El motivo de mi carta es más bien un desahogo. Soy mamá de tres hijos a los cuales mi esposo y yo procuramos siempre proporcionarles la mejor educación. Nunca tuvimos queja de ellos gracias a Dios, hasta hace unos meses que el menor nos apareció tatuado y diciéndonos que pertenecía a una “mara”. Yo sentí que me moría y mi esposo no pudo controlarse y lo golpeó diciéndole que se fuera de la casa. Un par de días después de eso mi hijo se fue de la casa y ya no sabemos nada de él. Ya se imaginará usted lo que es mi vida, paso pendiente de las noticias esperando saber algo horrible acerca de él. Qué desgracia de suerte la de este país, primero la guerra que vino a terminar con los pocos logros que habíamos tenido y ahora esta delincuencia imparable que se apodera de nuestros muchachos sin ninguna piedad. Yo quisiera averiguar dónde estuvo nuestra equivocación, pues procuramos siempre inculcar a nuestros hijos la enseñanza moral que creímos era la adecuada para su formación como personas de bien y útiles para la sociedad y ellos mismos. No creo que haya para mí un martirio mayor que el que estoy viviendo y solo le ruego a Dios que me dé fuerzas para sobrellevarlo. Le quedo altamente agradecida, estimada señora, por la atención que me ha prestado.
Inconsolable.

Querida Inconsolable: 
Nada quisiera más que poder orientarla, recomendarle, aconsejarle, decirle qué hacer para ayudarla, pero ante mi incapacidad al respecto solo le ofrezco mis deseos más fervientes para que se le conceda la gracia de tener de nuevo a su hijo junto a su corazón.