Las imputaciones, recogidas en la prensa internacional —específicamente en el prestigioso diario El País, de España—, al FMLN y a uno de sus más poderosos dirigentes sobre presuntos vínculos con las FARC, el grupo narcoguerrillero de Colombia, configuran una situación que no puede pasar inadvertida o ser despachada con unos cuantos comentarios negadores por parte de las estructuras de dirección de dicho partido. La información, basada en investigaciones periodísticas a partir del contenido de las computadoras encontradas por los colombianos luego de la destrucción de la célula de las FARC en territorio ecuatoriano, lo que desató un ríspido conflicto diplomático entre Ecuador, Colombia y Venezuela, debe ser comprobada a fondo, pero los indicios son, en sí, de gravedad suficiente para ser atendidos de inmediato.
El FMLN, principal partido de la izquierda salvadoreña, está queriendo mostrar, de cara a una población hastiada de radicalismos estériles, una nueva forma de enfrentar los problemas nacionales; y para eso intenta abanderar la moderación, a fin de que esa buena franja poblacional que teme al aventurerismo ideológico y que en definitiva decide la suerte de las elecciones, como hemos visto en los procesos anteriores, apacigüe sus tradicionales inquietudes frente a un eventual gobierno de izquierda. Puestas así las cosas, habría que preguntarse, entonces, respecto de la izquierda en su estrategia actual: ¿De qué moderación se está realmente hablando?
El punto es importante para el sano desenvolvimiento del proceso político nacional, porque los partidos democráticos no pueden ni deben tener ninguna conexión clandestina.
Hay que superar ambigüedades
La izquierda viene padeciendo, desde el colapso del comunismo, y no sólo en El Salvador sino prácticamente en todas partes, una crisis de identidad que se traduce en una serie de ambigüedades que contrastan con lo que era, en el pasado, la rigidez canónica de la doctrina marxista-leninista. Esas ambigüedades no son casuales, sino que responden, por una parte, al temor de soltar los simbolismos tradicionales para no perder la fidelidad de los izquierdistas de hueso rojo —los que de alguna manera siguen creyendo que la revolución es posible, contra toda evidencia—, y por otra a la necesidad de encontrar nuevos referentes que funcionen en el sistema democrático y en el desarrollo capitalista.
Hasta la fecha, el FMLN no ha podido explicar de manera convincente qué significan hoy los términos “revolucionario” y “socialista” que aparecen en su definición estatutaria, y el hecho de que no haya podido hacerlo indica que la ambigüedad es una especie de recurso para mantener su “voto duro”. Pero, al mismo tiempo, la ambigüedad hace que razonablemente prevalezcan las dudas sobre la verdadera intención que hay en los intentos por presentar una tendencia de moderación que se acerca a la socialdemocracia.
Un incidente como el de la presunta vinculación entre algunas estructuras del FMLN y las FARC pone de nuevo en evidencia, con crudo dramatismo, que el principal partido de izquierda de El Salvador tiene que sincerarse ante sí mismo y ante la ciudadanía, sin subterfugios ni vaguedades. La transparencia democrática lo demanda.