Escándalo. El exjefe militar de Estados Unidos en Afganistán, general David Petraeus, posa con su biógrafa Paula Broadwell, con quien se dice tuvo un romance.

“No tengo pruebas en estos momentos, con base en lo que he visto, de que fuera revelada información clasificada.”
Barack Obama
presidente de Estados Unidos
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, dijo ayer que hasta donde sabe no le consta que en el marco del escándalo por una relación extramatrimonial que provocó la dimisión del jefe de la CIA, David Petraeus, se haya revelado información clasificada que pueda afectar a la seguridad del país.

“No tengo pruebas en estos momentos, con base en lo que he visto, de que fuera revelada información clasificada que hubiera tenido un impacto negativo de alguna forma en la seguridad nacional”, dijo Obama en su primera rueda de prensa tras su victoria electoral la semana pasada, y la primera también en meses.

Con todo, el mandatario subrayó que hay una “investigación en marcha” y dijo que su gobierno trata de no “entrometerse” en algo que está en manos de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) desde mucho antes de que se destapara el escándalo, con la dimisión de Petraeus la semana pasada, justo después de los comicios.

El escándalo ya se ha extendido a otro alto mando militar, el comandante supremo de las tropas aliadas en Afganistán, John Allen, si bien tanto Obama como otros altos líderes internacionales manifestaron en las últimas horas su apoyo al general de cuatro estrellas.

Petraeus dimitió sorpresivamente el viernes, aduciendo una aventura extramatrimonial que la prensa asoció rápidamente a su biógrafa Paula Broadwell.

El escándalo siguió engordando y acabó salpicando a Allen, de quien se sospecha que envió correos electrónicos “inapropiados” a una amiga de la familia Petraeus, Jill Kelley.

Se atribuye a esta mujer con contactos militares en Tampa, Florida, el haber destapado el “affaire” que forzó la renuncia del jefe de la CIA, al denunciar a un agente del FBI haber recibido correos anónimos amenazantes que acabaron llevando hasta Broadwell.

El escándalo surge cuando la inteligencia estadounidense es cuestionada por el ataque al consulado en Bengasi, Libia, en el que murió el embajador Chris Stevens.