Fue la última vez que pisaron la cancha. Los miembros del equipo San Agustín —del cantón Tehuiste, de San Juan Nonualco, La Paz— se preparaban ayer para saltar al terreno de juego con miras a esperar el silbatazo inicial para jugar contra el rival de turno, el Milán. Pero lo que seis de ellos oyeron fue un pitido final. La muerte.
Ocurrió sin avisos, a las 4:20 de la tarde. Diez supuestos pandilleros entraron por el costado norte de la cancha —el lugar donde se celebran amistosos en el caserío Santa Irene, cantón Penitente Abajo, Zacatecoluca— y les obligaron a quitarse la camisola azulgrana, cual Barça, y a tenderse sobre la grama.
Lo que se vino fue la masacre. Todos, sin los tatuajes que los hubieran identificado como pandilleros y ante el asombro de varios testigos en el lugar que aseguran que las víctimas no pertenecen a grupos delincuenciales, fueron acribillados a sangre fría.
Pero hubo un séptimo muerto. Cuando llegó la Policía, se encontró con que había un cadáver que sí tenía tatuajes de una pandilla del lugar. Él, dice la versión preliminar de las autoridades, murió producto del ataque con arma blanca ejecutado por los agredidos o por amigos de estos, en respuesta a la masacre que acababan de cometer. Este es uno de los misterios del caso.
Del supuesto pandillero se desconoce el nombre. Los de los futbolistas son estos: Francisco Hernández, de 48 años; Julio López, de 22; Inés Chávez, de 32; Enrique Guzmán, de 22; Antonio Delgado, de 35, y Adán Servellón, de 36.
Los familiares aún no digerían lo que había pasado. El último de los citados —Servellón— fue llevado al Hospital de Zacatecoluca aún con vida. Ahí perdió también su partido final. Murió.
Evidencias
Cerca de la cancha, además, quedó un carro abandonado. Se trata de un vehículo rojo placas P 263-791.
La Policía cree que en él se conducían los pandilleros antes de asestar su golpe. Al ser diez el número de atacantes que reportan los testigos, se deduce que llegaron en al menos dos carros.
Lo que siguió fue escepticismo. En la escena, pocos querían hablar. Al lugar llegaron altos dirigentes policiales, como el subdirector de la PNC, Pedro González, quien interpreta el hecho como “un ataque de pandilleros”.
También llegó Rodrigo Ávila, director del cuerpo policial, quien cifró en ocho los fallecidos, aunque la delegación de la PNC y el hospital viroleño siguieron hablando de siete.
Se montó un operativo. Incluso se contó con apoyo aéreo para apoyar el despliegue policial. Hasta la hora de cierre de esta edición, pasadas las 10 de la noche, no habían tenido éxito.