El penal de Santa Rosa Cuilapa está asentado en la cima de un cerro deforestado. Un portón azul y tres garitas se levantan sobre una fortaleza que no está pintada y que resguarda en su interior a unos 350 pandilleros. A ese lugar llegó Mario Cruz, un bombero de la Primera Sección que a las 5 de la tarde del domingo recibió el informe de una reyerta al interior del recinto.
Pero no lo dejaron entrar. Sin embargo, la anormalidad era evidente y por eso también llegó a reforzar la Sección 62 de Barberena y la 69 de Santa Catarina Pilula. “Estábamos preparados con 35 paramédicos”, dijo Cruz. Insistió, pero las autoridades del reclusorio, de nuevo, no lo dejaron entrar.
Los problemas habían comenzado una hora y media antes. Esperanza García relata que a las 3:30 de la tarde del domingo quitaron el servicio de luz eléctrica y la visita fue interrumpida repentinamente. Otros testigos –entre vendedores y visitantes— aseguran que a esa hora unos 15 hombres –musculosos y vistiendo camisas sport— se bajaron de dos automóviles e ingresaron al penal. Por eso los familiares sostienen que un comando especial ejecutó a los policías.
Los cuatro policías habrían sido asesinados unos minutos antes de las 5 de la tarde. Fueron ejecutados. Al principio, las autoridades rechazaron los hechos, pero casi a las 8 de la noche tuvieron que aceptar los problemas.
Algunos políticos hablan de escuadrones de la muerte y de organizaciones clandestinas enquistadas en las estructuras de seguridad. La diputada Roxana Baldetti dijo a una radio local que las puertas que separaban a los policias de los pandilleros no fueron forzadas y por eso sostenía esa hipótesis. El ministro de Gobernación de Guatemala, Carlos Vielmann, dijo que hablar de escuadrones de la muerte es “politiquería”.
A las 11 de la noche ingresaron varios pelotones de la Policía, pero no tuvieron éxito en liberar a los rehenes –el alcaide y tres custodios— o recolectar las evidencias en la escena del crimen. Pasó una noche fría de espera.
La mañana no fue tan diferente. Lo único que desapareció fue el frío, pero el hermetismo se mantuvo. Fue hasta el mediodía que los cadáveres de los cuatro policías fueron trasladados desde el penal El Boquerón hacia la morgue de Cuilapa, municipio del departamento de Santa Rosa.
Visita frustrada
Un hombre de unos 56 años de edad llegó el sábado hasta las instalaciones de la penitenciaría El Boquerón para reunirse con su hijo, uno de los agentes de la Policía Nacional Civil de Guatemala capturados por su presunta participación en la muerte de los diputados del Parlamento Centroamericano (PARLACEN).
Con un evidente temor por lo ocurrido, el señor López dijo que únicamente se pudo comunicar por “cartitas” con su hijo, a quien lamentó no haberlo visto. Permaneció dentro del penal entre las 10 y 11 de la mañana del sábado con la esperanza de verlo, pero fue inútil. Mediante una pequeña carta, su hijo le comunicó que estaba bien, pero que tenía golpes que le habían propinado agentes policiales la semana pasada durante el procedimiento de su detención.
El señor López nunca imaginó que ese era el último día que tendría algún contacto con su hijo, a quien no logró ver con vida.
El padre del policía quien fue asesinado el domingo dentro del penal explicó que su hijo sabía muchas cosas, pero no precisó a qué eventos se refería; sin embargo, aclaró que el día que lo asesinaron tenía previsto hablar de todo eso con los agentes del FBI que llegaron ayer a Guatemala para investigar la muerte de los diputados del PARLACEN.
Al agente policial su padre le llevó ropa y comida que logró entregarle por medio de los custodios de la penitenciaría que estaban de turno el fin de semana.
Explicó que por el momento no puede decir nada más, que solo espera que le entreguen el cuerpo de su hijo, ya que no quiere que le pase nada antes de enterrarlo, pero advirtió que luego dirá algunas cosas sobre la verdad en la muerte de su hijo y de los diputados del PARLACEN.