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El factor Ortega
Frijoles calientes en tiempos de hambre



José Luis Sanz / Jefe de Información de LA PRENSA GRÁFICA
jsanz@laprensa.com.sv
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 5/11/2008

 

Daniel Ortega ya nos regaló hace tres meses una joya de sus circenses maneras políticas al romper y reedificar en solo 48 horas las relaciones de Nicaragua con Colombia a causa de un conflicto fronterizo, el de Bogotá con Quito por la operación militar colombiana en suelo ecuatoriano, que ni le iba ni venía y que si algo no necesitaba era la agitación de una comparsa. Pero su hazaña de esta semana, al convertir un encuentro de presidentes del SICA en una fiesta antiimperialista, evidencia que las gracias del histórico líder sandinista, empeñado en parecer eterno tras lograr una segunda etapa en el poder pero convertido en cambio en el exponente más estrafalario, anacrónico y superficial de la política latinoamericana, que ya es decir, pueden a la larga salirle caras a la región.

La alerta por crisis alimenticia hecha en las últimas semanas por los principales organismos internacionales, y los graves efectos que la desquiciada alza en los precios internacionales de petróleo y granos básicos está teniendo ya en los bolsillos y las mesas de los centroamericanos más pobres, han hecho reaccionar con sentido de unidad —en principio— a los gobiernos del istmo, espoleados por lo evidente: solo una acción conjunta puede ser lo suficientemente rápida y efectiva como para mitigar los daños y evitar hambrunas. En esa línea, el trabajo conjunto de los ministerios de agricultura y economía de la región para formular una hoja de ruta común ha sido un acto de realismo político que asienta los rumbos de madurez por los que debería transitar la política centroamericana, y del que sería bueno que se contagie el frente de negociación con la Unión Europea para el posible tratado de asociación.

Pero no es probable que así ocurra. La creciente urgencia de avanzar en la integración para enfrentar los desafíos globales choca con un escenario de problemas internos que distrae a nuestros gobernantes y tienta a la pereza en política exterior. La campaña electoral en El Salvador, la crisis de seguridad e institucionalidad en Guatemala, o los delirios nostálgicos con que brega hoy el avispero nicaragüense son solo parte de un mapa agitado al que no va a ser sencillo sobreponerse.

Managua fue un aviso. Fue la estrategia interna de Ortega la que provocó que la agenda del encuentro, concreta y urgente, quedara opacada por grandes palabras, reivindicaciones históricas —legítimas muchas de ellas, pero sin rumbo práctico— y propaganda bolivariana. Y la negativa del costarricense Óscar Arias a apoyar el documento de la cumbre por “diferencias conceptuales” con el texto no fue sino la versión dura del mensaje más sutil que, al no asistir, enviaron Antonio Saca, el guatemalteco Álvaro Colom o el panameño Martín Torrijos.

No acudir a Managua, para evitar roces con el imprevisible Ortega en un escenario al que le sobraba adrenalina revolucionaria puede, máxime en el caso salvadoreño, haber sido un acierto táctico. No en vano del gobierno nicaragüense depende en gran medida nuestro abastecimiento de frijol rojo, en tiempos en que hablar de legumbres es casi hablar de pepitas de oro. Pero lograr acuerdos regionales coherentes y, sobre todo, ejecutables, exigirá estrategias de mayor talla que van más allá, de hecho, del desafío inmediato de administrar el factor Ortega. Es ahora cuando deben probarse el pomposo liderazgo regional del que han presumido en la última década todos los presidentes salvadoreños; cuando el Nobel del habilidoso Arias debe demostrarse a sí mismo de nuevo; cuando Colom habría de definirse, antes de que su cartel de promesa de cambio empiece a amarillear. De lo contrario, por la acción de alguno o la omisión del resto, corremos el riesgo de ser arrastrados por la inercia de la pseudoconfrontación norte-sur, en la que, más que simbólicamente, el centro nunca es parte de la ecuación.