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Las debilidades de Obama

Las autoridades electorales han encontrado una interpretación más ingeniosa que técnica: campaña electoral es pedir formalmente el voto...


Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 5/15/2008

Estamos en efervescencia electoral, y, como es natural cuando se definen candidatos presidenciales, es imposible mantenerlos inmóviles y en silencio a la espera de que se dé el banderillazo de ley. Dice la Constitución que “la propaganda electoral” sólo se permitirá, en elección presidencial, 4 meses antes de la fecha establecida para votar. ¿Pero qué es propaganda? Según el Diccionario de la Lengua Española, es la “acción o efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores”.

En una apreciación estrictamente gramatical, lo que están haciendo los partidos es propaganda; pero aquí hay que ponderar también aspectos de estricto realismo, que no pueden ser dejados de lado. El texto constitucional es de 1983, cuando apenas se iniciaba el proceso democrático. Antes, las campañas electorales eran casi artificios, y más bien le convenía al poder que fueran lo más cortas posible. En la democracia, hay que ir a ganarse el voto; y el que ahora las campañas sean tan anticipadas es, en cierta forma, un signo de buena salud democrática.

Las autoridades electorales han encontrado una interpretación más ingeniosa que técnica: campaña electoral es pedir formalmente el voto, y en tanto esto no se haga, no hay campaña como tal. Dadas las circunstancias, es casi imposible parar la dinámica que ya está en la calle y que deja en más desventaja a los partidos pequeños, que no tienen disponibilidad financiera para campañas de larga duración. Debería haber una reforma constitucional que contemple todos los ángulos y se acople a lo real. Extender la campaña ha sido un proceso a lo largo de la posguerra: no es algo que se esté dando por primera vez.

DEMOCRACIA: COMPETENCIA CONSTANTE

La democracia es, entre otras muchas cosas, un ejercicio constante de las fuerzas políticas para ganar espacios en la voluntad ciudadana. En este ejercicio, la tendencia es a ir haciendo que la competencia se simplifique en lo referente a las opciones partidarias y se vuelva cada vez más compleja en cuanto a lo que éstas tienen que hacer para responder a las aspiraciones ciudadanas.

No es casualidad que, en las democracias de más larga experiencia y consistencia, y en especial las presidencialistas, la contienda básica sea entre dos fuerzas que representan visiones contrastantes sobre lo que debe ser y cómo el manejo de la cosa pública, aunque, por supuesto, casi siempre haya otras fuerzas también importantes que desempeñan roles complementarios para darle más pluralismo a la representatividad. A esto estamos avanzando en el país, y es otra buena señal de que nuestro proceso va, como tal, por buena vía.

Hasta hace poco se decía –y ya casi no se dice, lo cual es sintomático— que la actividad política en función de objetivos electorales perturba el funcionamiento normal del país. Hay que entender y aceptar que una competencia política real, dinámica y prácticamente permanente es propia de la democracia; lo que nosotros sí estamos necesitando es que en el ambiente haya un entendimiento precisamente político para distinguir lo que es parte de la competencia y lo que es materia de tratamiento básico de la problemática nacional, que debería estar por encima de las tensiones generadas por las disputas del poder.