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Es, además, un recién llegado a la política que no ha dejado huella a su paso por la legislatura estatal de Illinois ni por el Congreso y en muchas partes de la nación sigue siendo un desconocido.

Sergio Muñoz Bata/Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
sergio@intelatin.com
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 5/15/2008

La noche del 6 de mayo, en su discurso de aceptación del triunfo en Carolina del Norte, Barack Obama se olvidó de Hillary Clinton e hizo un llamado a la unificación de su partido contra el verdadero enemigo, el republicano John McCain, a quien definió como la prolongación mecánica de George W. Bush.

Obama está en lo correcto al asumir que aunque Clinton logre buenos resultados en las primarias restantes, los números están en su contra. Obama tiene ya más delegados, más superdelegados, más primarias ganadas y muy posiblemente más voto popular aun cuando Clinton lograra que se contaran los votos de Florida y Michigan.

El llamado a la unidad, loable en más de un sentido, en este contexto resulta lamentable porque en realidad lo que Obama y sus estrategas están haciendo es pedirle a Hillary que termine gentilmente la contienda y deje de exponer las debilidades de quien será el candidato de todos los demócratas. ¿Acaso pensará el equipo de Obama que McCain y los “apparatchik” dentro del Partido Republicano se tentarán el corazón cuando verdaderamente empiece la batalla por la Casa Blanca?

Las llamadas “campañas sucias”, aquellas en las que un candidato logra desprestigiar a su oponente explotando sus debilidades o insinuándolas dolosamente, han sido una tradición practicada por ambos partidos en este país por lo menos desde la elección presidencial de 1844. Pocos, sin embargo, han logrado el perfeccionamiento de operadores políticos republicanos como Lee Atwater, quien en 1988 destruyó la candidatura del demócrata Michael Dukakis induciendo el miedo hacia los hombres negros en la mente de los votantes blancos.

El problema de Obama no es Hillary. Lo que complica su electabilidad son sus flancos débiles, tantos que para cuando empiece la campaña de los republicanos en su contra, lo más seguro es que Obama termine extrañando la gentileza de Hillary.

Empecemos por lo evidente. La clara falta de conexión entre Obama y los votantes blancos de la clase trabajadora no es una invención de Clinton. Es real. Obama no se parece a Harry Truman ni a Ronald Reagan ni a George W. Bush ni a Bill o, incluso, a Hillary Clinton y no nada más por el color de su piel. Tampoco ha podido conectarse con las mujeres adultas, ni con los votantes hispanos, judíos y católicos.

Por más esfuerzos que ha hecho para presentarse como un ciudadano común y corriente, tomándose una foto con una cerveza Budweiser mientras intenta, con poco éxito, jugar al boliche, todo el mundo sabe Obama prefiere el vino blanco, la ensalada de arúgula y el latte de Starbucks.

Otro factor que daña enormemente su candidatura es su asombrosa falta de combatividad. Si frente a los ataques de Hillary Clinton se ha visto pusilánime, ¿se imaginan el despiadado retrato que harán los republicanos en el momento oportuno pintándolo como un hombre absolutamente incapaz de asumir el puesto que lo coloca como comandante en jefe de las fuerzas armadas?

Obama es un intelectual de izquierda en un país que desconfía de los intelectuales y en el que las mayorías se sitúan a la derecha en el espectro político. Es, además, un recién llegado a la política que no ha dejado huella a su paso por la legislatura estatal de Illinois ni por el Congreso y en muchas partes de la nación sigue siendo un desconocido.

Peor aún, lo que casi todo el mundo sabe le resulta inconveniente. Se sabe, por ejemplo, que durante más de dos décadas mantuvo una relación con el reverendo Jeremiah Wright tan estrecha que le consideraba su mentor. Y es precisamente por la intensidad de esa relación que cuando asegura que nunca le oyó decir sus incendiarios discursos en los que el reverendo maldijo al país o incitó a la división racial suena poco convincente. El hecho de que Oprah Winfrey, una de las grandes benefactoras de Obama, se separara de la iglesia de Wright al percatarse de que la divisiva retórica del reverendo era contraria a sus intereses y convicciones, daña aún más la débil argumentación de Obama.

Es cierto, como algunos votantes han admitido públicamente, que en algunas áreas del país con población abrumadoramente blanca la detestable persistencia del prejuicio racial contra los negros le restará votos. Pero también es importante comprender que su raza no es el único factor que está en juego en esta elección. Si Obama pierde la elección de noviembre no será porque el país no estaba listo para elegir a un presidente afro-americano, sino por las debilidades reales de Obama. Si la gana, habrá demostrado que las debilidades de su oponente fueron mayores, pero las flaquezas de McCain serán el tema del siguiente artículo.