Estimada María:
Yo soy una mujer de 50 y pico de años con una historia pasional que a pesar de mi aspecto de mujer satisfecha con la vida no me deja tranquila. Me enamoré de un muchacho de posición social muy modesta y no lo dejé en paz hasta que abandonó a la esposa y el niñito de meses, entonces le conseguí un trabajo en la empresa de mi familia y tomé un pequeño apartamento en una colonia un tanto aislada para nuestros encuentros. Yo me hallaba atravesando la amargura de mi divorcio y la aventura con ese muchacho hizo que recuperara mi valor como mujer, pero ahora que pienso en ese tiempo ya no estoy segura si él correspondió a mi gran pasión y para mis adentros digo que no, y qué triste es admitirlo, qué terriblemente humillante. A mi edad, María, un peso de esta índole es demasiado y créame que por ratos siento que ya no puedo más, ¿pero qué puedo hacer para no sentirlo? Cuando él y yo nos dejamos de ver fue para siempre y nunca supe más de su vida, y al acordarme lo pobre y modesto que era cuando lo conocí no puedo imaginarme que su suerte haya cambiado mucho. Los golpes en mi conciencia son increíblemente dolorosos, María, ¿por qué tuve que atravesarme en su camino y hacerlo hasta que perdiera su hogar? Lea con detenimiento mi carta y publíquela en su leída columna, por favor. Creo que mi testimonio puede ayudar a evitar que más de una mujer cometa una equivocación tan grave como la mía de la cual no terminará de arrepentirse mientras tenga vida.
Lectora sin nombre.
Estimada Lectora: