del Estado que conduce al secretismo, y nos devuelve al remoto y triste pasado de la sociedad cerrada y sus orígenes griegos con los Arcana Imperi y el secretismo de Estado.

En segundo lugar, expresa la convicción que tienen algunos dirigentes políticos de su eternal permanencia en el poder.

Al que piensa “siempre estaré acá”, no se le escurre mucho pensar que las torceduras que ahora le hace al gobierno de turno para su permanencia o blindaje, mañana lo podrá lamentar como oposición. Pregúntenle si no a ARENA. Ello no puede conducir más que a mayores dosis de autoritarismo.

En tercer lugar, al secretismo y al autoritarismo se le junta el mimetismo: la capacidad de la clase política, no importa del signo político o ideológico que sea, de adaptarse y reproducir los vicios del otro, de transmitir más los defectos que las virtudes, en fin, de reproducir o amplificar las mismas prácticas políticas deformadas de sus rivales.

Sorprende la rapidez y agilidad con que algunos miembros del partido oficial aprendieron de la derecha viciada: los “madrugones” y abuso de la dispensa de trámites, el secretismo, la prepotencia, la intolerancia a la crítica, el temor a la transparencia, la compra de voluntades, el contubernio y el pragmatismo en lugar de la negociación y el realismo político, la seducción a los lujos, el control institucional, la apropiación del Estado para hacer fortuna y competencia desleal, en fin, la incapacidad manifiesta de cambiar y la patente capacidad de ser cambiado.

Después y a pesar de todo, la LAIP ha resucitado. Es la hora de Lázaro. La hora de los que quieren verla al fin caminar, de los que desean cambios verdaderos, de los que ansían recuperar la esperanza robada, de los que quieren recorrer por lo decente y lo correcto, por la luz y no por la oscuridad.

Es la hora del andar de la ciudadanía... que nuevamente ha triunfado.