Fidel Castro llegó a Chile a finales de 1971. El gobierno de Salvador Allende estaba en una situación sumamente crítica: por un lado, inflación y desabastecimiento; por el otro, la unidad de toda la oposición política, que representaba al 63% del electorado y controlaba el Poder Judicial y el Poder Legislativo, boicoteaba todas las medidas de corte socialista.
Además, la expropiación y nacionalización de grandes empresas mineras norteamericanas, como la Anaconda y Kennecott, habían hecho crecer la hostilidad de Washington. Y lo mismo había sucedido respecto a los empresarios nacionales en el agro, el comercio y la industria.
A su vez, todos esos factores habían potenciado, como respuesta, al ala más radical de la izquierda chilena, que comenzó a deslegitimar abiertamente todo signo de moderación política mostrada por Salvador Allende en aras de darle piso a la gobernabilidad.
La cotidianidad chilena se plagó de protestas y contra protestas, con el consecuente descenso constante de la productividad. Fidel Castro se quedó en Chile durante tres semanas, y dio su respaldo a los radicales incitando “a profundizar la lucha contra el imperialismo y sus lacayos locales”.
En el último discurso que pronunció en Santiago desautorizó la vía pacífica y legal al socialismo que intentaba Allende: “No veníamos a aprender cosas caducas en la historia, ya aprendimos bastante de las libertades burguesas y capitalistas, y no estamos completamente seguros que en este proceso el pueblo chileno haya estado aprendiendo más rápidamente que los reaccionarios”.
Y remató con una frase que marcaba un alto a la moderación de Allende y que daba luz verde a quienes se pronunciaban por un rápido establecimiento de la dictadura del proletariado: “Regreso a Cuba más revolucionario, radical y extremista de lo que vine”, dijo Castro.
Desde ese momento, los grupos radicales, como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria y la Organización de Vanguardia Obrera, profundizaron sus actividades de confrontación y comenzaron a armar y a entrenar militarmente a sus simpatizantes. De hecho, en el mismo partido de Allende, el Socialista, los moderados quedaron en franca minoría en una elección interna y fueron marginados.
Algunos sectores de la derecha respondieron de la misma manera, organizándose en violentas células clandestinas, y las balas y las bombas comenzaron a sonar en las protestas y en los cada vez más frecuentes atentados contra personas, empresas e instituciones. El caos se había instalado.
Ante semejantes acontecimientos, la inquietud cundió entre las filas de las Fuerzas Armadas, y los rumores de un inminente golpe de Estado se volvieron recurrentes. Salvador Allende estaba cada vez más aislado y presionado. Su capacidad de maniobra política disminuía día a día ante la ascendente espiral de la crisis económica, de gobernabilidad y de violencia callejera.
El desenlace llegó finalmente en septiembre de 1973, cuando los militares, encabezados por el general Augusto Pinochet, decidieron intervenir y se lanzaron en ataque contra La Moneda, el palacio presidencial. Salvador Allende y algunos de sus allegados resistieron por unas horas la embestida de fuego artillero, aéreo y de fusilería.
Miembros de la seguridad presidencial, entrenados y dirigidos por altos oficiales de la inteligencia cubana, relataron después que Salvador Allende se negó a rendirse y optó por el suicidio. Sin embargo, sobre este punto existen otras versiones que afirman que Allende fue asesinado por sus escoltas precisamente para que no se rindiera.
Según las informaciones, el último hombre en ver con vida al presidente fue el oficial cubano Toni de la Guardia, quien habría cubierto su cadáver con la bandera chilena. Años después, Toni de la Guardia fue acusado de traición, enjuiciado y fusilado por el gobierno cubano.