Siguen apareciendo indicaciones de un país transformado que recibe tratamientos tradicionales. Los resultados del reciente Censo de Población y Vivienda nos ponen, otra vez, ante realidades fundamentales que tienen fisonomías distintas a las que presentaban apenas hace quince años. Sin embargo, los enfoques predominantes en la política tienden a aferrarse a las querencias partidistas.
No solo es menor la población salvadoreña en el país, respecto a las estimaciones oficiales, sino que se encuentra distribuida en el territorio conforme a nuevos patrones. Esos datos y otros, como la agrupación por edades y la ocupación por sectores, tienen importancia decisiva para la formulación de políticas; por lo mismo, pueden verse como indicaciones de que los actuales programas públicos responden a criterios irreales.
Tenemos, pues, un país nuevo y, al mismo tiempo, políticas desfasadas. Varias causas han influido para ese contraste; entre ellas, hay dos que demandan una atención especial: una es la tendencia al partidismo; otra, el menosprecio al conocimiento. Ambas contribuyen a la persistencia de una impresionante falta de curiosidad sobre las realidades nacionales al momento de presentar propuestas de programas o iniciativas de ley. Terminan importando más el voluntarismo, la suma de votos legislativos con base en el reparto y la difusión publicitaria que el deseo de conocer las tendencias dominantes en la sociedad.
El partidismo —que pone en primer lugar la jugada del partido, y deja abajo los intereses generales— puede causar estragos. En efecto, alcanzar otra etapa de desarrollo requiere, sobre todo, salir de la estrechez, forjando compromisos con los partidarios y, en especial, con los adversarios. Si el partidismo puede ser útil a los aparatos y a la conquista de momentáneos triunfos electorales, es inútil en materia de desarrollo, porque tiende al desprecio de los otros; y sin esos “otros” resulta imposible crear el “nosotros” indispensable para desempeñarse como sujeto de los procesos hacia el desarrollo que son viables en estos tiempos y en países como el nuestro.
La creencia en la efectividad de los improperios y las descalificaciones de los “otros” está desfasada, pues no sirve para formar las visiones compartidas en función del desarrollo. Las fórmulas del insulto y la prepotencia son anacrónicas, ya que fomentan el círculo vicioso de la exclusión intolerante. Para los países que no poseen recursos naturales de gran valor, y cuentan con un apreciable caudal de emprendedores, una clave del éxito es la buena política basada en las diferencias, no en su ocultamiento, sino en la aceptación de ellas con el fin de buscar coincidencias.
Otra causa tradicional de nuestro atraso es el menosprecio a los conocimientos. Cuando el ejercicio intelectual se ve como algo superfluo no debe sorprendernos el desconocimiento, o la ignorancia, sobre aspectos fundamentales de la sociedad, como los reportados en el censo; tampoco hay razones para asustarnos si descubrimos que existen programas públicos basados en malos datos o en simples cálculos. Son las consecuencias de ver la producción de conocimientos como una actividad irrelevante. Mientras subsista tal visión, nuestro país seguirá atravesando rutas tortuosas, con avances cortos y retrocesos largos, pues en la actualidad ningún proceso de desarrollo se sostiene sin un caudal de conocimientos en constante renovación. Tal es, precisamente, una de las necesidades más urgentes para que el país nuevo que tenemos despliegue todo su potencial.